CANONIZACIÓN
DEL FUNDADOR DEL OPUS DEI

 

 

 

 

HOMILÍA DE JUAN PABLO II EN LA CANONIZACIÓN DEL FUNDADOR DEL OPUS DEI


"Los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios" (Rm 8,14). Estas palabras del Apóstol Pablo que acaban de resonar en nuestra asamblea nos ayudan a entender mejor el significativo mensaje de la canonización de Josemaría Escrivá de Balaguer, que hoy celebramos. Él se dejó llevar dócilmente por el Espíritu, convencido de que sólo así se puede cumplir en plenitud la voluntad de Dios.

Esta fundamental verdad cristiana era un motivo recurrente en su predicación. En efecto, no cesaba de invitar a sus hijos espirituales a invocar al Espíritu Santo para que la vida interior, es decir, la vida de relación con Dios, y la vida familiar, profesional y social, hecha de pequeñas realidades terrenas, no estuvieran separadas, sino que constituyeran una única existencia "santa y llena de Dios". "A ese Dios invisible —escribió—, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales" (Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer, 114).

Actual y urgente es también hoy esta enseñanza suya. El creyente, en virtud del bautismo que le incorpora a Cristo, está llamado a entablar con el Señor una ininterrumpida relación vital.

"Tomó, pues, Yahveh Dios al hombre y lo dejó en el jardín de Edén, para que lo labrase y cuidase" (Gn 2, 15). El Libro del Génesis, como hemos escuchado en la primera Lectura, nos recuerda que el Creador ha confiado la tierra al hombre, para que la ‘labrase’ y ‘cuidase’. Los creyentes actuando en las diversas realidades de este mundo, contribuyen a realizar este proyecto divino universal. El trabajo y cualquier otra actividad, llevada a cabo con la ayuda de la Gracia, se convierten en medios de santificación cotidiana.

"La vida habitual de un cristiano que tiene fe - solía afirmar Josemaría Escrivá -, cuando trabaja o descansa, cuando reza o cuando duerme, en todo momento, es una vida en la que Dios siempre está presente" (Meditaciones, 3 de marzo de 1954). Esta visión sobrenatural de la existencia abre un horizonte extraordinariamente rico de perspectivas salvíficas, porque, también en el contexto sólo aparentemente monótono del normal acontecer terreno, Dios se hace cercano a nosotros y nosotros podemos cooperar a su plan de salvación. Por tanto, se comprende más fácilmente, lo que afirma el Concilio Vaticano II, esto es, que "el mensaje cristiano no aparta a los hombres de la construcción del mundo [...], sino que les obliga más a llevar a cabo esto como un deber" (Gaudium et spes, 34).

Elevar el mundo hacia Dios y transformarlo desde dentro: he aquí el ideal que el Santo Fundador os indica, queridos Hermanos y Hermanas que hoy os alegráis por su elevación a la gloria de los altares. Él continúa recordándoos la necesidad de no dejaros atemorizar ante una cultura materialista, que amenaza con disolver la identidad más genuina de los discípulos de Cristo. Le gustaba reiterar con vigor que la fe cristiana se opone al conformismo y a la inercia interior.

Siguiendo sus huellas, difundid en la sociedad, sin distinción de raza, clase, cultura o edad, la conciencia de que todos estamos llamados a la santidad. Esforzaos por ser santos vosotros mismos en primer lugar, cultivando un estilo evangélico de humildad y servicio, de abandono en la Providencia y de escucha constante de la voz del Espíritu. De este modo, seréis "sal de la tierra" (cf. Mt 5, 13) y brillará "vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos" (ibíd., 5, 16).

Ciertamente, no faltan incomprensiones y dificultades para quien intenta servir con fidelidad la causa del Evangelio. El Señor purifica y modela con la fuerza misteriosa de la Cruz a cuantos llama a seguirlo; pero en la Cruz – repetía el nuevo Santo - encontramos luz, paz y gozo: Lux in Cruce, requies in Cruce, gaudium in Cruce!

Desde que el siete de agosto de mil novecientos treinta y uno, durante la celebración de la Santa Misa, resonaron en su alma las palabras de Jesús: "cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí" (Jn 12, 32), Josemaría Escrivá comprendió más claramente que la misión de los bautizados consiste en elevar la Cruz de Cristo sobre toda realidad humana, y sintió surgir de su interior la apasionante llamada a evangelizar todos los ambientes. Acogió entonces sin vacilar la invitación hecha por Jesús al apóstol Pedro y que hace poco ha resonado en esta Plaza: "Duc in altum!". Lo transmitió a toda su Familia espiritual, para que ofreciese a la Iglesia una aportación válida de comunión y servicio apostólico. Esta invitación se extiende hoy a todos nosotros. "Rema mar adentro - nos dice el divino Maestro - y echad las redes para la pesca" (Lc 5, 4).

Para llevar a cabo una misión tan comprometedora hace falta, sin embargo, un incesante crecimiento interior alimentado por la oración. San Josemaría fue un maestro en la práctica de la oración, que él consideraba un "arma" extraordinaria para redimir el mundo. Aconsejaba siempre: "Primero, oración; después, expiación; en tercer lugar, muy en «tercer lugar», acción" (Camino, 82). No es una paradoja, sino una verdad perenne: la fecundidad del apostolado está sobre todo en la oración y en una vida sacramental intensa y constante. Éste es, en el fondo, el secreto de la santidad y del verdadero éxito de los santos.

¡Que el Señor os ayude, queridísimos hermanos y hermanas, a acoger esta exigente herencia ascética y evangelizadora! ¡Que os sostenga María, a quien el Santo Fundador invocaba como Spes nostra, Sedes Sapientiae, Ancilla Domini!

¡Que la Virgen haga de cada uno de nosotros un auténtico testigo del Evangelio, dispuesto a dar en todo lugar una generosa aportación a la edificación del Reino de Cristo! ¡Que nos sean de estímulo el ejemplo y las enseñanzas de San Josemaría, para que, al término de nuestro peregrinar terreno, podamos también nosotros participar en la bienaventurada herencia del Cielo! ¡Allí, junto con los ángeles y todos los santos, contemplaremos el rostro de Dios y cantaremos su gloria por toda la eternidad!

 

DISCURSO DE JUAN PABLO II DESPUÉS DE LA MISA DE ACCIÓN DE GRACIAS POR LA CANONIZACIÓN DEL FUNDADOR DEL OPUS DEI

Roma, Plaza de San Pedro, 7 de octubre

 

Palabras de saludo del Prelado del Opus Dei:

Beatísimo Padre.

Hace diez años, en esta misma Plaza, mi inolvidable predecesor como prelado del Opus Dei, mons. Álvaro del Portillo, dirigía a la Santidad Vuestra unas sentidas palabras de agradecimiento tras la beatificación de Josemaría Escrivá. Hoy me corresponde a mí el honor inmerecido de manifestar la alegría y la gratitud de los millares de fieles y cooperadores de la Prelatura, y de los innumerables devotos de san Josemaría Escrivá que, en Roma y fuera de Roma, han participado con intenso júbilo en la ceremonia de canonización. Gracias, Santo Padre.

El solemne reconocimiento de la santidad de este siervo bueno y fiel, a quien Dios Nuestro Señor constituyó en heraldo de la llamada universal a la santidad y al apostolado en las circunstancias ordinarias de la vida, invita a todos los católicos a salir al encuentro de Dios en el cumplimiento de los propios deberes familiares, profesionales y sociales.

La canonización de Josemaría Escrivá es, sin duda alguna, un don para el mundo entero, porque siempre tendremos necesidad de intercesores ante el trono de Dios. Entraña un nuevo motivo de confianza especialmente para los fieles laicos, que ven reafirmada una vez más su excelsa vocación de hijos de Dios en Jesucristo, llamados a ser perfectos como el Padre celestial en las circunstancias ordinarias de la vida. Como ha escrito Vuestra Santidad en la Carta apostólica "Novo Millennio ineunte", «es el momento de proponer de nuevo a todos con convicción este "alto grado" de la vida cristiana ordinaria» (NMI 31). Entiendo que san Josemaría Escrivá ha sido uno de los que se han anticipado a los tiempos, recordando la llamada universal a la santidad y al apostolado que con tanta fuerza proclamó el Concilio Vaticano II. En efecto, no sólo difundió por el mundo esta doctrina, respaldada por el ejemplo de su lucha ascética alegre y constante, sino que abrió en la Iglesia, por Voluntad divina, un camino de santificación «viejo como el Evangelio, y como el Evangelio nuevo», otro signo elocuente de la misericordia divina con los hombres y eficaz instrumento al servicio de la Iglesia para el cumplimiento de la misión salvífica.

Millones de personas, Santo Padre, están hoy de fiesta en el mundo entero, dentro y fuera de los confines visibles de la Iglesia. Son muchos, en efecto, los no católicos e incluso los no cristianos que admiran la figura de Josemaría Escrivá y acuden a sus enseñanzas como fuente inspiradora de su propia conducta y de su actividad profesional y social. También estas personas han recibido un impulso esperanzado en el esfuerzo por mejorar nuestro mundo, afligido por injusticias y, al mismo tiempo, deseoso de comprensión y de paz.

En los diez años transcurridos desde la beatificación de Josemaría Escrivá, la acción apostólica de los fieles y cooperadores de la prelatura del Opus Dei se ha extendido en intensidad y amplitud por muchos países. Sostenidos por la gracia de Dios, han multiplicado sus iniciativas en favor de todo tipo de personas, especialmente de las más necesitadas. Con ocasión del centenario del nacimiento de san Josemaría Escrivá, se han promovido decenas de iniciativas de formación humana y profesional en países en vías de desarrollo y en los barrios pobres de varias grandes ciudades. Se ha querido testimoniar así que la búsqueda de la santidad personal -la unión con Dios- es inseparable de la solicitud -con hechos concretos- por el bien material y espiritual de los hermanos.

Antes de terminar, deseo asegurar a Vuestra Santidad la asidua y ferviente oración por la Persona y las intenciones del Santo Padre, que constantemente elevan al Cielo los fieles y los cooperadores del Opus Dei en el mundo entero. Confío esas plegarias a la Santísima Virgen, a quien hoy recordamos especialmente bajo la advocación de Nuestra Señora del Rosario: enriquecidas por su mediación materna ante Jesús, esas oraciones ayudarán a la Santidad Vuestra en el feliz cumplimiento de la misión de Supremo Pastor.

Santo Padre: permita que le dé las gracias, una vez más, de todo corazón. Al disponernos a acoger y meditar sus palabras, y al felicitarle en nombre de todos por el próximo aniversario de su elección como Sucesor de Pedro, le pido para los fieles y los cooperadores de la Prelatura del Opus Dei, para los incontables devotos de san Josemaría Escrivá, y para mí mismo, la fortaleza de la Bendición Apostólica.

 

Discurso de Juan Pablo II:

!Queridísimos hermanos y hermanas!:

Con alegría os dirijo mi cordial saludo, en este día que sigue al de la canonización del beato Josemaría Escrivá de Balaguer. Agradezco a S.E. Mons. Javier Echevarría, Prelado del Opus Dei, las palabras con las que se ha hecho intérprete de todos los presentes. Saludo con afecto a los numerosos Cardenales, Obispos y sacerdotes que han querido participar en esta celebración.

Este encuentro festivo une a una gran variedad de fieles, procedentes de muchos países y pertenecientes a los más diversos ambientes sociales y culturales: sacerdotes y laicos, hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, intelectuales y trabajadores manuales. Es éste un signo del celo apostólico que ardía en el alma de San Josemaría.

En el Fundador del Opus Dei destaca el amor a la voluntad de Dios. Existe un criterio seguro de santidad: la fidelidad en el cumplimiento de la voluntad divina hasta las últimas consecuencias. El Señor tiene un proyecto para cada uno de nosotros, a cada uno confía una misión en la tierra. El santo no consigue ni siquiera imaginarse a sí mismo al margen del designio de Dios: vive sólo para realizarlo.

San Josemaría fue escogido por el Señor para anunciar la llamada universal a la santidad y para indicar que las actividades comunes que componen la vida de todos los días son camino de santificación. Se podría decir que fue el santo de lo ordinario. En efecto, estaba convencido de que, para quien vive en una perspectiva de fe, todo es ocasión de encuentro con Dios, todo es estímulo para la oración. Vista de este modo, la vida cotidiana revela una grandeza insospechada. La santidad aparece verdaderamente al alcance de todos.

Escrivá de Balaguer fue un santo de gran humanidad. Todos los que lo trataron, de cualquier cultura o condición social, lo sintieron como un padre, entregado totalmente al servicio de los demás, porque estaba convencido de que cada alma es un tesoro maravilloso; en efecto, cada hombre vale toda la Sangre de Cristo. Esta actitud de servicio es patente en su entrega al ministerio sacerdotal y en la magnanimidad con la cual impulsó tantas obras de evangelización y de promoción humana en favor de los más pobres.

El Señor le hizo entender profundamente el don de nuestra filiación divina. Él enseñó a contemplar el rostro tierno de un Padre en el Dios que nos habla a través de las más diversas visicitudes de la vida. Un Padre que nos ama, que nos sigue paso a paso y nos protege, nos comprende y espera de cada uno de nosotros la respuesta del amor. La consideración de esta presencia paterna, que lo acompaña a todas partes, le da al cristiano una confianza inquebrantable; en todo momento debe confiar en el Padre celestial. Nunca se siente solo ni tiene miedo. En la Cruz -cuando se presenta - no ve un castigo sino una misión confiada por el mismo Señor. El cristiano es necesariamente optimista, porque sabe que es hijo de Dios en Cristo.

San Josemaría estaba profundamente convencido de que la vida cristiana implica una misión y un apostolado, de que estamos en el mundo para salvarlo con Cristo. Amaba el mundo apasionadamente, con "amor redentor" (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 604). Por eso sus enseñanzas han ayudado a tantos cristianos corrientes a descubrir el poder redentor de la fe, su capacidad de transformar la tierra.
Éste es un mensaje que tiene abundantes y fructuosas implicaciones para la misión evangelizadora de la Iglesia.

Promueve la cristianización del mundo "desde dentro", mostrando que no puede haber conflicto entre la ley divina y las exigencias del genuino progreso humano. Este santo sacerdote enseñó que Cristo ha de ser el ápice de toda actividad humana (cf Jn 12,32). Su mensaje mueve al cristiano a actuar en los lugares en los que se modela el futuro de la sociedad. De la presencia activa del laico en todas las profesiones y en las fronteras más avanzadas del desarrollo ha de derivar forzosamente una contribución positiva al fortalecimiento de esa armonía entre fe y cultura de que tan necesitado está nuestro tiempo.

