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Roma, Plaza de San Pedro, 7 de octubre
Palabras de saludo del Prelado del Opus Dei:
Beatísimo Padre.
Hace diez años, en esta misma Plaza, mi inolvidable predecesor como prelado del Opus Dei, mons. Álvaro del Portillo, dirigía a la Santidad Vuestra unas sentidas palabras de agradecimiento tras la beatificación de Josemaría Escrivá. Hoy me corresponde a mí el honor inmerecido de manifestar la alegría y la gratitud de los millares de fieles y cooperadores de la Prelatura, y de los innumerables devotos de san Josemaría Escrivá que, en Roma y fuera de Roma, han participado con intenso júbilo en la ceremonia de canonización. Gracias, Santo Padre.
El solemne reconocimiento de la santidad de este siervo bueno y fiel, a quien Dios Nuestro Señor constituyó en heraldo de la llamada universal a la santidad y al apostolado en las circunstancias ordinarias de la vida, invita a todos los católicos a salir al encuentro de Dios en el cumplimiento de los propios deberes familiares, profesionales y sociales.
La canonización de Josemaría Escrivá es, sin duda alguna, un don para el mundo entero, porque siempre tendremos necesidad de intercesores ante el trono de Dios. Entraña un nuevo motivo de confianza especialmente para los fieles laicos, que ven reafirmada una vez más su excelsa vocación de hijos de Dios en Jesucristo, llamados a ser perfectos como el Padre celestial en las circunstancias ordinarias de la vida. Como ha escrito Vuestra Santidad en la Carta apostólica "Novo Millennio ineunte", «es el momento de proponer de nuevo a todos con convicción este "alto grado" de la vida cristiana ordinaria» (NMI 31). Entiendo que san Josemaría Escrivá ha sido uno de los que se han anticipado a los tiempos, recordando la llamada universal a la santidad y al apostolado que con tanta fuerza proclamó el Concilio Vaticano II. En efecto, no sólo difundió por el mundo esta doctrina, respaldada por el ejemplo de su lucha ascética alegre y constante, sino que abrió en la Iglesia, por Voluntad divina, un camino de santificación «viejo como el Evangelio, y como el Evangelio nuevo», otro signo elocuente de la misericordia divina con los hombres y eficaz instrumento al servicio de la Iglesia para el cumplimiento de la misión salvífica.
Millones de personas, Santo Padre, están hoy de fiesta en el mundo entero, dentro y fuera de los confines visibles de la Iglesia. Son muchos, en efecto, los no católicos e incluso los no cristianos que admiran la figura de Josemaría Escrivá y acuden a sus enseñanzas como fuente inspiradora de su propia conducta y de su actividad profesional y social. También estas personas han recibido un impulso esperanzado en el esfuerzo por mejorar nuestro mundo, afligido por injusticias y, al mismo tiempo, deseoso de comprensión y de paz.
En los diez años transcurridos desde la beatificación de Josemaría Escrivá, la acción apostólica de los fieles y cooperadores de la prelatura del Opus Dei se ha extendido en intensidad y amplitud por muchos países. Sostenidos por la gracia de Dios, han multiplicado sus iniciativas en favor de todo tipo de personas, especialmente de las más necesitadas. Con ocasión del centenario del nacimiento de san Josemaría Escrivá, se han promovido decenas de iniciativas de formación humana y profesional en países en vías de desarrollo y en los barrios pobres de varias grandes ciudades. Se ha querido testimoniar así que la búsqueda de la santidad personal -la unión con Dios- es inseparable de la solicitud -con hechos concretos- por el bien material y espiritual de los hermanos.
Antes de terminar, deseo asegurar a Vuestra Santidad la asidua y ferviente oración por la Persona y las intenciones del Santo Padre, que constantemente elevan al Cielo los fieles y los cooperadores del Opus Dei en el mundo entero. Confío esas plegarias a la Santísima Virgen, a quien hoy recordamos especialmente bajo la advocación de Nuestra Señora del Rosario: enriquecidas por su mediación materna ante Jesús, esas oraciones ayudarán a la Santidad Vuestra en el feliz cumplimiento de la misión de Supremo Pastor.
Santo Padre: permita que le dé las gracias, una vez más, de todo corazón. Al disponernos a acoger y meditar sus palabras, y al felicitarle en nombre de todos por el próximo aniversario de su elección como Sucesor de Pedro, le pido para los fieles y los cooperadores de la Prelatura del Opus Dei, para los incontables devotos de san Josemaría Escrivá, y para mí mismo, la fortaleza de la Bendición Apostólica.
Discurso de Juan Pablo II:
!Queridísimos hermanos y hermanas!:
Con alegría os dirijo mi cordial saludo, en este día que sigue al de la
canonización del beato Josemaría Escrivá de Balaguer. Agradezco a S.E. Mons.
Javier Echevarría, Prelado del Opus Dei, las palabras con las que se ha hecho
intérprete de todos los presentes. Saludo con afecto a los numerosos
Cardenales, Obispos y sacerdotes que han querido participar en esta
celebración.
Este encuentro festivo une a una gran variedad de fieles, procedentes de muchos
países y pertenecientes a los más diversos ambientes sociales y culturales:
sacerdotes y laicos, hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, intelectuales y
trabajadores manuales. Es éste un signo del celo apostólico que ardía en el
alma de San Josemaría.