San Josemaría Escrivá ha gastado su vida en servicio de la Iglesia. Los sacerdotes, los laicos que siguen los más diversos caminos, los religiosos y las religiosas encuentran en sus escritos una fuente estimulante de inspiración. Queridos hermanos y hermanas, al imitarle con apertura de espíritu y de corazón, dispuestos a servir a las Iglesias locales, estáis contribuyendo a dar fuerza a la "espiritualidad de comunión", indicada en la Carta apostólica Novo millennio ineunte como uno de los objetivos más importantes para nuestro tiempo.

Me es grato terminar con una referencia a la fiesta litúrgica de hoy, Nuestra Señora del Rosario. San Josemaría escribió un hermoso libro titulado Santo Rosario que se inspira en la infancia espiritual, disposición de espíritu propia de quienes quieren llegar a un total abandono en la voluntad divina. De todo corazón confío a la protección maternal de María a todos vosotros, con vuestras familias y vuestros apostolados, y os agradezco vuestra presencia.

Doy las gracias de nuevo a todos los presentes, especialmente a los que han venido de lejos. Os invito, queridísimos hermanos y hermanas, a llevar a todas partes un claro testimonio de fe, según el ejemplo y las enseñanzas de vuestro santo Fundador. Os acompaño con mi oración y de todo corazón os bendigo, así como a vuestras familias y vuestras actividades.

 

HOMILÍA DEL PRELADO DEL OPUS DEI EN  LA MISA DE ACCIÓN DE GRACIAS POR LA CANONIZACIÓN DEL FUNDADOR DEL OPUS DEI

 

Roma, Plaza de San Pedro, 7 de octubre de 2002

Laudate Dominum omnes gentes (Sal 116 [117] 1), alabad al Señor todas las gentes. La invitación del Salmo responsorial, que ha resonado hace unos momentos, constituye un buen resumen de los sentimientos que se desbordan hoy de nuestro corazón: Deo omnis gloria!, para Dios toda la gloria. Queremos adorar al Dios tres veces Santo y darle gracias por el don con que ha enriquecido a la Iglesia y al mundo: la canonización de Josemaría Escrivá de Balaguer, sacerdote, fundador del Opus Dei, realizada ayer por nuestro amadísimo Papa Juan Pablo II.

Nuestra gratitud se dirige también al Santo Padre, que ha dado cumplimiento a este designio de la Trinidad: mientras nos disponemos a elevar nuestra plegaria al Cielo, confiamos al Señor su Augusta Persona y sus intenciones. Sabemos que esta súplica agradará mucho a san Josemaría, que amó con toda su alma al Vicario de Cristo en la tierra, hasta el punto de no separar nunca ese amor al Papa del que profesaba a Jesucristo y a su Madre bendita. En efecto, desde el mismo instante en que el Señor irrumpió en su alma con los primeros barruntos del Opus Dei, que entonces aún no conocía, comenzó a rezar y a trabajar para hacer realidad el clamor que brotaba de su corazón: Omnes cum Petro ad Iesum per Mariam!, todos, con Pedro, a Jesús por María.

Todos los participantes en esta Santa Misa, y las innumerables personas unidas espiritualmente a nosotros en el mundo entero, nos reconocemos gustosamente deudores del nuevo santo que Dios ha concedido a la Iglesia. Muchos de nosotros hemos obtenido por su intercesión gracias y favores de todo tipo. No pocos nos esforzamos por seguir sus pasos de fidelidad al Señor en la tierra, tratando de reproducir en nuestras almas el espíritu que él encarnó. A todos, san Josemaría nos ha mostrado -con su ejemplo y con sus enseñanzas- un modo bien concreto de recorrer la senda de la vocación cristiana, que tiene como meta la santidad. Por esto, la canonización del fundador del Opus Dei asume los rasgos característicos de una fiesta: la fiesta de esta gran familia de Dios, que es la Iglesia. Por todo esto queremos dar gracias al Señor en esta celebración eucarística.

No han transcurrido cuarenta años desde que el Concilio Vaticano II proclamó la llamada universal a la santidad y al apostolado pero queda aún mucho camino por recorrer, hasta que esa verdad llegue efectivamente a iluminar y a guiar los pasos de los hombres y las mujeres de la tierra. Lo ha recordado explícitamente el Romano Pontífice, en su Carta apostólica Novo Millennio ineunte, al proponer esa doctrina como «fundamento de la programación pastoral que nos atañe al inicio del nuevo milenio» (NMI 31).

Todos en la Iglesia, cada Pastor y cada fiel, estamos llamados a comprometernos personalmente en la búsqueda diaria de la santidad personal y a participar -también personalmente- en el cumplimiento de la misión que Cristo nos ha confiado. Si el siglo XX ha sido testigo del "redescubrimiento" de esa llamada universal -que estaba contenida en el Evangelio desde el principio, y de la que san Josemaría Escrivá fue constituido heraldo por la personal vocación divina recibida-, el siglo que estamos recorriendo ha de caracterizarse por una más efectiva y extensa puesta en práctica de esa enseñanza. He aquí uno de los grandes desafíos que el Espíritu lanza a los hombres y mujeres de nuestro tiempo.

San Josemaría Escrivá procuró despertar esta urgencia de santidad en todos los hombres. El hecho de que su canonización haya tenido lugar en los albores del nuevo siglo, resulta particularmente significativo. Su mensaje resuena con especial fuerza en los momentos actuales: «Hemos venido a decir, con la humildad de quien se sabe pecador y poca cosa -homo peccator su (Lc 5, 8), decimos con Pedro-, pero con la fe de quien se deja guiar por la mano de Dios, que la santidad no es cosa para privilegiados: que a todos nos llama el Señor, que de todos espera Amor: de todos, estén donde estén; de todos, cualquiera que sea su estado, su profesión o su oficio. Porque esa vida corriente, ordinaria, sin apariencia, puede ser medio de santidad: no es necesario abandonar el propio estado en el mundo, para buscar a Dios, si el Señor no da a un alma la vocación religiosa, ya que todos los caminos de la tierra pueden ser ocasión de un encuentro con Cristo» (Carta 24-III-1930, n. 2).

En todo instante -como aconsejaba el nuevo Santo ya desde los años 30- hay que buscar al Señor, encontrarle y amarle. Sólo si nos esforzamos día tras día en recorrer estas tres etapas, llegaremos a la plena identificación con Cristo: a ser alter Christus, ipse Christus. «Quizá comprendéis -os repito con sus palabras- que estáis como en la primera etapa. Buscadlo con hambre (...). Si obráis con este empeño, me atrevo a garantizar que ya lo habéis encontrado, y que habéis comenzado a tratarlo y a amarlo, y a tener vuestra conversación en los cielos (cfr. Flp 3, 20)» (Amigos de Dios, n. 300).

A Jesús le encontramos en la oración, en la Eucaristía y en los demás sacramentos de la Iglesia; pero también en el cumplimiento fiel y amoroso de los deberes familiares, profesionales y sociales propios de cada uno. Se trata en verdad de un objetivo arduo, que sólo al final del peregrinar terreno podremos alcanzar plenamente. «Pero no me perdáis de vista que el santo no nace: se forja en el continuo juego de la gracia divina y de la correspondencia humana». Así exhortaba San Josemaría en una de sus homilías; y añadía: «Por eso te digo que, si deseas portarte como un cristiano consecuente (...), has de poner un cuidado extremo en los detalles más nimios, porque la santidad que Nuestro Señor te exige se alcanza cumpliendo con amor de Dios el trabajo, las obligaciones de cada día, que casi siempre se componen de realidades menudas» (Ibid., n. 7).

Santificar el trabajo. Santificarse con el trabajo. Santificar a los demás con el trabajo. En esta frase gráfica resumía el Fundador del Opus Dei el núcleo del mensaje que Dios le había confiado, para recordarlo a los cristianos. El empeño por alcanzar la santidad se halla inseparablemente unido a la santificación de la propia tarea profesional -realizada con perfección humana y rectitud de intención, con espíritu de servicio- y a la santificación de los demás. No es posible desentenderse de los hermanos, de sus necesidades materiales y espirituales, si se quiere caminar en pos del Señor. «Nuestra vocación de hijos de Dios, en medio del mundo, nos exige que no busquemos solamente nuestra santidad personal, sino que vayamos por los senderos de la tierra, para convertirlos en trochas que, a través de los obstáculos, lleven las almas al Señor; que tomemos parte como ciudadanos corrientes en todas las actividades temporales, para ser levadura (cfr. Mt 13, 33) que ha de informar la masa entera» (Es Cristo que pasa, n. 120).

La Providencia divina ha dispuesto que la trayectoria terrena de san Josemaría Escrivá tuviese lugar en el siglo XX, tiempo que ha presenciado enormes desarrollos de la ciencia y de la técnica, que no siempre, por desgracia, han estado al servicio del hombre. En efecto, es preciso reconocer que, junto a logros admirables del espíritu humano, en este tiempo nuestro abundan los torrentes de aguas amargas, que tratan inútilmente de apagar la sed de felicidad de los corazones. Pero también es cierto -como escribió mons. Álvaro del Portillo- que, con el mensaje espiritual del nuevo Santo, «todas las profesiones, todos los ambientes, todas las situaciones sociales honradas (...) han quedado removidas por los Ángeles de Dios, como las aguas de aquella piscina probática recordada en el Evangelio (cfr. Jn 5, 2 y ss), y han adquirido fuerza medicinal» (Carta pastoral, 30-IX-1975, n. 20).

Al recordar al primer sucesor de nuestro Padre, a don Álvaro del Portillo, sentimos muy cerca su presencia espiritual en estos momentos. Con él podemos afirmar, llenos de agradecimiento a Dios, que gracias a la doctrina y al espíritu del fundador del Opus Dei, «hasta de las piedras más áridas e insospechadas han brotado torrentes medicinales. El trabajo humano bien terminado se ha hecho colirio, para descubrir a Dios en todas las circunstancias de la vida, en todas las cosas. Y ha ocurrido precisamente en nuestro tiempo, cuando el materialismo se empeña en convertir el trabajo en un barro que ciega a los hombres, y les impide mirar a Dios» (Ibid.).

Saludo a quienes habéis acudido a Roma desde países de lengua inglesa, para asistir a la canonización de San Josemaría Escrivá. Al regresar a vuestros hogares, llevad con vosotros y tratad de poner en práctica las enseñanzas del nuevo Santo. Pedid a San Josemaría que os enseñe a convertir la prosa diaria -las situaciones más comunes- en versos de poema heroico: en afanes y realidades de santidad y de apostolado.

A los que procedéis de países de lengua francesa, os recuerdo la importancia de colaborar en la misión apostólica de la Iglesia, que es deber de todo cristiano, procurando fecundar con el espíritu del Evangelio las artes y las letras, las ciencias y la técnica. Pedid la intercesión de San Josemaría, para llevar a la práctica aquella aspiración que Dios mismo grabó en su alma: poner a Cristo -con nuestro trabajo, sea el que sea- en la cumbre de todas las actividades humanas.
Hoy la Iglesia venera a la Virgen Santísima con la advocación de Nuestra Señora del Rosario. Me da alegría pensar que la canonización de nuestro Fundador ha tenido lugar en la víspera de una fiesta de Santa María; esta coincidencia es como un signo más de su cariñosa asistencia de Madre. A su mediación materna acudimos, llenos de confianza, al tiempo que renovamos nuestro agradecimiento al Señor por esta canonización. Deo omnis gloria!, repito una vez más, mientras pedimos que se difunda entre los cristianos, cada día con más fuerza, el deseo de santidad personal y de apostolado en las circunstancias de la vida ordinaria. Así sea.

 

ENTREVISTA AL PRELADO DEL OPUS DEI


Por Juan Vicente Boo, ABC, 5.X.2002

«Os dejo, como herencia, el buen humor», decía de vez en cuando Josemaría Escrivá y, una vez más, su palabra se ha cumplido. Su actual sucesor al frente del Opus Dei, monseñor Javier Echevarría, sonríe con ojos chispeantes y elimina las distancias con una broma a la menor oportunidad. La sede de la Prelatura, en la calle Bruno Buozzi, sorprende por su agradable aire de casa de familia, y la bienvenida del Prelado es cordial, hogareña. Se le nota contento, pero el rasgo más llamativo es su sencillez, la absoluta tranquilidad en un momento en que la canonización del fundador bien justificaría un poco de triunfalismo. Vivir con un santo durante un cuarto de siglo es privilegio de muy pocas personas. Javier Echevarría llegó a Roma como un joven estudiante de Derecho en 1950 y comenzó a colaborar con monseñor Escrivá de Balaguer en 1953, compartiendo con el fundador las jornadas agotadoras, los disgustos y las alegrías de extender la Obra por el mundo antes de que fuese Prelatura personal. Monseñor Echevarría es el testigo por antonomasia de una vida de santidad. Mañana, en la Plaza de San Pedro, abrazará al Papa en una ceremonia de canonización que abre, para siempre, la etapa de madurez del Opus Dei.

-Monseñor Echevarría, ¿cómo se siente al ver que la Iglesia rinde homenaje al fundador del Opus Dei y consagra su mensaje?

-Muy feliz, por el cariño que tengo a quien sigo llamando «Padre». A la vez, sé que a él no le gustaba llamar la atención, estar en el candelero. Su lema constante era «ocultarse y desaparecer, que sólo Jesús se luzca». Ahora, desde el Cielo, seguirá diciendo: «Para Dios toda la gloria».

-En todo caso, mañana no conseguirá ocultarse...

-Es cierto, pero las canonizaciones no son un acto de homenaje. Son la confirmación de la vida ejemplar de una persona y, sobre todo, de la acción de la gracia divina en su alma. Son ocasiones para renovar el deseo de convertirnos, de ser más fieles a Cristo. En ese deseo de conversión diaria, que debe continuar después del 6 de octubre, confluyen todos mis sentimientos desde que supe la fecha de la canonización.

-El interés mundial es enorme. ¿Considera el Opus Dei este momento como un triunfo?

-En absoluto. Sería no sólo empequeñecer la Obra sino empequeñecernos personalmente. Mire usted, un cristiano no viene a triunfar en la Tierra sino a trabajar, utilizando el prestigio personal para servir a la Iglesia, a la sociedad y a las almas. Nuestro fundador nos repitió que la gloria del Opus Dei es no tener gloria humana; es servir a todas las almas, sin discriminación alguna. La canonización del fundador no es un momento de triunfo sino de humildad.

-¿Por qué de humildad?

-Porque es una buena ocasión de comparar la propia vida con el ideal que nos enseñó y, sobre todo, que él encarnó en su vida. La distancia será aún más clara cuando, con el paso del tiempo, se comprenda todavía mejor la grandeza de su figura. Tenemos que ser muy humildes. Josemaría Escrivá se esforzaba por ocultarse y desaparecer para que quedase más claro que la Obra era de Dios. Él se consideraba tan sólo «un instrumento inepto y sordo». Esto nos enseña a descubrir que la grandeza de la persona humana es dejar actuar a Dios en la propia alma, y cooperar con responsabilidad.

-Escrivá de Balaguer «democratizó» la santidad, y el Papa lo propone ahora como ejemplo a toda la Iglesia. Pero ¿cómo pueden imitar a un sacerdote las mujeres y los hombres de a pie, que llevan una vida completamente distinta y afrontan problemas muy diferentes?

-El beato Josemaría repitió con insistencia machacona que él no era el modelo: el único modelo es Cristo y el modelador es el Espíritu Santo. En una canonización, la Iglesia no invita a imitar la personalidad de un determinado santo, sino a aprender, mirando a ese santo, a imitar a Cristo. Y el beato Josemaría, sacerdote secular que amaba el mundo y la secularidad, nos invita a imitar a Cristo en todo momento y en todo lugar, en las diversas circunstancias de la vida ordinaria. Estoy persuadido de que la figura de San Josemaría será siempre muy actual. La mejor respuesta a sus preguntas sobre el Opus Dei será la Plaza de San Pedro durante la ceremonia de la canonización. Se encontrará decenas de miles de personas corrientes que nunca salen en los periódicos, que pasan sus apuros para llegar a fin de mes, que intentan ser felices procurando estar cerca de Cristo cada día. Y que han venido a Roma para agradecer a Dios el regalo de un santo que les ha ayudado a descubrir la grandeza de su vocación cristiana.

-¿Cómo fue la batalla de Josemaría Escrivá para que la Santa Sede aceptase en el Opus Dei como cooperadores a mujeres y hombres no católicos e incluso no cristianos?

-El término «batalla» no es apropiado. La petición que presentó, en los años cuarenta, para admitir como cooperadores del Opus Dei a otros cristianos no católicos y también a no cristianos, constituía una novedad, y por eso no fue aceptada en un primer momento. Nuestro fundador no se desanimó, e insistió en su petición. Se trataba de un respetuoso forcejeo que en absoluto enturbiaba la estima recíproca entre el fundador del Opus Dei y sus interlocutores. Finalmente, ya en 1950, la Santa Sede acogió esa demanda de Josemaría Escrivá, que manifiesta su apertura, su amplitud de corazón y su respeto a la libertad de las conciencias.

-O sea, que fue «respetuoso», pero forcejeó...

-Ese episodio es significativo, porque resume la actitud de fondo del beato Josemaría en todo el proceso fundacional y, al mismo tiempo, refleja la sabia prudencia de gobierno de la Santa Sede. Monseñor Escrivá sabía que estaba planteando cuestiones nuevas, pero deseaba proceder siempre de acuerdo con el Papa y los obispos, con amor y respeto a la autoridad de la Iglesia.

-En el Congreso Internacional del pasado enero con motivo del Centenario, el Gran Rabino Ángel Kreiman, vicepresidente del Consejo Mundial de las Sinagogas, explicaba que Escrivá desarrolló la teología de la Creación por Dios y de su perfeccionamiento por el hombre, central en el Antiguo Testamento. ¿Puede ser la santificación del trabajo un punto de encuentro con nuestros «hermanos mayores»?

-Conservo un grato recuerdo de mi encuentro con el Gran Rabino Ángel Kreiman, a quien testimonié mi afecto por el pueblo judío durante ese Congreso Internacional, en el que pude saludar también a varios participantes hindúes y musulmanes. Los cristianos compartimos con el pueblo judío la fe en el Dios verdadero y en la Creación, y el aprecio por el trabajo. El fundador del Opus Dei solía subrayar la importancia de unas palabras del Génesis, el primero de los libros del Antiguo Testamento: Dios colocó al hombre sobre la tierra para que la dominara con su trabajo y la hiciera rendir en beneficio suyo y de los demás. Hay muchos motivos para la estima recíproca y la colaboración.

-La biografía escrita por Vázquez de Prada cita unas notas del diario de Escrivá en las que relata el descubrimiento intensísimo de la filiación divina el 16 de octubre de 1931 mientras viajaba en un tranvía madrileño leyendo el ABC. Aquella «oración más subida», según sus notas, ¿tuvo como espoleta casual alguna de las noticias de aquel día?

-Efectivamente, el apunte indica que estaba leyendo el diario ABC, pero no precisa más. En esas notas no consta si su oración estaba o no relacionada directamente con lo que acababa de ver en esas páginas. Muchas veces recordó la oración de aquel día: aseguraba que advirtió con luz nueva esa verdad cristiana fundamental que es el amor paternal de Dios. Dios no es jamás indiferente a la suerte de los hombres. Es un Padre que, con frase de Camino, nos ama más que todas las madres del mundo juntas puedan amar a sus hijos.

-Usted habrá vivido junto al fundador otras jornadas de gran intensidad espiritual. ¿Cuáles recuerda de modo más vivo?

-Aunque no ocultaba la situación de su alma, no le gustaba hablar en detalle del trato con Dios que llenaba sus jornadas. Recuerdo que un día de noviembre de 1973 nos contaba algo que le había sucedido la víspera. Durante un momento de oración con el Señor, se había sentido movido a escribir unas palabras en latín: «Tenui eum, nec dimittam, lo tengo agarrado y no lo soltaré». Son palabras que expresaban todo su amor, sus deseos de unión con Dios y de fidelidad hasta la muerte. Y nos decía: «Llevaba yo dos días con esta comezón. No son locuciones de Dios. Son inquietudes que pone en el alma, que no descansa hasta que las descubre».

-¿Y qué gestos recuerda de modo más personal porque se refieran a usted? ¿Cómo era, de cerca, el fundador del Opus Dei?

-Yo le conocí en el año 1948. Monseñor Escrivá pasaba unos días en Madrid, y yo acudí, con otros miembros del Opus Dei, a una tertulia en la que nos habló con gran fuerza de fidelidad a la vocación cristiana que habíamos recibido de Dios. Después nos invitó a tres de nosotros a acompañarle en un viaje rápido a Segovia, donde tenía que hacer algunas gestiones. Lo recuerdo muy bien: estuvo cantando, bromeando, riendo, y también hizo consideraciones muy sobrenaturales. Aquel día me quedó muy claro que el Opus Dei es una familia, y su fundador, un padre para todos nosotros.

«Un nuevo punto de partida»

-A Escrivá de Balaguer le gustaba bendecir las últimas piedras de los edificios en lugar de las primeras. ¿Es la canonización «su» última piedra? ¿La consideran ustedes un punto de llegada o un punto de partida?

-Todo depende de la perspectiva, pues la vida de los santos se prolonga en la historia de la Iglesia, mediante su intercesión y su ejemplo. Para los fieles de la Prelatura, la canonización es un nuevo punto de partida, un recomenzar ilusionado, una llamada a la conversión. El punto de llegada al que debemos dirigirnos todos las personas es el Reino de los Cielos.

-Entre la gente que ha venido a la canonización se está haciendo una colecta para programas educativos en África, el continente de los disgustos. ¿Tiene el Opus Dei predilección por África?

-El beato Josemaría no tuvo oportunidad de visitar África, pero le manifestaba un gran aprecio. Me impresionó la ilusión con que impulsaba los comienzos de la labor del Opus Dei en ese continente, y con que seguía las noticias sobre el desarrollo del apostolado. Yo he podido acudir a África en diversas ocasiones, primero acompañando a monseñor Álvaro del Portillo -el primer sucesor de monseñor Escrivá de Balaguer-, y después como prelado del Opus Dei. Junto a las visibles dificultades que atraviesa el continente, he tenido siempre la profunda alegría de encontrar muchas personas llenas de fe y de deseos de ayudar a construir el futuro de sus pueblos. Hay mucho que dar a África, pero también mucho que aprender y que recibir de África. El Proyecto Harambee 2002 quiere ser un grano de arena en esa línea. En este momento alegre de la canonización, es un modo de recordar con hechos a quien sufre necesidad. El término harambee expresa en swahili una realidad y una esperanza: que todos juntos podemos superar los obstáculos. Quizá por eso, África ocupa un lugar especial en el corazón de todos los católicos y de muchas otras personas de buena voluntad.

-Algunas personas que convivieron con Escrivá me han dicho que estan contentísimas pero que, al mismo tiempo, se reavivan los recuerdos y la nostalgia, la «morriña»...

-La separación física, en 1975, nos costó mucho a todos. Pero a mí, por lo menos, me llena de alegría que haya recibido el premio de contemplar la presencia de Dios. Yo siento «morriña» sólo en el sentido de que, aunque nos ayuda con su intercesión desde el Cielo, en los momentos de importancia desearía tener la seguridad de su consejo explícito. Pero también nos damos cuenta de que nunca quiso ser imprescindible. Y cuando nos decía que llegaría un momento en que tendríamos que tomar el relevo, lo decía con gran sinceridad. Para que nos hiciésemos cargo de que somos responsables, con nuestra vida personal, no sólo de hacer el Opus Dei sino de ser Opus Dei.

 

Un prelado «muy romano» ante un plebiscito mundial

La conversación con Monseñor Echevarría es sosegada, relajante, pero se nota que «juega con ventaja», pues conoce la situación del planeta -de esos 84 países de donde ha venido la gente- de modo más realista gracias al contacto habitual con personas a las que nunca hace caso la Prensa. De Escrivá aprendió a ser «muy romano» de corazón, pero mirando continuamente al resto del mundo, sobre todo a los países con problemas. Y haciendo siempre caso a cada persona individualmente. Justo antes de saludar a ABC se estaba interesando por la mano convaleciente de uno de sus colaboradores que se marcha a trabajar a un país de África. Al iniciar la conversación, desarma al cronista haciendo notar que está ligeramente más grueso que la pasada primavera. El prelado del Opus Dei, en cambio, está más delgado y tiene el pelo más blanco. En esta recta final exprime los minutos del día y de la noche para contestar a todas las cartas y recibir a los obispos y autoridades que quieren verle. Es una tarea imposible, pues en la ceremonia de mañana participarán más de cuatrocientos obispos y centenares de representantes diplomáticos: un auténtico plebiscito mundial.

 


Por Federico Mandillo, La Raz
ón, 9.X.2002

«Lo que reclama el mundo en crisis de hoy son cristianos coherentes»

Madrileño, de 70 años, lleva ocho como prelado del Opus Dei. Hace tan sólo dos días oficiaba una emocionante misa: la de acción de gracias por la canonización de Escrivá Monseñor Javier Echevarría es el obispo prelado del Opus Dei. Nació en Madrid el 14 de junio de 1932, ingresando en la Prelatura del Opus Dei en 1955. Doctor en Derecho Canónico por la Universidad Pontifica de Santo Tomás, en Roma, y en Derecho Civil por la Universidad Lateranense, también de la Ciudad Eterna, fue Vicario General del Opus Dei entre 1975 y 1994, momento en el que fue designado prelado de la Obra. Obispo titular de Cilibia desde 1995, es además consultor de las Sagradas Congregaciones para las Causas de los Santos y del Clero. Hace dos días, ante más de 200.000 fieles ofició una misa de acción de gracias por la canonización de Escrivá de Balaguer.

-¿Cómo ha vivido el sucesor de san Josemaría la canonización del fundador del Opus Dei?

-Para mí, éste es un momento de una emoción difícil de describir. Un momento que procuro aprovechar muy unido al Santo Padre, a mis hermanos en el episcopado y a toda la Iglesia. He tratado a Josemaría Escrivá durante veinticinco años. He visto su lucha por alcanzar la santidad en mil detalles de oración, de caridad y de alegría cristiana que se agolpan hoy en mi memoria. Me emociona contemplar que el Papa ha proclamado santo a este hijo fidelísimo que se gastó generosamente sirviendo a la Iglesia y a las almas.

-¿Qué le pasó por la cabeza en el instante de la proclamación?

-Cuando el Papa pronunció la fórmula de la canonización rogué a Dios que me ayudase a convertirme y a corresponder a la llamada de Dios, para amarlo con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas, y a mi prójimo como a mí mismo, en el quehacer cotidiano. Desde ahora acudiré a la intercesión de san Josemaría para que todos experimentemos la alegría de seguir a Jesucristo en nuestro trabajo diario.

- El trabajo diario, centro del mensaje de la Obra. ¿No es poco «emocionante»?

-En absoluto. El fundador del Opus Dei solía afirmar que el núcleo del mensaje que Dios había puesto en su alma era precisamente la santificación del trabajo y de la vida ordinaria. Pienso que el nuevo santo se dirige a los hombres y mujeres que trabajan, para manifestarles: alégrate, porque ahí, en el corazón de tus jornadas sin brillo, puedes descubrir a Jesucristo; en los días festivos y en los días laborables en los que no ocurre nada llamativo.

-¿Es eso fácil, accesible?

-Pienso que todos los fieles de la Prelatura somos conscientes de nuestra poquedad personal. Sabemos que hemos de cambiar un poco cada día, con una mudanza espiritual y humana que nos ponga en condiciones de responder mejor a la gracia de Dios y nos lleve también a aprender de quienes nos rodean. El nuevo santo insistía en que los cristianos vamos adelante con la fuerza de la gracia y con la fraternidad y el ejemplo de las personas con las que trabajamos, con las que convivimos.

-¿Cómo ve el Opus Dei la situación del mundo actualmente? ¿Está el mundo en crisis? ¿Tiene remedio?

-«Estas crisis mundiales son crisis de santos», escribió Josemaría Escrivá. Pienso, en efecto, que los problemas actuales están reclamando cristianos coherentes, hombres y mujeres que santifiquen su profesión, que trabajen con espíritu de servicio para construir entre todos una sociedad digna del hombre, que es hijo de Dios. De los cristianos está esperando el mundo una siembra de paz.

-África, sobre todo, es conocida por sus grandes tragedias humanas, ¿Qué iniciativas promueve el Opus Dei con el objeto de abrir cauce a nuevas esperanzas en los países africanos?