En el Fundador del Opus Dei destaca el amor a la voluntad de Dios. Existe un
criterio seguro de santidad: la fidelidad en el cumplimiento de la voluntad
divina hasta las últimas consecuencias. El Señor tiene un proyecto para cada
uno de nosotros, a cada uno confía una misión en la tierra. El santo no
consigue ni siquiera imaginarse a sí mismo al margen del designio de Dios: vive
sólo para realizarlo.
San Josemaría fue escogido por el Señor para anunciar la llamada universal a
la santidad y para indicar que las actividades comunes que componen la vida de
todos los días son camino de santificación. Se podría decir que fue el santo
de lo ordinario. En efecto, estaba convencido de que, para quien vive en una
perspectiva de fe, todo es ocasión de encuentro con Dios, todo es estímulo
para la oración. Vista de este modo, la vida cotidiana revela una grandeza
insospechada. La santidad aparece verdaderamente al alcance de todos.
Escrivá de Balaguer fue un santo de gran humanidad. Todos los que lo trataron,
de cualquier cultura o condición social, lo sintieron como un padre, entregado
totalmente al servicio de los demás, porque estaba convencido de que cada alma
es un tesoro maravilloso; en efecto, cada hombre vale toda la Sangre de Cristo.
Esta actitud de servicio es patente en su entrega al ministerio sacerdotal y en
la magnanimidad con la cual impulsó tantas obras de evangelización y de
promoción humana en favor de los más pobres.
El Señor le hizo entender profundamente el don de nuestra filiación divina.
Él enseñó a contemplar el rostro tierno de un Padre en el Dios que nos habla
a través de las más diversas visicitudes de la vida. Un Padre que nos ama, que
nos sigue paso a paso y nos protege, nos comprende y espera de cada uno de
nosotros la respuesta del amor. La consideración de esta presencia paterna, que
lo acompaña a todas partes, le da al cristiano una confianza inquebrantable; en
todo momento debe confiar en el Padre celestial. Nunca se siente solo ni tiene
miedo. En la Cruz -cuando se presenta - no ve un castigo sino una misión
confiada por el mismo Señor. El cristiano es necesariamente optimista, porque
sabe que es hijo de Dios en Cristo.
San Josemaría estaba profundamente convencido de que la vida cristiana implica
una misión y un apostolado, de que estamos en el mundo para salvarlo con
Cristo. Amaba el mundo apasionadamente, con "amor redentor" (cf.
Catecismo de la Iglesia Católica, n. 604). Por eso sus enseñanzas han ayudado
a tantos cristianos corrientes a descubrir el poder redentor de la fe, su
capacidad de transformar la tierra.
Éste es un mensaje que tiene abundantes y fructuosas implicaciones para la
misión evangelizadora de la Iglesia.
Promueve la cristianización del mundo "desde dentro", mostrando que
no puede haber conflicto entre la ley divina y las exigencias del genuino
progreso humano. Este santo sacerdote enseñó que Cristo ha de ser el ápice de
toda actividad humana (cf Jn 12,32). Su mensaje mueve al cristiano a actuar en
los lugares en los que se modela el futuro de la sociedad. De la presencia
activa del laico en todas las profesiones y en las fronteras más avanzadas del
desarrollo ha de derivar forzosamente una contribución positiva al
fortalecimiento de esa armonía entre fe y cultura de que tan necesitado está
nuestro tiempo.
San Josemaría Escrivá ha gastado su vida en servicio de la Iglesia. Los
sacerdotes, los laicos que siguen los más diversos caminos, los religiosos y
las religiosas encuentran en sus escritos una fuente estimulante de
inspiración. Queridos hermanos y hermanas, al imitarle con apertura de
espíritu y de corazón, dispuestos a servir a las Iglesias locales, estáis
contribuyendo a dar fuerza a la "espiritualidad de comunión",
indicada en la Carta apostólica Novo millennio ineunte como uno de los
objetivos más importantes para nuestro tiempo.
Me es grato terminar con una referencia a la fiesta litúrgica de hoy, Nuestra
Señora del Rosario. San Josemaría escribió un hermoso libro titulado Santo
Rosario que se inspira en la infancia espiritual, disposición de espíritu
propia de quienes quieren llegar a un total abandono en la voluntad divina. De
todo corazón confío a la protección maternal de María a todos vosotros, con
vuestras familias y vuestros apostolados, y os agradezco vuestra presencia.
Doy las gracias de nuevo a todos los presentes, especialmente a los que han
venido de lejos. Os invito, queridísimos hermanos y hermanas, a llevar a todas
partes un claro testimonio de fe, según el ejemplo y las enseñanzas de vuestro
santo Fundador. Os acompaño con mi oración y de todo corazón os bendigo, así
como a vuestras familias y vuestras actividades.
Roma, Plaza de San Pedro, 7 de octubre de 2002
Laudate Dominum omnes gentes (Sal 116 [117] 1), alabad al Señor todas
las gentes. La invitación del Salmo responsorial, que ha resonado hace unos
momentos, constituye un buen resumen de los sentimientos que se desbordan hoy de
nuestro corazón: Deo omnis gloria!, para Dios toda la gloria. Queremos
adorar al Dios tres veces Santo y darle gracias por el don con que ha
enriquecido a la Iglesia y al mundo: la canonización de Josemaría Escrivá de
Balaguer, sacerdote, fundador del Opus Dei, realizada ayer por nuestro
amadísimo Papa Juan Pablo II.