-La labor más importante de la Prelatura es la que desarrolla personalmente cada uno de sus fieles, con libertad y responsabilidad, en su propio ambiente y de acuerdo con sus posibilidades. Los fieles africanos del Opus Dei, que gracias a Dios son ya varios miles, se esfuerzan en primer lugar por vivir su fe con coherencia. Y ese empeño personal les empuja a promover, codo con codo con sus colegas y amigos, proyectos encaminados a resolver las necesidades materiales y espirituales de sus pueblos. Sufren ante los problemas del SIDA, de la pobreza, de las rivalidades tribales, y procuran hacer todo lo posible por erradicarlos. Como cristianos, se sienten llamados precisamente a santificarse en medio del mundo, de ese mundo concreto de África, con sus luces y sus sombras. Además de este empeño de cada uno, el Opus Dei promueve en África numerosas iniciativas, principalmente en los ámbitos educativo y sanitario: hospitales, universidades, colegios... Desde 1957, un buen número de fieles del Opus Dei procedentes de muchos países han querido trasladarse a África, para ejercer allí su trabajo profesional y servir a sus conciudadanos como médicos, veterinarios, enfermeras, maestros... Ellos han dado a conocer el espíritu que anima el Opus Dei, la santificación del trabajo profesional. Hoy son muchos los africanos que sirven a sus conciudadanos de este modo. A mi modo de ver, es la labor profesional y apostólica de los propios africanos, no la de quienes vienen de fuera, la medida auténtica de las esperanzas de un continente donde los horizontes son tan amplios y prometedores. Quisiera añadir que África puede aportar mucho a Europa con su apertura a la trascendencia, con la alegría que los africanos demuestran en la vida cotidiana, también en las dificultades, con su modo de vivir el tiempo.

- ¿Qué iniciativas puede señalarnos, sobre todo en el Sur del planeta, que hayan abierto nuevas oportunidades?

- Como repetía san Josemaría, todo el mundo es tierra de misión; por eso, en todos los lugares la Iglesia está llamada a una intensa actividad apostólica. En África, de entre las iniciativas que los fieles del Opus Dei han puesto en marcha en estos cuarenta y cinco años de presencia en el continente, mencionaría el Centro Médico Monkole, en Kinshasa, un hospital que lleva a cabo una gran labor sanitaria entre personas que carecen hasta de lo más elemental y que tiene ya varias extensiones en el Congo. También la Lagos Business School, en Nigeria, dedicada a la formación de empresarios africanos, a los que procura dar buena preparación en gestión empresarial. 

 

 

DECLARACIONES DEL PRELADO DEL OPUS DEI

Le pido a san Josemaría que experimentemos la alegría de seguir a Jesucristo

Declaraciones de Mons. Javier Echevarría con ocasión de la canonización del fundador del Opus Dei: “acudiré a la intercesión de san Josemaría para pedir que todos experimentemos la alegría de seguir a Jesucristo en nuestro trabajo diario. Y rezaré para que los cristianos sepamos llevar la luz de Cristo a esta tierra nuestra tan necesitada de esperanza”.

"Para mí, éste es un momento de una emoción difícil de describir. Un momento que procuro aprovechar muy unido al Santo Padre, a mis hermanos en el episcopado y a toda la Iglesia. He tratado a Josemaría Escrivá durante veinticinco años. He visto su lucha por alcanzar la santidad en mil detalles de oración, de caridad y de alegría cristiana que se agolpan hoy en mi memoria. Me emociona contemplar que el Papa proclama santo a este hijo fidelísimo que se gastó generosamente sirviendo a la Iglesia y a las almas, y difundiendo por el mundo este amor a la Iglesia.

Canonizar equivale a declarar que la vida de una persona se ha ajustado al «canon» de Cristo. Soy testigo de que Josemaría Escrivá deseaba mirar a Cristo, buscarle, tratarle constantemente. Meditaba con frecuencia acerca de sus treinta años de Nazareth, tejidos de trabajo y de convivencia familiar.

El fundador del Opus Dei solía afirmar que el núcleo del mensaje que Dios había puesto en su alma era precisamente la santificación del trabajo y de la vida ordinaria. Pienso que el nuevo santo se dirige a los hombres y mujeres que trabajan, para manifestarles: alégrate, porque ahí -en el corazón de tus jornadas sin brillo- puedes descubrir a Jesucristo; en los días festivos y en los días laborables en los que no ocurre nada llamativo. Porque esa existencia corriente puede y debe estar llena de amor a Dios, que siempre nos sale al encuentro.

«Estas crisis mundiales son crisis de santos», escribió Josemaría Escrivá. Pienso, en efecto, que los problemas actuales están reclamando cristianos coherentes, hombres y mujeres que santifiquen su profesión, que trabajen con espíritu de servicio para construir entre todos una sociedad digna del hombre, que es hijo de Dios. De los cristianos está esperando el mundo una auténtica revolución, una siembra de paz.

Todo este horizonte lleva consigo también una aventura: la aventura de convertirse, de amar a Dios «con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas», y al prójimo como a uno mismo, en el quehacer cotidiano. Cuando mañana, en la Plaza de San Pedro, el Papa pronuncie la fórmula de la canonización, rogaré a Dios que me ayude a convertirme y a corresponder a esta llamada.

Pienso que todos los fieles de la Prelatura somos conscientes de nuestra poquedad personal. Sabemos que hemos de cambiar un poco cada día, con una mudanza espiritual y humana que nos ponga en condiciones de responder mejor a la gracia de Dios y nos lleve también a aprender de quienes nos rodean. El nuevo santo insistía en que los cristianos vamos adelante con la fuerza de la gracia y con la fraternidad y el ejemplo de las personas con las que trabajamos, con las que convivimos. Por eso, con la certeza de que todos necesitamos la ayuda de los demás, acudiré a la intercesión de san Josemaría para pedir que todos experimentemos la alegría de seguir a Jesucristo en nuestro trabajo diario. Y rezaré para que los cristianos sepamos llevar la luz de Cristo a esta tierra nuestra tan necesitada de esperanza."

 

La labor del Opus Dei en el continente africano

ROMA, 4 octubre 2002 (ZENIT.org).- Presente en África desde hace cuarenta y cinco años, el Opus Dei promueve en el continente numerosas iniciativas, principalmente en los ámbitos educativo y sanitario. En la canonización de su fundador, el beato Josemaría Escrivá, «será numerosa y significativa la presencia del sur del mundo», subraya monseñor Javier Echevarría.

El prelado del Opus Dei explica a través de la agencia misionera Misna cómo se lleva a cabo esta labor: «Los fieles africanos del Opus Dei --son ya varios miles--, se esfuerzan en primer lugar --como los asiáticos, los americanos, los europeos o los de Oceanía-- por vivir su fe con coherencia. Y ese empeño personal les empuja a promover, codo con codo con sus colegas y amigos, proyectos encaminados a resolver las necesidades materiales y espirituales de sus pueblos».

«Sufren ante los problemas del SIDA --continúa monseñor Echevarría--, de la pobreza, de las rivalidades tribales, y procuran hacer todo lo posible por erradicarlos. Como cristianos, se sienten llamados precisamente a santificarse en medio del mundo, de ese mundo concreto de África, con sus luces y sus sombras».

Además de este compromiso personal, de las iniciativas que los fieles de la prelatura han puesto en marcha --junto a otras muchas personas, también no cristianas-- cabe destacar «el Centro Médico Monkole, en Kinshasa, un hospital que lleva a cabo una gran labor sanitaria entre personas que carecen hasta de lo más elemental y que tiene ya varias extensiones en el Congo», recuerda monseñor Echevarría.

Por su parte, Lagos Business School, en Nigeria, se dedica «a la formación de empresarios africanos, a los que procura dar buena preparación en gestión empresarial, a la vez que fomenta su preocupación por las necesidades de la comunidad. Porque para impulsar el desarrollo y para combatir la pobreza y la corrupción se necesita una buena formación moral, también en la doctrina social de la Iglesia, y una sólida formación empresarial», constata el prelado del Opus Dei.

El proyecto Harambee 2002, un fondo destinado a apoyar programas educativos en África, se ha creado con donativos de los fieles que asistirán a la canonización de Josemaría Escrivá y de todas las personas y entidades que quieran colaborar (Cf. Zenit, 26 de septiembre de 2002 ).

Los fondos recogidos serán asignados a través de un concurso público abierto a todas las entidades que promueven actividades educativas en África subshariana. Se privilegiarán los proyectos que se dirijan a mujeres y niños residentes en zonas rurales o suburbanas y pertenecientes a los estratos más vulnerables de la sociedad.

Harambee 2002 es un recordatorio de que «lo importante son las personas; y en este caso los africanos, que han de ser los artífices del progreso en África --recalca monseñor Echevarría--. Por ese motivo, la educación se convierte en un elemento imprescindible del desarrollo, pues abre las puertas al trabajo y al progreso, tanto material como espiritual. La educación es un modo (...) de sembrar esperanza. El proyecto Harambee 2002 quiere aportar un grano de arena en ese empeño colectivo».

«África puede aportar mucho a Europa con su apertura a la trascendencia, con la alegría que los africanos demuestran en la vida cotidiana, también en las dificultades --reconoce el prelado del Opus Dei--, con su capacidad de comunicación y su estima hacia los buenos valores de la familia y de la amistad, con el señorío que saben mostrar como reflejo de la dignidad humana, con su modo de vivir el tiempo». 

 

Un santo que amaba al mundo
La Vanguardia, Barcelona, 5.X.02

Gentes de todas las procedencias han querido acudir a Roma, junto a Juan Pablo II, para asistir a la canonización de Josemaría Escrivá de Balaguer. Confieso que estoy conmovido. He oído estas semanas muchas historias de generosidad, de servicio, de ayuda en la enfermedad y en la pobreza: de indios de Cañete (Perú), campesinos venidos de Nigeria y Camerún, familias no cristianas de Hong Kong; personas de todo tipo y de todas partes, que se han sentido personalmente convocadas en Roma. Su número y su variedad -como la de quienes no han podido venir- muestran que este modelo de santidad, que el Papa ha decidido ahora proclamar solemnemente, es hoy algo vivo, actuante; es uno de los dones que el Espíritu ha concedido a la Iglesia en nuestro tiempo.

Conocí a san Josemaría Escrivá el 2 de noviembre de 1948, en Madrid. Tenía yo dieciséis años. Estábamos en una tertulia familiar y nos ofreció la posibilidad, a mí y a otros dos, de acompañarle en automóvil a ver una casa de convivencias y de retiros en fase de acondicionamiento, cerca de Segovia. Durante el trayecto, con una conversación muy amena y alegre, nos hizo ver la necesidad de afrontar la vida con gozo sincero, porque somos hijos de Dios. Quedé sorprendido por su naturalidad, alegría y entusiasmo. En cierto momento me mareé, y me ayudó como si me conociera desde hacía mucho tiempo, como un padre que no siente repugnancia por lo que sucede a sus hijos. Luego Dios quiso que viviera y trabajara a su lado durante veinticinco años, desde 1950 hasta su fallecimiento en 1975. Agradezco al Cielo este gran regalo. He contemplado en su vida diaria que el encuentro con Dios llena el alma de gozo. Desde el primer momento noté que amaba a Dios de veras, en cada instante, sin esperar ocasiones especiales. Me sorprendía el enamoramiento creciente con que encaraba cada jornada. Veía en sus reacciones -no faltó en su vida abundancia de dolor, enfermedad, incomprensión- cómo descubría en todos los instantes la misericordia de Dios. Pienso que el Señor ha querido valerse de san Josemaría para recordar con nuevo énfasis al mundo esta verdad tan consoladora de la fe cristiana: que Dios es nuestro Padre. Esa convicción, que esponja el alma y la lleva por caminos de paz y de libertad interior, constituía el fundamento de su jornada, minuto a minuto. Buscaba, por eso, a veces con esfuerzo, un trato lleno de ternura con el Señor, directo, sencillo. Este concepto tan claro y reconfortante está en las antípodas de la falsa idea -hoy, como ayer, frecuente- de un Dios abstracto y distante. Alimentaba unas ansias constantes de que todas las personas pudieran experimentar libremente la alegría del abrazo paterno de Dios, en la fe cristiana y muy particularmente en el sacramento del perdón. Semanalmente le veía ir a arrodillarse ante su confesor, don Álvaro del Portillo, lleno de compunción.

Me pidieron, para el inicio de este año, una ponencia para el congreso internacional sobre "La grandeza de la vida corriente", que se celebró en Roma el pasado mes de enero, con ocasión del centenario del nacimiento del entonces beato Josemaría. Decidí centrarla en "su perfil humano y sobrenatural". Su fuerte personalidad caracterizaba notablemente la convivencia a su lado. Sobre su temperamento despierto, sin duda sus padres habían cultivado una mentalidad abierta y realista. Como curiosidad, recuerdo que alguna vez nos había contado a don Álvaro y a mí como, siendo muy niño, se entretenía en su casa de Barbastro mirando "La Vanguardia" y el "ABC", diarios a los que su padre, don José Escrivá, antes de su descalabro económico, estaba suscrito. Desde el 2 de octubre de 1928, con la fundación del Opus Dei, el Señor le hizo ver lo que ya fue el sentido completo de su existencia, difundir por todo el mundo la llamada a la santidad en la vida ordinaria; y ese mensaje pasó a ser una luz importante de Dios para él y para su apostolado. Santa Teresa escribió que Dios se halla también entre los pucheros. San Josemaría, que quería mucho a esta santa, llegó a hablar de un "materialismo cristiano": Dios no está lejos, no se encuentra sólo allá "donde brillan la estrellas", lo encontramos también en nuestra vida ordinaria, familiar, profesional, ciudadana, diaria, si lo buscamos. Para este santo sacerdote, el cristianismo no es un cúmulo de obligaciones que se añaden a la común condición humana y que la oprimen. No. La gracia de Dios sana, restaura y eleva la naturaleza.

Cuando en estos días romanos de su canonización contemplo una variedad tan grande de hombres y mujeres, comprendo la extraordinaria eficacia de su confianza en la libertad de las personas. Su mayor ambición era iluminar con la luz de Dios, del Evangelio, de su gracia salvadora, a cada persona humana. Ahí centraba su misión. Amaba la capacidad de cada conciencia para comprometerse, para realizar de esta forma la propia libertad, y tenía un gran respeto por la espontaneidad de todos, que veía siempre como una fuente de bienes.

He pasado muchas horas de mi vida a su lado y puedo asegurar que no sólo respetaba sino que amaba el pluralismo en tantas manifestaciones -la mayoría- en las que las discrepancias son perfectamente legítimas entre los cristianos. Y deseaba para todos ese mismo sentimiento, porque esa comprensión acerca a los hombres entre sí.