Nuestra gratitud se dirige también al Santo Padre, que ha dado cumplimiento a
este designio de la Trinidad: mientras nos disponemos a elevar nuestra plegaria
al Cielo, confiamos al Señor su Augusta Persona y sus intenciones. Sabemos que
esta súplica agradará mucho a san Josemaría, que amó con toda su alma al
Vicario de Cristo en la tierra, hasta el punto de no separar nunca ese amor al
Papa del que profesaba a Jesucristo y a su Madre bendita. En efecto, desde el
mismo instante en que el Señor irrumpió en su alma con los primeros barruntos
del Opus Dei, que entonces aún no conocía, comenzó a rezar y a trabajar para
hacer realidad el clamor que brotaba de su corazón: Omnes cum Petro ad Iesum
per Mariam!, todos, con Pedro, a Jesús por María.
Todos los participantes en esta Santa Misa, y las innumerables personas unidas
espiritualmente a nosotros en el mundo entero, nos reconocemos gustosamente
deudores del nuevo santo que Dios ha concedido a la Iglesia. Muchos de nosotros
hemos obtenido por su intercesión gracias y favores de todo tipo. No pocos nos
esforzamos por seguir sus pasos de fidelidad al Señor en la tierra, tratando de
reproducir en nuestras almas el espíritu que él encarnó. A todos, san
Josemaría nos ha mostrado -con su ejemplo y con sus enseñanzas- un modo bien
concreto de recorrer la senda de la vocación cristiana, que tiene como meta la
santidad. Por esto, la canonización del fundador del Opus Dei asume los rasgos
característicos de una fiesta: la fiesta de esta gran familia de Dios, que es
la Iglesia. Por todo esto queremos dar gracias al Señor en esta celebración
eucarística.
No han transcurrido cuarenta años desde que el Concilio Vaticano II proclamó
la llamada universal a la santidad y al apostolado pero queda aún mucho camino
por recorrer, hasta que esa verdad llegue efectivamente a iluminar y a guiar los
pasos de los hombres y las mujeres de la tierra. Lo ha recordado explícitamente
el Romano Pontífice, en su Carta apostólica Novo Millennio ineunte, al
proponer esa doctrina como «fundamento de la programación pastoral que nos
atañe al inicio del nuevo milenio» (NMI 31).
Todos en la Iglesia, cada Pastor y cada fiel, estamos llamados a comprometernos
personalmente en la búsqueda diaria de la santidad personal y a participar
-también personalmente- en el cumplimiento de la misión que Cristo nos ha
confiado. Si el siglo XX ha sido testigo del "redescubrimiento" de esa
llamada universal -que estaba contenida en el Evangelio desde el principio, y de
la que san Josemaría Escrivá fue constituido heraldo por la personal vocación
divina recibida-, el siglo que estamos recorriendo ha de caracterizarse por una
más efectiva y extensa puesta en práctica de esa enseñanza. He aquí uno de
los grandes desafíos que el Espíritu lanza a los hombres y mujeres de nuestro
tiempo.
San Josemaría Escrivá procuró despertar esta urgencia de santidad en todos
los hombres. El hecho de que su canonización haya tenido lugar en los albores
del nuevo siglo, resulta particularmente significativo. Su mensaje resuena con
especial fuerza en los momentos actuales: «Hemos venido a decir, con la
humildad de quien se sabe pecador y poca cosa -homo peccator su (Lc 5,
8), decimos con Pedro-, pero con la fe de quien se deja guiar por la mano de
Dios, que la santidad no es cosa para privilegiados: que a todos nos llama el
Señor, que de todos espera Amor: de todos, estén donde estén; de todos,
cualquiera que sea su estado, su profesión o su oficio. Porque esa vida
corriente, ordinaria, sin apariencia, puede ser medio de santidad: no es
necesario abandonar el propio estado en el mundo, para buscar a Dios, si el
Señor no da a un alma la vocación religiosa, ya que todos los caminos de la
tierra pueden ser ocasión de un encuentro con Cristo» (Carta 24-III-1930, n.
2).
En todo instante -como aconsejaba el nuevo Santo ya desde los años 30- hay que buscar
al Señor, encontrarle y amarle. Sólo si nos esforzamos día tras
día en recorrer estas tres etapas, llegaremos a la plena identificación
con Cristo: a ser alter Christus, ipse Christus. «Quizá comprendéis
-os repito con sus palabras- que estáis como en la primera etapa. Buscadlo con
hambre (...). Si obráis con este empeño, me atrevo a garantizar que ya lo
habéis encontrado, y que habéis comenzado a tratarlo y a amarlo, y a tener
vuestra conversación en los cielos (cfr. Flp 3, 20)» (Amigos de Dios,
n. 300).
A Jesús le encontramos en la oración, en la Eucaristía y en los demás
sacramentos de la Iglesia; pero también en el cumplimiento fiel y amoroso de
los deberes familiares, profesionales y sociales propios de cada uno. Se trata
en verdad de un objetivo arduo, que sólo al final del peregrinar terreno
podremos alcanzar plenamente. «Pero no me perdáis de vista que el santo no
nace: se forja en el continuo juego de la gracia divina y de la correspondencia
humana». Así exhortaba San Josemaría en una de sus homilías; y añadía:
«Por eso te digo que, si deseas portarte como un cristiano consecuente (...),
has de poner un cuidado extremo en los detalles más nimios, porque la santidad
que Nuestro Señor te exige se alcanza cumpliendo con amor de Dios el trabajo,
las obligaciones de cada día, que casi siempre se componen de realidades
menudas» (Ibid., n. 7).