Su respeto a la legítima autonomía de las realidades temporales hundía sus raíces en la entrega que había hecho de toda su existencia a la misión de ser un sacerdote y sólo un sacerdote, de ponerse siempre al servicio permanente de todas las personas. A partir de su ordenación sacerdotal, fue consciente de su obligación de hacer presente a Cristo entre los hombres. Particularmente cuando celebraba la Eucaristía se sabía Cristo. Resultaba imposible acostumbrarse a acompañarle junto al altar. Se tocaba con las manos que cada día la Misa era algo distinto para su alma: un momento de trato inmediato, intenso, amorosísimo con la Trinidad. Entregaba a diario, libremente, toda su personalidad para ser sólo Cristo en la Cruz, con los brazos abiertos a todos los hombres, enteramente disponible. No hablaba de política y respetaba cuidadosamente todas las sensibilidades. Con frecuencia repetía que él era un sacerdote "anticlerical", precisamente por su amor al sacerdocio, porque rechazaba toda injerencia indebida -subrayo lo de "indebida"- del sacerdote en las cuestiones políticas. Defendía así la legítima autonomía de los asuntos temporales, pero también la excelsa misión del sacerdote: dispensador de la extraordinaria cercanía de Dios a cada hombre y a cada mujer.

En estos días, ante el panorama de tantas personas de las más diversas procedencias, no puedo menos que dar gracias a Dios por la fecundidad espiritual de este sacerdote santo. Es un don que nos interpela, que nos recuerda una vez más que la santidad no es cosa para privilegiados, sino que Jesús de todos espera amor: "De todos -son palabras de san Josemaría-, cualesquiera que sean sus condiciones personales, su posición social, su profesión u oficio. La vida corriente y ordinaria no es cosa de poco valor: todos los caminos de la tierra pueden ser ocasión de un encuentro con Cristo, que nos llama a identificarnos con Él, para realizar -en el lugar donde estamos- su misión divina" (Es Cristo que pasa, 110).

 

Una siembra de santidad
La Razón, 9.X.02

Conocí a Josemaría Escrivá el 2 de noviembre de 1948, en Madrid. Estaba rodeado de universitarios, en una tertulia familiar. Yo era un joven estudiante y me sorprendió su alegría, su entusiasmo y buen humor. Habló de varios temas de la vida corriente, y también de la necesidad para un cristiano de la oración y de la fidelidad a su condición de hijo de Dios; y nos animó a convertir nuestra jornada en una siembra de santidad y apostolado. 

Al final, nos preguntó a tres de los que allí nos encontrábamos si queríamos acompañarle en coche hasta Molinoviejo. En un determinado momento, durante el trayecto, después de haber hablado de varias cuestiones, comenzó a cantar, con la naturalidad con que se hace en familia. Debo reconocer que me sorprendió vivamente. Eran canciones populares de amor, de las que todos habíamos escuchado por la radio. Una -no la olvidaré nunca- decía: Tengo un amor que me llena de alegría... Entre esos cantos intercalaba preguntas, comentarios, haciéndonos notar que debíamos esforzarnos por estar siempre contentos, muy contentos -comentó- porque somos hijos de Dios. Y nos animó a llevar al diálogo con Dios esas tonadas de amor humano, refiriéndolas al Señor, a la Virgen María. 

Dos años después, en Roma, en un normal encuentro por la casa, me hizo una petición que me llamó la atención. Yo veía su esfuerzo constante por moverse en la presencia de Dios, su afán por vivir unido al Corazón de Cristo mientras trabajaba, mientras descansaba o charlaba con nosotros. Sin embargo, para un alma enamorada como la suya -como ocurre con todo amor humano limpio-, eso le resultaba insuficiente. Quería querer a Dios -y no es una redundancia- con todas las fuerzas de su alma. «Hoy me duele mi falta de piedad -me confió, con sencillez: ¡yo no había cumplido aún los veinte años!-: ¡ayúdame a reparar!».

Nuestra oración, nuestra alabanza a Dios -enseñaba-, tenía que alzarse al Cielo constantemente, «como el latir del corazón». Nos sugería que tratáramos al Señor como tantos compañeros nuestros -lo veíamos en nuestra relación con los amigos- que piensan sin cesar en la persona amada y se desviven por ella. Por eso, afirmaba, «no nos debe importar, siempre que sea necesario, hacer de hijo pródigo: empezar, pedir perdón con dolor sincero, y volver; esto agrada a Nuestro Padre Dios, porque conoce la pasta de que estamos hechos: por tanto, volved siempre, y volved con amor, que Dios nos espera». 

A veces me preguntan cómo pudo llevar a cabo este sacerdote santo la ingente tarea que Dios le pidió; y cómo pudo difundir por los cuatro puntos cardinales el mensaje de la llamada universal a la santidad. Porque es patente que Dios bendijo su fidelidad con frutos abundantes. Miles de almas de los cinco continentes, de los ámbitos sociales y de las profesiones más variadas, sanos y enfermos, jóvenes y ancianos, han emprendido con nuevo vigor la vida cristiana y han recomenzado a participar más asiduamente en los sacramentos gracias a su predicación. Su mensaje sobre la santificación del trabajo ha abierto horizontes interesantísimos a tanta gente. Su celo sacerdotal ha impulsado a incontables sacerdotes, religiosos y seglares a responder más generosamente al Señor: a colaborar activamente en las necesidades parroquiales, a secundar las enseñanzas del Papa y de los obispos, a defender la cultura de la vida y a promover, en la medida de sus fuerzas, la justicia y la caridad con las personas más necesitadas. Ha enseñado a trabajar bien, con responsabilidad, con la idea clara de que ese trabajo puede y debe ser oración, conversación con la Trinidad y servicio a los hombres. 

¿Cómo pudo? Por su abandono en Dios Padre; por su confianza en la gracia y su recurso continuo al diálogo con el Señor y a la intercesión de la Madre de Dios, omnipotencia suplicante; por su unión a la Cruz; y por medio también de una lucha constante en lo pequeño que le llevaba a comenzar y recomenzar, día a tras día: una sonrisa, un acto de amor, un detalle de servicio, una puerta cerrada con delicadeza, un pasar por alto, una vez y otra, las incomodidades del trasiego cotidiano. Y junto con eso, la aceptación gozosa de la enfermedad -padeció durante años una gravísima diabetes-, de los sufrimientos y las incomprensiones. No idealizo su vida, porque le he visto luchar, cansarse, tener penas, reaccionar con un primer movimiento de enfado..., pero se esforzaba precisamente entonces por convertir esas incidencias, las de la convivencia ordinaria, en poema heroico, en endecasílabos que dirigía a Dios. 

Unas palabras suyas, al releerlas ahora bajo una nueva luz, me consuelan especialmente: «Pediré siempre por vosotros». Y continuaba: «Vamos a servir al Señor, que tiene pocos servidores. Vamos a servirle en medio de la calle, cada uno en lo suyo, queriendo a toda la gente, dando doctrina clara y sabiendo perdonar, porque Dios nos perdona continuamente a cada uno de nosotros. Para aprender a perdonar, acudid a la Confesión, con cariño, con devoción, y allí encontraréis la paz, la fuerza para vencer y amar». 

Sí; ése es el milagro que le pido: el milagro de la paz: paz en las naciones, en las relaciones sociales, en las familias, en cada alma; paz con Dios, porque, si no, no se implanta ese bien en la convivencia humana. 

Y ruego también al que llamaremos a partir de ahora san Josemaría que nos ayude a seguir haciendo, codo con codo con tantas personas de buena voluntad, una siembra alegre de santidad y apostolado, como nos sugirió, sonriéndonos y alentándonos, aquel lejano día de 1948 -tan cercano en mi mente- en que le conocí.

 

 

ENTREVISTA A MONS. OCARIZ, VICARIO GENERAL DEL OPUS DEI

«El supuesto secreto del Opus Dei es un tópico trasnochado»
FERNANDO OCARIZ, Vicario General del Opus Dei

Fernando Ocariz es el Vicario General de la Prelatura del Opus Dei desde 1994. Este peso pesado de la Obra, a la que pertenece desde 1971, nació en París (Francia) en 1944. Hijo de un veterinario militar, es un sacerdote con un amplísimo currículum. Licenciado en Física y doctor en Teología, ha desempeñado labores como la de profesor de Teología Dogmática en la Universidad de Navarra o en Roma, donde también ha ejercido labores docentes en Cristología . Es además consultor de la Congregación para la Doctrina de la Fe y vice gran canciller de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz (Roma).
   -¿Qué aporta el carisma del beato Josemaría Escrivá a la Iglesia?
   -El carisma del nuevo santo y, en definitiva, el Opus Dei nace en la Iglesia y de la Iglesia: es, por tanto, uno de los modos, plurales, a través de los que el Espíritu Santo interviene en la vida de la Iglesia. Si tuviera que subrayar algún rasgo, mencionaría el énfasis en la función eclesial de los laicos.
   - ¿Que destacaría del beato Josemaría como modelo de santidad?
   -La vida de los santos es armónica; las virtudes humanas se entrelazan entre sí y con las virtudes sobrenaturales. El resultado es una personalidad siempre atractiva, profundamente coherente. En Josemaría Escrivá se manifiesta claramente este carácter orgánico de la santidad: por esto, lo que destacaría es el empeño por poner como objetivo de cada actividad la búsqueda del amor a Dios y del servicio a los demás.
   - ¿Que defecto destacaría de la personalidad humana del beato Escrivá?
   - Josemaría Escrivá era muy consciente de su pequeñez ante Dios, se definía a sí mismo como «un pecador que ama a Jesucristo» y aseguraba tener muchos defectos. Personalmente, pienso que logró transformar en virtudes lo que podrían ser defectos: por ejemplo, lo que llamaba su tozudez lo convirtió en perseverancia y fortaleza ante la adversidad.
   -¿Qué compromisos adquiere el cristiano corriente que se hace miembro del Opus Dei?
   -Al incorporarse a la Prelatura del Opus Dei, los fieles cristianos se colocan bajo la jurisdicción del Prelado y sus vicarios en lo que se refiere a la misión de la Prelatura. Esto, en concreto, comporta el compromiso de acudir a algunos medios de formación cristiana (retiros espirituales, clases de teología, etc.) y de colaborar en actividades apostólicas promovidas por la Obra, en la medida de las posibilidades de cada uno. Hay que tener en cuenta que todo eso se dirige esencialmente a que cada uno se esfuerce por vivir en plenitud el compromiso bautismal de todo cristiano, llamado a santificarse en las circunstancias ordinarias y a ayudar cristianamente a los demás.
   - ¿Qué actividades de promoción humana realiza la Obra en el mundo?
   - La actividad de la Prelatura en cuanto tal se reduce a proporcionar formación cristiana y asistencia pastoral a los miembros de la Obra y a otras personas que lo desean. Ésta conduce a la promoción de variadas actividades educativas y asistenciales dirigidas por fieles de la Obra junto a otras personas; en ellas, la Prelatura se encarga sólo de la formación doctrinal y de la atención sacerdotal.
   -A los miembros del Opus Dei ¿sólo les interesan las finanzas, la política o las cátedras universitarias?
   - Las finanzas, la política o las cátedras interesan mucho, como es lógico, a los fieles de la Prelatura que desarrollan su actividad profesional en medios financieros, políticos o universitarios, pues es ahí justamente donde intentan llevar a la práctica su empeño por vivir seriamente el cristianismo. Pero la mayoría de las personas del Opus Dei no pertenecen a esos ambientes, y sus intereses se centran en otros campos: la agricultura o la ganadería, las fábricas en las que trabajan, su comercio, las tareas domésticas, o tantas actividades del trabajo humano.
   -¿El Opus Dei es una organización conservadora en la Iglesia?
   -El beato Josemaría insistía frecuentemente en la necesidad de hacer rendir los propios talentos. Esto supone riesgo e imaginación. Las enseñanzas de Jesucristo marcan la pauta de lo que significa «conservar» en la Iglesia. Si ser conservador es enterrar los propios talentos, no cabe que un discípulo de Cristo sea conservador. La Iglesia en general -y el Opus Dei en particular- es conservadora en otro sentido, en cuanto que es consciente de que toda su riqueza procede de Cristo, y no puede falsificar el tesoro recibido. Pero es profundamente innovadora al difundir esa riqueza en todas las culturas, al confrontarla con todas las situaciones que los hombres han propiciado a lo largo de la historia; al procurar, desde esta perspectiva, dar respuesta a los problemas con los que se enfrenta la humanidad.
   -¿Por qué despierta tanta polémica en la Iglesia, una organización que la misma Iglesia reconoce como suya?
   -No comparto -también porque lo veo- que haya esa polémica; si acaso opiniones diferentes, siempre respetuosas. Por otro lado, es comprensible que el Opus Dei haya sido objeto de comentarios y análisis diversos, por la novedad que ha supuesto en la vida de la Iglesia. Cuando la Obra dio sus primeros pasos en Roma, en la Curia se comentó que había llegado con un siglo de anticipación. A medida que, con los cauces abiertos por el Concilio, su naturaleza teológica ha quedado encuadrada en una forma jurídica adecuada -la Prelatura personal-, y que su actividad se ha extendido más aún por los cinco continentes, las opiniones son más serenas y, casi siempre, positivas: no de admiración a las personas de la Obra -que no somos mejores que los demás-, sino de aprecio por la riqueza espiritual de la Iglesia. Me parece que la imagen de institución polémica es un asunto del pasado que ha existido en la mente de pocos, como el tópico trasnochado del supuesto secreto: me es difícil pensar en una institución de la que quien lo desee pueda saber más que de la Obra.
   -¿Qué lugar ocupan los pobres en una organización católica como el Opus Dei?
   -Los pobres significan en la Obra lo que han significado siempre para los cristianos: cada uno, como cualquier otra persona, vale toda la sangre de Cristo. Numéricamente son muchos más que los ricos, como pasa en la sociedad civil y en la Iglesia. Fue precisamente entre los pobres y enfermos más abandonados de Madrid donde nació la Obra. Hay muchas iniciativas de promoción social puestas en marcha por fieles del Opus Dei, desde dispensarios y hospitales (como Monkole, en Kinshasa) hasta escuelas de formación profesional.

 

Entrevista de Manuel ROBLES, La Razón, 5.X.02

 

 

EL SENTIDO DE LA CANONIZACIÓN

 

La canonización es el acto mediante el cual el Papa incluye el nombre de un Siervo de Dios en el catálogo de los Santos y establece que en toda la Iglesia sea devotamente honrado.