Santificar el trabajo. Santificarse con el trabajo. Santificar a los demás
con el trabajo. En esta frase gráfica resumía el Fundador del Opus Dei el
núcleo del mensaje que Dios le había confiado, para recordarlo a los
cristianos. El empeño por alcanzar la santidad se halla inseparablemente unido
a la santificación de la propia tarea profesional -realizada con perfección
humana y rectitud de intención, con espíritu de servicio- y a la
santificación de los demás. No es posible desentenderse de los hermanos, de
sus necesidades materiales y espirituales, si se quiere caminar en pos del
Señor. «Nuestra vocación de hijos de Dios, en medio del mundo, nos exige que
no busquemos solamente nuestra santidad personal, sino que vayamos por los
senderos de la tierra, para convertirlos en trochas que, a través de los
obstáculos, lleven las almas al Señor; que tomemos parte como ciudadanos
corrientes en todas las actividades temporales, para ser levadura (cfr. Mt 13,
33) que ha de informar la masa entera» (Es Cristo que pasa, n. 120).
La Providencia divina ha dispuesto que la trayectoria terrena de san Josemaría
Escrivá tuviese lugar en el siglo XX, tiempo que ha presenciado enormes
desarrollos de la ciencia y de la técnica, que no siempre, por desgracia, han
estado al servicio del hombre. En efecto, es preciso reconocer que, junto a
logros admirables del espíritu humano, en este tiempo nuestro abundan los
torrentes de aguas amargas, que tratan inútilmente de apagar la sed de
felicidad de los corazones. Pero también es cierto -como escribió mons.
Álvaro del Portillo- que, con el mensaje espiritual del nuevo Santo, «todas
las profesiones, todos los ambientes, todas las situaciones sociales honradas
(...) han quedado removidas por los Ángeles de Dios, como las aguas de aquella
piscina probática recordada en el Evangelio (cfr. Jn 5, 2 y ss), y han
adquirido fuerza medicinal» (Carta pastoral, 30-IX-1975, n. 20).
Al recordar al primer sucesor de nuestro Padre, a don Álvaro del Portillo,
sentimos muy cerca su presencia espiritual en estos momentos. Con él podemos
afirmar, llenos de agradecimiento a Dios, que gracias a la doctrina y al
espíritu del fundador del Opus Dei, «hasta de las piedras más áridas e
insospechadas han brotado torrentes medicinales. El trabajo humano bien
terminado se ha hecho colirio, para descubrir a Dios en todas las circunstancias
de la vida, en todas las cosas. Y ha ocurrido precisamente en nuestro tiempo,
cuando el materialismo se empeña en convertir el trabajo en un barro que ciega
a los hombres, y les impide mirar a Dios» (Ibid.).
Saludo a quienes habéis acudido a Roma desde países de lengua inglesa, para
asistir a la canonización de San Josemaría Escrivá. Al regresar a vuestros
hogares, llevad con vosotros y tratad de poner en práctica las enseñanzas del
nuevo Santo. Pedid a San Josemaría que os enseñe a convertir la prosa
diaria -las situaciones más comunes- en versos de poema heroico: en
afanes y realidades de santidad y de apostolado.
A los que procedéis de países de lengua francesa, os recuerdo la importancia
de colaborar en la misión apostólica de la Iglesia, que es deber de todo
cristiano, procurando fecundar con el espíritu del Evangelio las artes y las
letras, las ciencias y la técnica. Pedid la intercesión de San Josemaría,
para llevar a la práctica aquella aspiración que Dios mismo grabó en su alma:
poner a Cristo -con nuestro trabajo, sea el que sea- en la cumbre de
todas las actividades humanas.
Hoy la Iglesia venera a la Virgen Santísima con la advocación de Nuestra
Señora del Rosario. Me da alegría pensar que la canonización de nuestro
Fundador ha tenido lugar en la víspera de una fiesta de Santa María; esta
coincidencia es como un signo más de su cariñosa asistencia de Madre. A su
mediación materna acudimos, llenos de confianza, al tiempo que renovamos
nuestro agradecimiento al Señor por esta canonización. Deo omnis gloria!,
repito una vez más, mientras pedimos que se difunda entre los cristianos, cada
día con más fuerza, el deseo de santidad personal y de apostolado en las
circunstancias de la vida ordinaria. Así sea.
Por Juan Vicente Boo, ABC, 5.X.2002
«Os dejo, como herencia, el buen humor», decía de vez en cuando Josemaría
Escrivá y, una vez más, su palabra se ha cumplido. Su actual sucesor al frente
del Opus Dei, monseñor Javier Echevarría, sonríe con ojos chispeantes y
elimina las distancias con una broma a la menor oportunidad. La sede de la
Prelatura, en la calle Bruno Buozzi, sorprende por su agradable aire de casa de
familia, y la bienvenida del Prelado es cordial, hogareña. Se le nota contento,
pero el rasgo más llamativo es su sencillez, la absoluta tranquilidad en un
momento en que la canonización del fundador bien justificaría un poco de
triunfalismo. Vivir con un santo durante un cuarto de siglo es privilegio de muy
pocas personas. Javier Echevarría llegó a Roma como un joven estudiante de
Derecho en 1950 y comenzó a colaborar con monseñor Escrivá de Balaguer en
1953, compartiendo con el fundador las jornadas agotadoras, los disgustos y las
alegrías de extender la Obra por el mundo antes de que fuese Prelatura
personal. Monseñor Echevarría es el testigo por antonomasia de una vida de
santidad. Mañana, en la Plaza de San Pedro, abrazará al Papa en una ceremonia
de canonización que abre, para siempre, la etapa de madurez del Opus Dei.
-Monseñor Echevarría, ¿cómo se siente al ver que la Iglesia rinde homenaje
al fundador del Opus Dei y consagra su mensaje?
-Muy feliz, por el cariño que tengo a quien sigo llamando «Padre». A la vez,
sé que a él no le gustaba llamar la atención, estar en el candelero. Su lema
constante era «ocultarse y desaparecer, que sólo Jesús se luzca». Ahora,
desde el Cielo, seguirá diciendo: «Para Dios toda la gloria».
-En todo caso, mañana no conseguirá ocultarse...
-Es cierto, pero las canonizaciones no son un acto de homenaje. Son la
confirmación de la vida ejemplar de una persona y, sobre todo, de la acción de
la gracia divina en su alma. Son ocasiones para renovar el deseo de
convertirnos, de ser más fieles a Cristo. En ese deseo de conversión diaria,
que debe continuar después del 6 de octubre, confluyen todos mis sentimientos
desde que supe la fecha de la canonización.
-El interés mundial es enorme. ¿Considera el Opus Dei este momento como un
triunfo?
-En absoluto. Sería no sólo empequeñecer la Obra sino empequeñecernos
personalmente. Mire usted, un cristiano no viene a triunfar en la Tierra sino a
trabajar, utilizando el prestigio personal para servir a la Iglesia, a la
sociedad y a las almas. Nuestro fundador nos repitió que la gloria del Opus Dei
es no tener gloria humana; es servir a todas las almas, sin discriminación
alguna. La canonización del fundador no es un momento de triunfo sino de
humildad.
-¿Por qué de humildad?
-Porque es una buena ocasión de comparar la propia vida con el ideal que nos
enseñó y, sobre todo, que él encarnó en su vida. La distancia será aún más
clara cuando, con el paso del tiempo, se comprenda todavía mejor la grandeza de
su figura. Tenemos que ser muy humildes. Josemaría Escrivá se esforzaba por
ocultarse y desaparecer para que quedase más claro que la Obra era de Dios. Él
se consideraba tan sólo «un instrumento inepto y sordo». Esto nos enseña a
descubrir que la grandeza de la persona humana es dejar actuar a Dios en la
propia alma, y cooperar con responsabilidad.
-Escrivá de Balaguer «democratizó» la santidad, y el Papa lo propone ahora
como ejemplo a toda la Iglesia. Pero ¿cómo pueden imitar a un sacerdote las
mujeres y los hombres de a pie, que llevan una vida completamente distinta y
afrontan problemas muy diferentes?
-El beato Josemaría repitió con insistencia machacona que él no era el
modelo: el único modelo es Cristo y el modelador es el Espíritu Santo. En una
canonización, la Iglesia no invita a imitar la personalidad de un determinado
santo, sino a aprender, mirando a ese santo, a imitar a Cristo. Y el beato
Josemaría, sacerdote secular que amaba el mundo y la secularidad, nos invita a
imitar a Cristo en todo momento y en todo lugar, en las diversas circunstancias
de la vida ordinaria. Estoy persuadido de que la figura de San Josemaría será
siempre muy actual. La mejor respuesta a sus preguntas sobre el Opus Dei será
la Plaza de San Pedro durante la ceremonia de la canonización. Se encontrará
decenas de miles de personas corrientes que nunca salen en los periódicos, que
pasan sus apuros para llegar a fin de mes, que intentan ser felices procurando
estar cerca de Cristo cada día. Y que han venido a Roma para agradecer a Dios
el regalo de un santo que les ha ayudado a descubrir la grandeza de su vocación
cristiana.
-¿Cómo fue la batalla de Josemaría Escrivá para que la Santa Sede aceptase
en el Opus Dei como cooperadores a mujeres y hombres no católicos e incluso no
cristianos?
-El término «batalla» no es apropiado. La petición que presentó, en los años
cuarenta, para admitir como cooperadores del Opus Dei a otros cristianos no católicos
y también a no cristianos, constituía una novedad, y por eso no fue aceptada
en un primer momento. Nuestro fundador no se desanimó, e insistió en su petición.
Se trataba de un respetuoso forcejeo que en absoluto enturbiaba la estima recíproca
entre el fundador del Opus Dei y sus interlocutores. Finalmente, ya en 1950, la
Santa Sede acogió esa demanda de Josemaría Escrivá, que manifiesta su
apertura, su amplitud de corazón y su respeto a la libertad de las conciencias.
-O sea, que fue «respetuoso», pero forcejeó...
-Ese episodio es significativo, porque resume la actitud de fondo del beato
Josemaría en todo el proceso fundacional y, al mismo tiempo, refleja la sabia
prudencia de gobierno de la Santa Sede. Monseñor Escrivá sabía que estaba
planteando cuestiones nuevas, pero deseaba proceder siempre de acuerdo con el
Papa y los obispos, con amor y respeto a la autoridad de la Iglesia.
-En el Congreso Internacional del pasado enero con motivo del Centenario, el
Gran Rabino Ángel Kreiman, vicepresidente del Consejo Mundial de las Sinagogas,
explicaba que Escrivá desarrolló la teología de la Creación por Dios y de su
perfeccionamiento por el hombre, central en el Antiguo Testamento. ¿Puede ser
la santificación del trabajo un punto de encuentro con nuestros «hermanos
mayores»?