 

En honor de la Santísima Trinidad, para exaltación de la fe católica y crecimiento de la vida cristiana, con la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo y la Nuestra, después de haber reflexionado largamente, invocado muchas veces la ayuda divina y oído el parecer de numerosos hermanos en el episcopado, declaramos y definimos Santo al Beato N., y lo inscribimos en el Catálogo de los Santos, y establecemos que en toda la Iglesia sea devotamente honrado entre los Santos. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén (Fórmula de canonización por la que el Romano Pontífice proclama un nuevo Santo).

Para la gloria de Dios

La canonización es el acto mediante el cual el Papa incluye el nombre de un Siervo de Dios en el catálogo de los Santos y establece que en toda la Iglesia sea devotamente honrado. El Romano Pontífice llega a esta decisión después de haber escuchado un coro de voces: la voz del pueblo de Dios del conjunto de los creyentes-, que atribuye fama de santidad o de martirio a ese candidato a los altares; la voz de las pruebas recogidas en un procedimiento judicial, que muestran su heroísmo en la práctica de las virtudes o su aceptación del martirio por la fe; la voz de los Obispos; y la voz de Dios, que da su asentimiento a la canonización mediante un milagro realizado por la intercesión de su Siervo.

¿Cuál es el fin de una canonización? La respuesta se encuentra en la misma fórmula que emplea el Papa para proclamar a un Santo: "En honor de la Santísima Trinidad, para exaltación de la fe católica y crecimiento de la vida cristiana". Estas pocas palabras expresan de manera completa el sentido de una canonización. Toda la creación, y de manera eminente el hombre, mira a dar gloria a Dios. Como dice San Ireneo, "gloria de Dios es el hombre vivo"; pero se puede añadir que el hombre da gloria a Dios no sólo porque vive, sino también y sobre todo, porque hace realidad en su existencia el proyecto que el Señor ha trazado para él.

Por eso, en la vida de la Iglesia desde sus comienzos, aparece como una constante el reconocimiento público de la santidad de los mártires o de quienes han practicado las virtudes de manera heroica y gozan de esa fama entre los fieles. Al proclamarles Beatos, y más tarde Santos, la Iglesia eleva su acción de gracias a Dios a la vez que honra a esos hijos suyos que han sabido corresponder generosamente a la gracia divina y les propone como intercesores y como ejemplo de la santidad a la que todos estamos llamados. Las beatificaciones y canonizaciones tienen siempre como finalidad la gloria de Dios y el bien de las almas.

Una meta: la santidad

Dios Padre, dice San Pablo a los Efesios, "nos ha elegido en Él (en Cristo) antes de la creación del mundo, para que seamos santos y sin mancha en su presencia, por el amor" (Ef 1, 4-5). Alcanzar esa plenitud es el fin último y el principio unificador de toda la existencia humana. Lo expresa San Agustín con palabras que se han hecho célebres: "Nos has hecho para ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta hallar reposo en ti".

Que los hombres están llamados a la santidad era algo evidente para los primeros cristianos. Por eso, cuando San Pablo habla de los "santos" en sus cartas, se está refiriendo a los "cristianos". Así lo recordaba San Josemaría: ""Saludad a todos los santos. Todos los santos os saludan. A todos los santos que viven en Efeso. A todos los santos en Cristo Jesús, que están en Filipos." -¿Verdad que es conmovedor ese apelativo -¡santos!- que empleaban los primeros fieles cristianos para denominarse entre sí?" (Camino, 469).

Al canonizar a un fiel, la Iglesia reafirma que esta meta no es una quimera, un ideal maravilloso pero inalcanzable, sino algo accesible a todos. Ser santo -o, mejor, buscar la santidad- es tratar en todo momento de ajustarse al proyecto que Dios ha querido para cada uno de nosotros y responder con generosidad a los impulsos de la gracia, abandonándonos filialmente en las manos de Dios Padre.

Los santos, con sus vidas, nos muestran cómo se puede hacer realidad en nuestras circunstancias concretas la identificación personal con Jesucristo. "Hacen falta testigos que sepan trasvasar la verdad perenne del Evangelio a su propia existencia y, a la vez, hagan de ella un instrumento de salvación de sus hermanos y hermanas" (Juan Pablo II).

El Señor eligió y bendijo con innumerables dones a San Josemaría Escrivá precisamente para que proclamara con su vida y su predicación esta verdad en el mundo contemporáneo: que es posible alcanzar la unión con Cristo en el desempeño del trabajo profesional y de las demás actividades ordinarias; que Dios llama a la gente corriente -a las mujeres y a los hombres de la calle- a seguir de cerca a Cristo, encarnando plenamente en sus vidas la fe cristiana. Con palabras del Fundador del Opus Dei, el cristiano, por el bautismo y la gracia, "debe ser alter Christus, ipse Christus" -otro Cristo, el mismo Cristo-, que hace presente al Señor entre sus hermanos los hombres.

El 2 de octubre de 1928, fiesta de los Santos Ángeles Custodios, Dios le hizo ver el Opus Dei, con la misión precisa de "contribuir a que esos cristianos, insertos en el tejido de la sociedad civil -con su familia, sus amistades, su trabajo profesional, sus aspiraciones nobles-, comprendan que su vida, tal y como es, puede ser ocasión de un encuentro con Cristo: es decir, que es un camino de santidad y de apostolado. Cristo está presente en cualquier tarea humana honesta: la vida de un cristiano corriente -que quizá a alguno parezca vulgar y mezquina- puede y debe ser una vida santa y santificante" (Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer, 60).

Dios no ha dejado nunca de suscitar en su Iglesia ejemplos de santidad. Ante el maravilloso panorama del Tercer Milenio, la tarea del cristiano corriente se presenta llena de esperanza: de él depende la nueva evangelización de la ciencia, de la economía y del comercio, de las leyes y de la familia. Un cometido -llevar a Dios los afanes de todos los hombres- aparentemente fuera de nuestras posibilidades, pero que es realizable porque Dios lo quiere y contamos con su gracia; y para el que nos ofrece la ayuda y el ejemplo de los santos: personas de todos los tiempos y condiciones que han sabido responder que sí a Dios.

"Piensa en lo que dice el Espíritu Santo, y llénate de pasmo y de agradecimiento: "elegit nos ante mundi constitutionem" -nos ha elegido, antes de crear el mundo, "ut essemus sancti in conspectu eius!" -para que seamos santos en su presencia.

-Ser santo no es fácil, pero tampoco es difícil. Ser santo es ser buen cristiano: parecerse a Cristo. -El que más se parece a Cristo, ése es más cristiano, más de Cristo, más santo.

-Y ¿qué medios tenemos? -Los mismos que los primeros fieles, que vieron a Jesús, o lo entrevieron a través de los relatos de los Apóstoles o de los Evangelistas" (Forja, 10).

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Muchas de las ideas de este artículo se han tomado de la conferencia "¿Por qué la Iglesia canoniza hoy?", del Card. José Saraiva Martins, Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, pronunciada en Sevilla el 8-IV-2002.

 

DATOS Y CIFRAS DE LA CANONIZACIÓN DEL FUNDADOR DEL OPUS DEI

El 6 de octubre estará en la Plaza de san Pedro un sacerdote de Filipinas de 99 años. En la ceremonia participarán 37 coros. Los grupos de peregrinos provienen de 84 países. La canonización será retransmitida en directo por 29 emisoras televisivas de los 5 continentes. Presentamos algunos datos y cifras de la canonización.

Canonizaciones de Juan Pablo II

La canonización de Josemaría Escrivá será la número 468 proclamada por Juan Pablo II. Las últimas han sido las de los santos Juan Diego Cuauhtlatoatzin (Ciudad del México, 31 de julio de 2002), Pedro de San José de Betancur (Ciudad de Guatemala, 30 de julio de 2002) y Padre Pío de Pietrelcina (Roma, 16 de junio de 2002). Desde la institución de la Congregación para las Causas de los Santos (inicialmente conocida como "Ritos"), en 1588, hasta el inicio del pontificado de Juan Pablo II, los santos eran 296. Durante su pontificado, Juan Pablo II ha canonizado 467 santos, de los que 400 son mártires.

Participantes

A fecha de hoy, el Comité Organizador estima una participación de entre 230.000 y 250.000 personas. Los asistentes a la canonización de Josemaría Escrivá vienen individualmente o con grupos organizados por parroquias, centros de enseñanza y otros grupos.

Países

Según datos del Comité, los grupos de peregrinos provienen de 84 países. Un tercio son italianos, un tercio del resto de Europa y otro tercio de los otros continentes. Los grupos más numerosos proceden, además de Italia, de los siguientes países: España, Francia, Estados Unidos, México, Alemania, Brasil, Polonia y Filipinas.

Jóvenes y voluntarios

El 40% de los participantes son jóvenes que se alojarán en campings, polideportivos, parroquias y otros locales de Roma y periferia. Además, 1.850 voluntarios (500 romanos) están colaborando con la Protección Civil, el Ayuntamiento de Roma y las fuerzas del orden público. Los voluntarios contribuirán a acoger a los peregrinos en los puntos de mayor afluencia: aeropuertos de Fiumicino y Ciampino, estación ferroviaria de Termini, puerto de Civitavecchia, plaza de San Pedro, basílica de San Eugenio, etc. Entre sus tareas principales se incluyen la atención de las personas enfermas, la colaboración con el servicio médico, el control del flujo de personas, la colaboración en la limpieza y la recolocación de las sillas en la plaza de San Pedro, la presencia en los puntos informativos y la atención del teléfono de asistencia (06.6816.4477).

Ancianos

Uno de los peregrinos más ancianos es el Padre Quirino Glorioso, de 99 años, sacerdote de la diócesis de Laguna (Filipinas). Don Quirino explica que sus antiguos parroquianos, conscientes de su devoción al nuevo santo, han hecho una colecta para sufragar su viaje: "No había venido nunca Roma y estoy muy contento de ver cumplido mi deseo de ver al Papa y de asistir a la canonización de Josemaría Escrivá". Y añade: "Josemaría tiene 100 años y ya es santo; yo tengo noventa y nueve años y todavía así…". En el presbiterio también estará presente el cardenal de mayor edad, el jesuita Adam Kozlowiecki, nacido en Polonia en 1911 y que reside actualmente en Zambia.

Teresa Funes, de 82 años, recorrerà 1.800 kilómetros en furgoneta para llegar a Roma desde la población rural de Baza (España). "Yo tenía muchísimas ganas de estar en la canonización, pero no decía nada", señala. Sus hijos le dieron la sorpresa y organizaron una ruta en furgoneta, por etapas. "En la furgoneta puedo seguir el consejo que me han dado los médicos para este viaje: mover los dedos de los pies, parar cada hora y media o dos, para dar un paseico, para que el corazón y las piernas me respondan bien...".

Participantes de otras religiones

En 1950, a petición de Josemaría Escrivá, la Santa Sede aprobó que también los no católicos pudieran ser admitidos como cooperadores del Opus Dei. Desde aquel momento han colaborado en las actividades de la Prelatura numerosos cristianos de otras confesiones, así como personas pertenecientes a otras religiones. En la plaza habrá una signifivativa representación. En la canonización participarán, entre otros: Hinrich Bues, pastor protestante de Hamburgo (Alemania); el poeta ruso Alik Zorin junto con un grupo de ortodoxos provenientes de Rusia; el señor Tapio Aho-Kallio, profesor de religión luterana en una escuela de Helsinki (Finlandia) y otros luteranos venidos en un viaje organizado desde Suecia y Noruega; el pintor chino Gary Chu; un matrimonio anglicano de Nigeria (el señor Gbenro Adegbola y la señora Funso Adegbola), etc.

Bienvenidos a casa

Es el programa de acogida a quienes no pueden hacer frente con los gastos de alojamiento. Unas 950 familias romanas ofrecerán sus casas a esos peregrinos. Además, más de 12.000 participantes serán acogidos en parroquias y escuelas de Roma y la región del Lazio.

Coros

1.200 voces pertenecientes a 37 coros cantarán durante las ceremonias litúrgicas del 6 y 7 de octubre. Junto al coro de la Capilla Sixtina, vienen otros procedentes de parroquias, asociaciones y centros educativos de los siguientes países: Suecia, Guatemala, Canadá, China, España, Filipinas, Costa de Marfil, México, Polonia, Japón, Kenia, Líbano, Perú, Irlanda y Portugal. Entre los coros italianos participan el coro ‘Virgo Fidelis’ del cuerpo de Carabinieri, el coro romano ‘Cantores in Laetitia’, la coral de la Libera Università Campus Biomedico, las corales ‘Canticorum Jubilo’ y ‘Concentus Larii’ (Como). Algunos de los solistas participantes son la soprano mexicana María Eugenia Mendoza, la soprano portuguesa Conceiçao Galante, y los tenores Daniel Madigan (Australia), Ignacio Esteban (España) e Igor Glushkov (Kazakistan).

Enfermos

En las primeras filas de la plaza se han reservado 450 puestos para enfermos con silla de ruedas. Por otra parte, por consejo de la organización, muchas de las personas ancianas traerán una pequeña silla plegable para las ceremonias.

Traducciones

La canonización y la misa de acción de gracias del día 7 serán traducidas simultáneamente en lenguaje de signos para los peregrinos sordos que estarán en la plaza. Además, las ceremonias también serán traducidas simultáneamente al francés, inglés, polaco, portugués, español y alemán en diversas frecuencias de FM de la Radio Vaticana. Se ha aconsejado a los participantes traer consigo un transistor.

Retransmisiones

Gracias a la coproducción del Centro Televisivo Vaticano y la RAI, la ceremonia será transmitida en directo por 29 emisoras televisivas de los cinco continentes.

Los peregrinos podrán seguir mejor la ceremonia gracias a 9 pantallas gigantes distribuidas en la Plaza de Pío XII y en la Via della Conciliazione.

Como es usual en este tipo de eventos, la ceremonia de canonización se trasmitió en directo vía internet, en el website www.vatican.va.

Concelebrantes, autoridades e invitados

Junto al Papa han concelebrado otras 42 personas entre cardenales, arzobispos, obispos y sacerdotes. Entre ellos, el card. José Saraiva Martins (prefecto de la Congregación para la Causa de los Santos), así como los cardenales Antonio María Rouco Varela, arzobispo de Madrid (diócesis donde vivió el nuevo santo hasta su traslado a Roma y donde tuvo lugar la fundación del Opus Dei en 1928), Sodano, Ruini, Meissner, Etchegaray. Además, estaban también presentes mons. Omella (obispo de Barbastro, ciudad de nacimiento de san Josemaría), y mons. Javier Echevarría (prelado del Opus Dei).