-Conservo un grato recuerdo de mi encuentro con el Gran Rabino Ángel Kreiman, a
quien testimonié mi afecto por el pueblo judío durante ese Congreso
Internacional, en el que pude saludar también a varios participantes hindúes y
musulmanes. Los cristianos compartimos con el pueblo judío la fe en el Dios
verdadero y en la Creación, y el aprecio por el trabajo. El fundador del Opus
Dei solía subrayar la importancia de unas palabras del Génesis, el primero de
los libros del Antiguo Testamento: Dios colocó al hombre sobre la tierra para
que la dominara con su trabajo y la hiciera rendir en beneficio suyo y de los
demás. Hay muchos motivos para la estima recíproca y la colaboración.
-La biografía escrita por Vázquez de Prada cita unas notas del diario de
Escrivá en las que relata el descubrimiento intensísimo de la filiación
divina el 16 de octubre de 1931 mientras viajaba en un tranvía madrileño
leyendo el ABC. Aquella «oración más subida», según sus notas, ¿tuvo como
espoleta casual alguna de las noticias de aquel día?
-Efectivamente, el apunte indica que estaba leyendo el diario ABC, pero no
precisa más. En esas notas no consta si su oración estaba o no relacionada
directamente con lo que acababa de ver en esas páginas. Muchas veces recordó
la oración de aquel día: aseguraba que advirtió con luz nueva esa verdad
cristiana fundamental que es el amor paternal de Dios. Dios no es jamás
indiferente a la suerte de los hombres. Es un Padre que, con frase de Camino,
nos ama más que todas las madres del mundo juntas puedan amar a sus hijos.
-Usted habrá vivido junto al fundador otras jornadas de gran intensidad
espiritual. ¿Cuáles recuerda de modo más vivo?
-Aunque no ocultaba la situación de su alma, no le gustaba hablar en detalle
del trato con Dios que llenaba sus jornadas. Recuerdo que un día de noviembre
de 1973 nos contaba algo que le había sucedido la víspera. Durante un momento
de oración con el Señor, se había sentido movido a escribir unas palabras en
latín: «Tenui eum, nec dimittam, lo tengo agarrado y no lo soltaré». Son
palabras que expresaban todo su amor, sus deseos de unión con Dios y de
fidelidad hasta la muerte. Y nos decía: «Llevaba yo dos días con esta comezón.
No son locuciones de Dios. Son inquietudes que pone en el alma, que no descansa
hasta que las descubre».
-¿Y qué gestos recuerda de modo más personal porque se refieran a usted? ¿Cómo
era, de cerca, el fundador del Opus Dei?
-Yo le conocí en el año 1948. Monseñor Escrivá pasaba unos días en Madrid,
y yo acudí, con otros miembros del Opus Dei, a una tertulia en la que nos habló
con gran fuerza de fidelidad a la vocación cristiana que habíamos recibido de
Dios. Después nos invitó a tres de nosotros a acompañarle en un viaje rápido
a Segovia, donde tenía que hacer algunas gestiones. Lo recuerdo muy bien:
estuvo cantando, bromeando, riendo, y también hizo consideraciones muy
sobrenaturales. Aquel día me quedó muy claro que el Opus Dei es una familia, y
su fundador, un padre para todos nosotros.
«Un nuevo punto de partida»
-A Escrivá de Balaguer le gustaba bendecir las últimas piedras de los edificios en lugar de las primeras. ¿Es la canonización «su» última piedra? ¿La consideran ustedes un punto de llegada o un punto de partida?
-Todo depende de la perspectiva, pues la vida de los santos se prolonga en la historia de la Iglesia, mediante su intercesión y su ejemplo. Para los fieles de la Prelatura, la canonización es un nuevo punto de partida, un recomenzar ilusionado, una llamada a la conversión. El punto de llegada al que debemos dirigirnos todos las personas es el Reino de los Cielos.
-Entre la gente que ha venido a la canonización se está haciendo una colecta para programas educativos en África, el continente de los disgustos. ¿Tiene el Opus Dei predilección por África?
-El beato Josemaría no tuvo oportunidad de visitar África, pero le manifestaba un gran aprecio. Me impresionó la ilusión con que impulsaba los comienzos de la labor del Opus Dei en ese continente, y con que seguía las noticias sobre el desarrollo del apostolado. Yo he podido acudir a África en diversas ocasiones, primero acompañando a monseñor Álvaro del Portillo -el primer sucesor de monseñor Escrivá de Balaguer-, y después como prelado del Opus Dei. Junto a las visibles dificultades que atraviesa el continente, he tenido siempre la profunda alegría de encontrar muchas personas llenas de fe y de deseos de ayudar a construir el futuro de sus pueblos. Hay mucho que dar a África, pero también mucho que aprender y que recibir de África. El Proyecto Harambee 2002 quiere ser un grano de arena en esa línea. En este momento alegre de la canonización, es un modo de recordar con hechos a quien sufre necesidad. El término harambee expresa en swahili una realidad y una esperanza: que todos juntos podemos superar los obstáculos. Quizá por eso, África ocupa un lugar especial en el corazón de todos los católicos y de muchas otras personas de buena voluntad.
-Algunas personas que convivieron con Escrivá me han dicho que estan contentísimas pero que, al mismo tiempo, se reavivan los recuerdos y la nostalgia, la «morriña»...
-La separación física, en 1975, nos costó mucho a todos. Pero a mí, por lo menos, me llena de alegría que haya recibido el premio de contemplar la presencia de Dios. Yo siento «morriña» sólo en el sentido de que, aunque nos ayuda con su intercesión desde el Cielo, en los momentos de importancia desearía tener la seguridad de su consejo explícito. Pero también nos damos cuenta de que nunca quiso ser imprescindible. Y cuando nos decía que llegaría un momento en que tendríamos que tomar el relevo, lo decía con gran sinceridad. Para que nos hiciésemos cargo de que somos responsables, con nuestra vida personal, no sólo de hacer el Opus Dei sino de ser Opus Dei.
Un prelado «muy romano» ante un plebiscito mundial
La conversación con Monseñor Echevarría es sosegada, relajante, pero se nota que «juega con ventaja», pues conoce la situación del planeta -de esos 84 países de donde ha venido la gente- de modo más realista gracias al contacto habitual con personas a las que nunca hace caso la Prensa. De Escrivá aprendió a ser «muy romano» de corazón, pero mirando continuamente al resto del mundo, sobre todo a los países con problemas. Y haciendo siempre caso a cada persona individualmente. Justo antes de saludar a ABC se estaba interesando por la mano convaleciente de uno de sus colaboradores que se marcha a trabajar a un país de África. Al iniciar la conversación, desarma al cronista haciendo notar que está ligeramente más grueso que la pasada primavera. El prelado del Opus Dei, en cambio, está más delgado y tiene el pelo más blanco. En esta recta final exprime los minutos del día y de la noche para contestar a todas las cartas y recibir a los obispos y autoridades que quieren verle. Es una tarea imposible, pues en la ceremonia de mañana participarán más de cuatrocientos obispos y centenares de representantes diplomáticos: un auténtico plebiscito mundial.
Por Federico Mandillo, La Razón, 9.X.2002
«Lo que reclama el mundo en crisis de hoy son cristianos coherentes»
Madrileño, de 70 años, lleva ocho como prelado del Opus Dei. Hace tan sólo dos días oficiaba una emocionante misa: la de acción de gracias por la canonización de Escrivá Monseñor Javier Echevarría es el obispo prelado del Opus Dei. Nació en Madrid el 14 de junio de 1932, ingresando en la Prelatura del Opus Dei en 1955. Doctor en Derecho Canónico por la Universidad Pontifica de Santo Tomás, en Roma, y en Derecho Civil por la Universidad Lateranense, también de la Ciudad Eterna, fue Vicario General del Opus Dei entre 1975 y 1994, momento en el que fue designado prelado de la Obra. Obispo titular de Cilibia desde 1995, es además consultor de las Sagradas Congregaciones para las Causas de los Santos y del Clero. Hace dos días, ante más de 200.000 fieles ofició una misa de acción de gracias por la canonización de Escrivá de Balaguer.
-¿Cómo ha vivido el sucesor de san Josemaría la canonización del fundador del Opus Dei?
-Para mí, éste es un momento de una emoción difícil de describir. Un momento que procuro aprovechar muy unido al Santo Padre, a mis hermanos en el episcopado y a toda la Iglesia. He tratado a Josemaría Escrivá durante veinticinco años. He visto su lucha por alcanzar la santidad en mil detalles de oración, de caridad y de alegría cristiana que se agolpan hoy en mi memoria. Me emociona contemplar que el Papa ha proclamado santo a este hijo fidelísimo que se gastó generosamente sirviendo a la Iglesia y a las almas.
-¿Qué le pasó por la cabeza en el instante de la proclamación?
-Cuando el Papa pronunció la fórmula de la canonización rogué a Dios que me ayudase a convertirme y a corresponder a la llamada de Dios, para amarlo con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas, y a mi prójimo como a mí mismo, en el quehacer cotidiano. Desde ahora acudiré a la intercesión de san Josemaría para que todos experimentemos la alegría de seguir a Jesucristo en nuestro trabajo diario.
- El trabajo diario, centro del mensaje de la Obra. ¿No es poco «emocionante»?
-En absoluto. El fundador del Opus Dei solía afirmar que el núcleo del mensaje que Dios había puesto en su alma era precisamente la santificación del trabajo y de la vida ordinaria. Pienso que el nuevo santo se dirige a los hombres y mujeres que trabajan, para manifestarles: alégrate, porque ahí, en el corazón de tus jornadas sin brillo, puedes descubrir a Jesucristo; en los días festivos y en los días laborables en los que no ocurre nada llamativo.
-¿Es eso fácil, accesible?
-Pienso que todos los fieles de la Prelatura somos conscientes de nuestra poquedad personal. Sabemos que hemos de cambiar un poco cada día, con una mudanza espiritual y humana que nos ponga en condiciones de responder mejor a la gracia de Dios y nos lleve también a aprender de quienes nos rodean. El nuevo santo insistía en que los cristianos vamos adelante con la fuerza de la gracia y con la fraternidad y el ejemplo de las personas con las que trabajamos, con las que convivimos.
-¿Cómo ve el Opus Dei la situación del mundo actualmente? ¿Está el mundo en crisis? ¿Tiene remedio?
-«Estas crisis mundiales son crisis de santos», escribió Josemaría Escrivá. Pienso, en efecto, que los problemas actuales están reclamando cristianos coherentes, hombres y mujeres que santifiquen su profesión, que trabajen con espíritu de servicio para construir entre todos una sociedad digna del hombre, que es hijo de Dios. De los cristianos está esperando el mundo una siembra de paz.
-África, sobre todo, es conocida por sus grandes tragedias humanas, ¿Qué iniciativas promueve el Opus Dei con el objeto de abrir cauce a nuevas esperanzas en los países africanos?