A la izquierda del altar papal se encontraban las autoridades eclesiásticas, más de 400 entre cardenales, arzobispos y obispos. Muchos de ellos han venido a Roma acompañando peregrinajes de sus propios países. Cabe destacar la presencia de 50 obispos africanos, 53 españoles y 55 italianos. Entre los otros obispos se encontraban mons. Kondrusievic, de Moscú, arzobispos maronitas y un obispo caldeo del Líbano y dos obispos de Cuba. También había representantes de diversas realidades eclesiales como mons. Camisasca, Kiko Argüello, Carmen Hernández y Andrea Riccardi. Entre los superiores de órdenes religiosas estuvieron presentes, entre otros, representantes de los Frailes Menores Conventuales, de los Mercedarios, de las Siervas de Jesús de la Caridad, de las Brigidinas, de la Institución Teresiana, etc.

La delegación italiana, presidida por el vice presidente del Consejo de Ministros, Gianfranco Fini, estaba formada, entre otros, por Pierferdinando Casini (presidente del Congreso) y el ministro del Interior, Giuseppe Pisanu. También se encontraban el presidente de la región del Lazio (Francesco Storace), el presidente de la provincia de Roma (Silvano Moffa) y el alcalde de Roma (Walter Veltroni). Otras personalides italianas eran Francesco Rutelli, Massimo D’Alema, Cesare Salvi, Domenico Volpini, Luigi Angeletti (UIL) y Albino Gorini (FISBA-CISL).

La delegación oficial de España, presidida por Ana de Palacio (ministra de Asuntos Exteriores), contaba también con la presencia del ministro de Justicia, el presidente de Navarra y el alcalde de Barbastro. Otras personalidades presentes eran Mama Ngina Kenyatta y Lech Walesa. Finalmente, cabe destacar la asistencia de diversas personalides del mundo del deporte y de la cultura como Angela Palermo de Lazzari (presidente internacional de la Liga de amas de casa), o Rosalina Tuyuc (activista de los derechos humanos de Guatemala), entre otros.

El doctor Nevado

En primera fila se encontraba el doctor Manuel Nevado Rey, médico cirujano, curado milagrosamente en 1992 de una radiodermitis crónica, gracias a la intercesión de Josemaría Escrivá. El suyo ha sido el milagro estudiado para la canonización. Nevado Rey ha acudido a Roma junto con un grupo de familiares y amigos de Almendralejo (Badajoz, España).

El doctor Nevado ha dicho esta mañana que "aunque ya le había agradecido mi curación en numerosas ocasiones a san Josemaría, hoy he renovado ese agradecimiento. Y le he hecho dos peticiones más: que me ayude a ser cada día más bueno, y que ayude a la gente del Opus Dei a seguir estando entregados. Que cada vez sean más buenos y más numerosos, y que lleven el mensaje de Jesús a los últimos confines de la tierra.

"Hoy, en la Plaza de san Pedro, me he preguntado: ¿Por qué a mí? Yo soy un hombre desconocido, un privilegiado de san Josemaría, ese hombre universal, que ha hecho una obra inmensa. ¿Por qué, entonces, a mí? Yo soy un entusiasta del trabajo, que había adquirido una enfermedad por causa de su oficio. Y como la Obra pretende la santificación del hombre a través del trabajo diario, quizá con mi curación haya querido insistir en que ése es el camino que agrada a Dios".

Comunión

1.040 sacerdotes han distribuido la Comunión en la plaza de San Pedro, plaza Pío XII y Via della Conciliazione.

Flores

La escalinata de San Pedro ha sido adornada con una alfombra de flores llegadas desde Ecuador y donadas por un devoto del nuevo santo, José Ricardo Dávalos, floricultor de profesión. El Ecuador es uno de los mayores países exportadores de flores en el mundo. De este país han llegado un total de 45.000 flores. La decoración lateral del altar y del ambón es un donativo de la cooperativa "Il Camino" de San Remo. La cooperativa italiana ha colaborado con 7.000 rosas, claveles y anturios. Junto a otras 25 personas, el empresario alemán Jürgen Kluempen se ha unido a esta iniciativa y, además de participar en la oferta, se ha responsabilizado del traslado de las flores desde Amsterdam a Roma. Por otra parte, de Australia se han traído 200 waratahs-flores autóctonas de color rojo-para acompañar las reliquias de Josemaría Escrivá durante los días en los que éstas estarán expuestas para la veneración de los fieles en la basílica de San Eugenio.

La casulla del Papa

Los ornamentos y vasos sagrados utilizados por el Papa se han realizado en los Talleres de Arte Granda, en España. La casulla del Papa ha sido confeccionada a mano para la ocasión, con tela procedente de Nueva Delhi (India).

Comidas

Según el Comité organizador, 55.000 peregrinos han encargado bolsas de comida para consumir en las inmediaciones de la plaza de San Pedro. Cada bolsa contiene dos bocadillos, una bebida, una fruta y un dulce para celebrar. Para reducir los costes de las bolsas de comida, la empresa "Fiorucci" ha regalado 30.000 lonjas de jamón; la "Interpan" de Terni, 35.000 bocadillos; la "Ferrero", 15.000 dulces "Snack and drink", y la "Peroni", 40.000 cervezas en lata.

Muelle san Josemaría en Civitavecchia

Hoy, a las 18.00, se dedicará un muelle a San Josemaría Escrivá en el puerto de Civitavecchia, donde han llegado más de 10.000 participantes a la canonización desde diversas ciudades del Mediterráneo. Primero, tendra lugar una ceremonia oficial y después un festival internacional con la participación de los pasajeros de las naves venidas a la canonización.

Proyecto Harambee 2002

"Toda canonización es un don, un motivo de alegría, un regalo que invita a la gratitud. Como expresión tangible de estos sentimientos ha nacido el Proyecto Harambee 2002: un fondo de pequeños donativos de los participantes en la canonización para financiar proyectos educativos en África". Umberto Farri, presidente del Comité Organizador de la Canonización, ha descrito con estas palabras el motivo que ha reunido a 2000 personas en el Auditorio de Santa Cecilia, en Roma, la noche del 4 de octubre de 2002. Entre otras autoridades estaban presentes el alcalde de Roma, Walter Veltroni, y la presidenta honoraria del Proyecto Harambee 2002, Mama Ngina Kenyatta, viuda de Jomo Kenyatta, primer Presidente de Kenia tras la independencia del país.

El acto ha consistido en una velada musical con intervenciones de coros procedentes de varios países. Además, intercalados entre las actuaciones musicales, se han sucedido diversos testimonios personales y algunas proyecciones de imágenes filmadas con palabras del nuevo santo. Una de las actuaciones más aplaudidas ha sido la de un coro de Abidjan (Costa de Marfil). También ha recibido una calurosa ovación "Lailatal Milad", una canción tradicional de paz que describe los gestos cotidianos en que se vive el mensaje de la Encarnación del Hijo de Dios y que ha sido interpretada, por sorpresa y fuera de programa, por dos chicas árabes: Rose Barghouht, de Nazaret, y Ayline Kidess, de Tel Aviv-Haifa.

Margaret Ogola, médico y escritora de Nairobi (Kenia), ha explicado qué significa en Kenia la palabra harambee: "todos a una", ya sea para afrontar un problema, para construir una casa o para ayudar a quien se encuentra en necesidad. Cada uno ofrece su aportación, pero en realidad todos dan y todos reciben. "Los africanos estamos llamados a ser los protagonistas de nuestro desarrollo. África saldrá adelante con la ayuda, en primer lugar, de los propios africanos, y luego de tantas otras personas de todo el mundo. Por eso hemos pensado en poner en marcha el Proyecto Harambee 2002 con ocasión de la fiesta de Josemaría Escrivá, que se hizo africano con los africanos y fue maestro y educador de mujeres y hombres de todas las razas y colores".

"La educación es la clave del desarrollo", ha declarado Léon Tshilolo, médico, director sanitario de un hospital en Kinshasa (República Democrática del Congo). "Hemos decidido destinar los fondos recogidos con Harambee 2002 a la financiación de proyectos educativos en toda África. Los distribuiremos por medio de un concurso cuyas bases están al alcance del público en internet y que va a estar abierto a todas las organizaciones africanas que trabajan en el campo de la educación, con especial atención a la promoción de la mujer".

"Soy abogado y me dedico especialmente a la promoción de los derechos de la mujer en mi país, Nigeria", ha dicho Anayo Offiah. "Muchas veces la mujer no tiene las mismas oportunidades que el hombre, y sin embargo sobre ella recaen las mayores responsabilidades".

Frankie Gikandi y Peris Wanjiku Kamau trabajan en el Outreach Programme de la escuela Kimlea (Kenia), el proyecto piloto de Harambee 2002, y han hablado de la vida de las mujeres que recogen té y café en las plantaciones de la zona en que la escuela está situada. Han testimoniado cómo el encuentro con los escritos de Josemaría Escrivá de Balaguer les ha dado una visión positiva de la vida y ha hecho nacer en ellas el deseo de contribuir a mejorar las condiciones de las familias que viven alrededor de las plantaciones.

"Todos somos responsables de nuestro futuro", ha afirmado Léon Tshilolo. "Pero quisiera dar las gracias especialmente a una persona que tantas veces nos ha exhortado, con palabras y sobre todo con hechos, a dar gratis lo que gratis hemos recibido. Me refiero a Juan Pablo II, a quien todos en África sentimos muy cercano a nuestros problemas y a nuestro trabajo".

Al término de la velada, Mama Ngina Kenyatta ha dirigido a todos en swahili -con traducción simultánea de su hija- unas emocionadas palabras de gratitud. A continuación, todos los cantantes que habían intervenido en el acto han vuelto a subir al escenario para cantar juntos Harambee: de nuevo todos a una, desde Japón hasta México, desde Gran Bretaña hasta Indonesia, al ritmo irrefrenable de los coros y los bailes africanos.

Sebastiano Rendina y Teresa Pascarelli, director y presentadora de la velada, no han ocultado la emoción que han experimentado en las fases de preparación, acogida y ensayos, entre las notas y los colores de los protagonistas.

El Proyecto Harambee 2002 ha obtenido la entusiasta adhesión de muchas personas de distintas partes del mundo. En apoyo del fondo de solidaridad para la educación en África ha acudido en primer lugar Intesa BCI, líder entre las muchas empresas que han intervenido ya con generosas aportaciones.

 

CRONOLOGÍA DE LA CAUSA DE CANONIZACIÓN DEL FUNDADOR DEL OPUS DEI

 


1975-1980: Desde la muerte de Mons. Escrivá de Balaguer, acaecida el 26 de junio de 1975, la Postulación de la Causa recibe un gran número de testimonios en los que personas de diversos países recogen los recuerdos del trato que tuvieron con Josemaría Escrivá. También comienzan a llegar miles de narraciones de favores atribuidos a su intercesión, que ponen de manifiesto la extensión de la devoción privada a Josemaría Escrivá..

1980: En conformidad con el plazo establecido por las normas de la Congregación para las Causas de los Santos, al cumplirse el quinto aniversario de la muerte de Mons. Escrivá, la Postulación solicita la introducción de la causa de Beatificación y Canonización. La petición se presenta en el Vicariato de Roma, donde correspondía hacerlo por haber fallecido Mons. Escrivá en esa ciudad.

1981: El 30 de enero, la Congregación para las Causas de los Santos, tras un detenido estudio de la documentación que le ha presentado el Vicariato de Roma, da el Nihil obstat para que el Cardenal Vicario promulgue el Decreto de introducción de la causa. El 5 de febrero, el Papa ratifica la decisión de la Congregación, y el 19 de febrero, el Card. Poletti, Vicario de Roma, publica el correspondiente Decreto.

El 14 de marzo, la Congregación da su conformidad para que, además del Tribunal que se constituirá en el Vicariato de Roma, el Arzobispo de Madrid erija otro para recibir las declaraciones de los testigos que residen en España o prefieran testificar en español.

El 12 de mayo tiene lugar en Roma la apertura del proceso romano sobre la vida y virtudes del Siervo de Dios. El 18 de mayo se abre en Madrid, bajo la presidencia del Card. Enrique y Tarancón, el proceso que ha de llevar a cabo el Tribunal constituido en esta diócesis.

1982: El 21 de enero, el Card. Enrique y Tarancón preside la constitución de otro Tribunal que instruirá un proceso para estudiar una presunta curación milagrosa y su atribución a la intercesión del Siervo de Dios. El hecho ocurrió en 1976, en la persona de una religiosa que estaba enferma de cáncer en fase terminal y recuperó la salud repentinamente. El 3 de abril, también con la presidencia del Arzobispo de Madrid, se clausura este proceso, y la copia auténtica de sus actas se envía a la Congregación para las Causas de los Santos.

1984: El 26 de junio, Mons. Angel Suquía, nuevo Arzobispo de Madrid, preside la última sesión del proceso madrileño sobre la vida y virtudes del Siervo de Dios. Una copia completa y auténtica de las actas se entrega a la Congregación para las Causas de los Santos.

El 20 de noviembre, la Congregación para las Causas de los Santos, en su Congreso Ordinario, decreta la validez del proceso del milagro.

1986: El 8 de noviembre se concluye, con la presidencia del Cardenal Vicario de Roma, el proceso romano sobre la vida y virtudes del Siervo de Dios. La Postulación comienza la elaboración de la Positio, el conjunto de documentos que han de presentarse al examen de la Congregación para las Causas de los Santos. En la Positio se recogen las pruebas obtenidas en los dos procesos –de Roma y Madrid, respectivamente–, se realiza un estudio crítico sobre la heroicidad de las virtudes del Siervo de Dios y se añade abundante documentación complementaria. La Postulación hace este trabajo bajo la dirección del P. Ambrogio Eszer, O.P., Relator de la Congregación para las Causas de los Santos.

1987: El 3 de abril, el Congreso Ordinario de la Congregación para las Causas de los Santos da el Decreto de Validez de los dos procesos instruidos sobre la heroicidad de virtudes del Siervo de Dios (el de Roma y el de Madrid); es decir, declara que los considera hechos conforme a derecho.

1988: En junio se termina la elaboración de la Positio sobre la vida y virtudes del Siervo de Dios. El documento, que abarca cuatro volúmenes con un total de 6.000 páginas, se entrega a la Congregación para las Causas de los Santos para su estudio definitivo.

1989: El 19 de septiembre, la Positio obtiene el voto afirmativo del Congreso de Consultores de la Congregación

1990: El 20 de marzo vota también afirmativamente sobre la Positio la Congregación Ordinaria de Cardenales y Obispos. El 9 de abril, el Papa ordena que se publique el Decreto sobre las virtudes heroicas del Siervo de Dios. Una vez promulgado este Decreto, la Postulación puede presentar a la Congregación la Positio del proceso sobre la curación presuntamente milagrosa que había sido instruido en Madrid.

El 30 de junio, la Consulta Médica de la Congregación concluye, en su informe técnico, que aquella curación no es explicable por causas naturales. El 14 de julio, el Congreso de Consultores Teólogos, tras examinar el caso, se pronuncia a favor del carácter milagroso de la curación y de su atribución a la intercesión del Siervo de Dios.

1991: El 18 de junio, la Congregación Ordinaria de Cardenales y Obispos examina la documentación sobre el presunto milagro y da su voto afirmativo. El 6 de julio, el Papa ordena que se extienda el Decreto en que se declara que esa curación es milagrosa. Cumplidos así todos los requisitos que establece la legislación sobre las causas de los Santos, el Papa decide proceder a la Beatificación.

1992: El 17 de mayo, en Roma, Juan Pablo II beatifica a Josemaría Escrivá de Balaguer.

1993: La Postulación de la Causa tiene noticia de la curación del Dr. Manuel Nevado Rey a través de una carta del 15 de marzo de 1993. Con la colaboración del interesado, se recogen documentos y se realiza un estudio exhaustivo de la enfermedad que había padecido el Dr. Nevado. Una vez alcanzada la certeza del carácter extraordinario de la curación, el 30 de diciembre la Postulación entrega al Obispo de Badajoz –diócesis del sur de España– la documentación recogida con la petición que se instruyera el correspondiente Proceso sobre el milagro.

1994: La investigación diocesana se lleva a cabo en la Curia episcopal de Badajoz desde el 12 de mayo al 4 de julio de 1994. Tras el envío a Roma de las actas procesales, el primer paso que se cumple en la Congregación para las Causas de los Santos es su estudio formal.

1996: La Congregación sanciona el 26 de abril de 1996, que el Proceso se había realizado en el pleno respeto de las normas y de la praxis jurídica vigentes (decreto de validez).

1997: Con fecha 10 de julio de 1997, la Consulta médica de la Congregación para las Causas de los Santos afirma, por unanimidad, que la curación del Dr. Nevado de "cancerización de radiodermitis crónica grave en su 3º estadio, en fase de irreversibilidad" fue "muy rápida, completa y duradera; científicamente inexplicable".

1998: El 9 de enero de 1998, los Consultores Teólogos de la Congregación, llamados a pronunciarse sobre el carácter preternatural de esa curación y sobre la relación causal entre la invocación del Beato Josemaría Escrivá de Balaguer y la desaparición de la enfermedad, lo hacen con voto positivo unánime.

2001: Con fecha 21 de septiembre, la Congregación Ordinaria de Cardenales y Obispos miembros de la Congregación, confirma unánimemente el carácter milagroso de la curación del Dr. Nevado y su atribución al Beato Josemaría Escrivá. La lectura del relativo decreto sobre el milagro tiene lugar el día 20 de diciembre, ante el Papa.

2002: El 26 de febrero, el Papa preside un Consistorio Ordinario Público de Cardenales para aprobar las canonizaciones de varios beatos. Entre ellas figura la de Josemaría Escrivá, que queda fijada para el 6 de octubre de 2002.

 

PALABRAS DEL CARDENAL RATZINGER SOBRE EL FUNDADOR DEL OPUS DEI

Dejar obrar a Dios
Por JOSEPH CARD. RATZINGER

Siempre me ha llamado la atención el sentido que Josemaría Escrivá daba al nombre Opus Dei; una interpretación que podríamos llamar biográfica y que permite entender al fundador en su fisonomía espiritual. Escrivá sabía que debía fundar algo, y a la vez estaba convencido de que ese algo no era obra suya: él no había inventado nada: sencillamente el Señor se había servido de él y, en consecuencia, aquello no era su obra, sino la Obra de Dios. Él era solamente un instrumento a través del cual Dios había actuado.

Al considerar esta actitud me vienen a la mente las palabras del Señor recogidas en el evangelio de San Juan 5,17: «Mi Padre obra siempre». Son palabras expresadas por Jesús en el curso de una discusión con algunos especialistas de la religión que no querían reconocer que Dios puede trabajar en el día del sábado. Un debate todavía abierto y actual, en cierto modo, entre los hombres -también cristianos- de nuestro tiempo. Algunos piensan que Dios, después de la creación, se ha «retirado» y ya no muestra interés alguno por nuestros asuntos de cada día. Según este modo de pensar, Dios no podría intervenir en el tejido de nuestra vida cotidiana; sin embargo, en las palabras de Jesucristo encontramos la respuesta contraria. Un hombre abierto a la presencia de Dios se da cuenta de que Dios obra siempre y de que también actúa hoy; por eso debemos dejarle entrar y facilitarle que obre en nosotros. Es así como nacen las cosas que abren el futuro y renuevan la humanidad.

Todo esto nos ayuda a comprender por qué Josemaría Escrivá no se consideraba «fundador» de nada, y por qué se veía solamente como un hombre que quiere cumplir una voluntad de Dios, secundar esa acción, la obra -en efecto- de Dios. En este sentido, constituye para mí un mensaje de gran importancia el teocentrismo de Escrivá de Balaguer: está en coherencia con las palabras de Jesús esa confianza en que Dios no se ha retirado del mundo, porque está actuando constantemente, y en que a nosotros nos corresponde solamente ponernos a su disposición, estar disponibles, siendo capaces de responder a su llamada. Es un mensaje que ayuda también a superar lo que puede considerarse como la gran tentación de nuestro tiempo: la pretensión de pensar que después del big bang, Dios se ha retirado de la historia. La acción de Dios no «se ha parado» en el momento del big bang, sino que continúa en el curso del tiempo, tanto en el mundo de la naturaleza como en el de los hombres.

El fundador de la Obra decía: «Yo no he inventado nada, es Otro quien lo ha hecho todo. Yo he procurado estar disponible y servirle como instrumento». Esta palabra, y toda la realidad que llamamos Opus Dei, está profundamente ensamblada con la vida interior del Fundador, que aún procurando ser muy discreto en este punto, da a entender que permanecía en diálogo constante, en contacto real con Aquel que nos ha creado y obra por nosotros y con nosotros. De Moisés se dice en el libro del Éxodo (33,11) que Dios hablaba con él «cara a cara, como un amigo habla con un amigo». Me parece que, si bien el velo de la discreción esconde algunas pequeñas señales, hay fundamento suficiente para poder aplicar muy bien a Josemaría Escrivá eso de «hablar como un amigo habla con un amigo», que abre las puertas del mundo para que Dios pueda hacerse presente, obrar y transformar todo.

En esta perspectiva se comprende mejor qué significa santidad y vocación universal a la santidad. Conociendo un poco la historia de los santos, sabiendo que en los procesos de canonización se busca la virtud «heroica» podemos tener, casi inevitablemente, un concepto equivocado de la santidad porque tendemos a pensar: «Esto no es para mí». «Yo no me siento capaz de realizar virtudes heroicas». «Es un ideal demasiado alto para mí». En ese caso la santidad estaría reservada para algunos «grandes» de quienes vemos sus imágenes en los altares y que son muy diferentes a nosotros, pecadores normales. Tendríamos una idea totalmente equivocada de la santidad, una concepción errónea que ya fue corregida -y esto me parece un punto central- por el propio Josemaría Escrivá.

Virtud heroica no quiere decir que el santo sea una especie de «gimnasta» de la santidad, que realiza unos ejercicios inasequibles para llevarlos a cabo las personas normales. Quiere decir, por el contrario, que en la vida de un hombre se revela la presencia de Dios, y queda más patente todo lo que el hombre no es capaz de hacer por sí mismo. Quizá, en el fondo, se trate de una cuestión terminológica, porque el adjetivo «heroico» ha sido con frecuencia mal interpretado. Virtud heroica no significa exactamente que uno hace cosas grandes por sí mismo, sino que en su vida aparecen realidades que no ha hecho él, porque él sólo ha estado disponible para dejar que Dios actuara. Con otras palabras, ser santo no es otra cosa que hablar con Dios como un amigo habla con el amigo. Esto es la santidad.

Ser santo no comporta ser superior a los demás; por el contrario, el santo puede ser muy débil, y contar con numerosos errores en su vida. La santidad es el contacto profundo con Dios: es hacerse amigo de Dios, dejar obrar al Otro, el Único que puede hacer realmente que este mundo sea bueno y feliz. Cuando Josemaría Escrivá habla de que todos los hombres estamos llamados a ser santos, me parece que en el fondo está refiriéndose a su personal experiencia, porque nunca hizo por sí mismo cosas increíbles, sino que se limitó a dejar obrar a Dios. Y por eso ha nacido una gran renovación, una fuerza de bien en el mundo, aunque permanezcan presentes todas las debilidades humanas. Verdaderamente todos somos capaces, todos estamos llamados a abrirnos a esa amistad con Dios, a no soltarnos de sus manos, a no cansarnos de volver y retornar al Señor hablando con Él como se habla con un amigo sabiendo, con certeza, que el Señor es el verdadero amigo de todos, también de todos los que no son capaces de hacer por sí mismos cosas grandes.

Por todo esto he comprendido mejor la fisonomía del Opus Dei: la fuerte trabazón que existe entre una absoluta fidelidad a la gran tradición de la Iglesia, a su fe, con desarmante simplicidad, y la apertura incondicionada a todos los desafíos de este mundo, sea en el ámbito académico, en el del trabajo ordinario, en la economía, etc. Quien tiene esta vinculación con Dios, quien mantiene un coloquio ininterrumpido con Él, puede atreverse a responder a nuevos desafíos, y no tiene miedo; porque quien está en las manos de Dios, cae siempre en las manos de Dios. Es así como desaparece el miedo y nace el coraje de responder a los retos del mundo de hoy.

L'Osservatore Romano, 6.X.02

 

Ser «obra de Dios», secreto de la santidad de Escrivá
Cardenal Joseph Ratzinger, prefecto de la Doctrina de la Fe, en la presentación de un libro sobre el futuro santo.

CIUDAD DEL VATICANO, 15 marzo 2002 (ZENIT.org).- El secreto de la santidad de Josemaría Escrivá de Balaguer, según el cardenal Joseph Ratzinger, está en su convicción de que no era más que un instrumento de Dios.

El prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe presentó en la tarde de este jueves, en Roma, el libro en italiano «Opus Dei - El mensaje, las obras, las personas» («Opus Dei- il messaggio, le opere, le persone», San Paolo, 2002) de Giuseppe Romano.

Según Ratzinger, el beato Escrivá «tenía la intención de fundar algo, pero siempre era consciente de que no era obra suya, de que no había inventado nada, simplemente el Señor Dios se sirvió de él. No era por tanto su obra, sino "Opus Dei". Él era sólo instrumento para que pudiera obrar Dios».

El cardenal alemán, que pronto cumplirá los 75 años, confesó que al leer el nuevo libro le impresionó la interpretación del nombre Opus Dei: «Una interpretación biográfica que permite comprender la fisonomía espiritual del beato Josemaría».

«Me vino a la mente --siguió confesando Ratzinger-- la misma palabra del Señor en la que dice "mi Padre actúa siempre". Lo dijo en una discusión con ciertos especialistas de la religión que no querían reconocer que Dios podría actuar en sábado».

«Un debate presente todavía entre los cristianos de nuestro tiempo --añadió--, según el cual, tras la creación, Dios se retiró. Según este modelo de pensamiento, Dios ya no podría entrar en el tejido de nuestra vida cotidiana».

Y sin embargo, reconoció el purpurado, «aquí tenemos la respuesta: el hombre que se abre a la presencia de Dios se da cuenta de que Dios actúa siempre. Es más, tenemos que dejarle entrar, dejarle actuar, así nacen las cosas que renuevan a la humanidad».

«Desde este punto de vista se entiende lo que quiere decir santidad y vocación común a la santidad --dijo el cardenal--. Virtud heroica quiere decir que en la vida del hombre se revela la presencia de Dios, es decir, se revela el hecho de que el hombre por sí solo no puede hacer nada».

«La santidad es ese contacto con Dios, hacerse amigo de Dios, para dejarlo actuar, el único que puede hacer realmente bueno al mundo y llenarlo de luz», afirmó.

Esta constatación, concluyó Ratzinger, lleva al cristiano a no tener miedo, «pues quien está en las manos de Dios cae siempre en sus brazo y de este modo nace la valentía para responder al mundo de hoy».

El encuentro concluyó con una intervención del autor, Giuseppe Romano, sobre el argumento, recordando que cuando alguien elogiaba en vida a Escrivá, éste respondía comparándose a un sobre de cartas.

En este sobre se puede ver el remitente, Dios, y el destinatario, los hombres. El mensaje del Opus Dei puede entenderse desde la perspectiva del sobre: «Cada uno de nosotros lleva algo dentro de sí y en el fondo no ha sido él quien ha escrito la dirección, ni quien ha pegado el sello, ni quien ha enviado la carta».

«La carta ha llegado a su destino, y la canonización del primer sobre podrá alentar a los demás, usuarios normales, a convertirse también en sobres santos», concluyó Romano.

 

CRÓNICA DE LA CANONIZACIÓN DEL FUNDADOR DEL OPUS DEI

 

Por Juan Vicente Boo, ABC, 6.X.2002

La urna con los restos mortales del beato Josemaría Escrivá de Balaguer fue trasladada ayer desde la iglesia prelaticia del Opus Dei a la basílica romana de San Eugenio, donde se formaron inmediatamente colas para rezar ante las reliquias. Mientras millares de peregrinos se arrodillaban silenciosamente en el templo, el órgano interpretaba como ligerísima música de fondo villancicos aragoneses, canciones de amor italianas y otras melodías que gustaban al nuevo santo. Por las calles de Roma se ven ya numerosos grupos de personas, sobre todo de Asia y de los países más lejanos, que han llegado para la ceremonia de canonización del domingo en la plaza de San Pedro.

 

Por Juan Vicente Boo, ABC, 6.X.2002

Más de un cuarto de millón de peregrinos procedentes de 84 países se encuentran en Roma. De ellos destaca la representación española, con 85.000 inscritos

Hoy tiene lugar en Roma la canonización más multitudinaria y más internacional de la historia. Aunque una tercera parte de más del cuarto de millón de peregrinos vienen de España, la asistencia masiva de fieles de 84 países a una canonización no tiene precedentes. Ayer, junto con el aire de fiesta, lo que más llamaba la atención era la internacionalidad de los «amigos de San Josemaría».

Juan Pablo II sorprendió ayer a sus colaboradores prolongando durante más de veinte minutos la audiencia privada a la ministra de Asuntos Exteriores, Ana Palacio, que preside la delegación española y recibió ayer en el Vati