-La labor más importante de la Prelatura es la que desarrolla personalmente cada uno de sus fieles, con libertad y responsabilidad, en su propio ambiente y de acuerdo con sus posibilidades. Los fieles africanos del Opus Dei, que gracias a Dios son ya varios miles, se esfuerzan en primer lugar por vivir su fe con coherencia. Y ese empeño personal les empuja a promover, codo con codo con sus colegas y amigos, proyectos encaminados a resolver las necesidades materiales y espirituales de sus pueblos. Sufren ante los problemas del SIDA, de la pobreza, de las rivalidades tribales, y procuran hacer todo lo posible por erradicarlos. Como cristianos, se sienten llamados precisamente a santificarse en medio del mundo, de ese mundo concreto de África, con sus luces y sus sombras. Además de este empeño de cada uno, el Opus Dei promueve en África numerosas iniciativas, principalmente en los ámbitos educativo y sanitario: hospitales, universidades, colegios... Desde 1957, un buen número de fieles del Opus Dei procedentes de muchos países han querido trasladarse a África, para ejercer allí su trabajo profesional y servir a sus conciudadanos como médicos, veterinarios, enfermeras, maestros... Ellos han dado a conocer el espíritu que anima el Opus Dei, la santificación del trabajo profesional. Hoy son muchos los africanos que sirven a sus conciudadanos de este modo. A mi modo de ver, es la labor profesional y apostólica de los propios africanos, no la de quienes vienen de fuera, la medida auténtica de las esperanzas de un continente donde los horizontes son tan amplios y prometedores. Quisiera añadir que África puede aportar mucho a Europa con su apertura a la trascendencia, con la alegría que los africanos demuestran en la vida cotidiana, también en las dificultades, con su modo de vivir el tiempo.
- ¿Qué iniciativas puede señalarnos, sobre todo en el Sur del planeta, que hayan abierto nuevas oportunidades?
- Como repetía san Josemaría, todo el mundo es tierra de misión; por eso, en todos los lugares la Iglesia está llamada a una intensa actividad apostólica. En África, de entre las iniciativas que los fieles del Opus Dei han puesto en marcha en estos cuarenta y cinco años de presencia en el continente, mencionaría el Centro Médico Monkole, en Kinshasa, un hospital que lleva a cabo una gran labor sanitaria entre personas que carecen hasta de lo más elemental y que tiene ya varias extensiones en el Congo. También la Lagos Business School, en Nigeria, dedicada a la formación de empresarios africanos, a los que procura dar buena preparación en gestión empresarial.
Le pido a san Josemaría que experimentemos la alegría de seguir a Jesucristo
Declaraciones de Mons. Javier Echevarría con ocasión de la canonización del fundador del Opus Dei: “acudiré a la intercesión de san Josemaría para pedir que todos experimentemos la alegría de seguir a Jesucristo en nuestro trabajo diario. Y rezaré para que los cristianos sepamos llevar la luz de Cristo a esta tierra nuestra tan necesitada de esperanza”.
"Para mí, éste es un momento de una emoción difícil de describir. Un
momento que procuro aprovechar muy unido al Santo Padre, a mis hermanos en el
episcopado y a toda la Iglesia. He tratado a Josemaría Escrivá durante
veinticinco años. He visto su lucha por alcanzar la santidad en mil detalles de
oración, de caridad y de alegría cristiana que se agolpan hoy en mi memoria.
Me emociona contemplar que el Papa proclama santo a este hijo fidelísimo que se
gastó generosamente sirviendo a la Iglesia y a las almas, y difundiendo por el
mundo este amor a la Iglesia.
Canonizar equivale a declarar que la vida de una persona se ha ajustado al
«canon» de Cristo. Soy testigo de que Josemaría Escrivá deseaba mirar a
Cristo, buscarle, tratarle constantemente. Meditaba con frecuencia acerca de sus
treinta años de Nazareth, tejidos de trabajo y de convivencia familiar.
El fundador del Opus Dei solía afirmar que el núcleo del mensaje que Dios
había puesto en su alma era precisamente la santificación del trabajo y de la
vida ordinaria. Pienso que el nuevo santo se dirige a los hombres y mujeres que
trabajan, para manifestarles: alégrate, porque ahí -en el corazón de tus
jornadas sin brillo- puedes descubrir a Jesucristo; en los días festivos y en
los días laborables en los que no ocurre nada llamativo. Porque esa existencia
corriente puede y debe estar llena de amor a Dios, que siempre nos sale al
encuentro.
«Estas crisis mundiales son crisis de santos», escribió Josemaría Escrivá.
Pienso, en efecto, que los problemas actuales están reclamando cristianos
coherentes, hombres y mujeres que santifiquen su profesión, que trabajen con
espíritu de servicio para construir entre todos una sociedad digna del hombre,
que es hijo de Dios. De los cristianos está esperando el mundo una auténtica
revolución, una siembra de paz.
Todo este horizonte lleva consigo también una aventura: la aventura de
convertirse, de amar a Dios «con todo el corazón, con toda el alma, con todas
las fuerzas», y al prójimo como a uno mismo, en el quehacer cotidiano. Cuando
mañana, en la Plaza de San Pedro, el Papa pronuncie la fórmula de la
canonización, rogaré a Dios que me ayude a convertirme y a corresponder a esta
llamada.
Pienso que todos los fieles de la Prelatura somos conscientes de nuestra
poquedad personal. Sabemos que hemos de cambiar un poco cada día, con una
mudanza espiritual y humana que nos ponga en condiciones de responder mejor a la
gracia de Dios y nos lleve también a aprender de quienes nos rodean. El nuevo
santo insistía en que los cristianos vamos adelante con la fuerza de la gracia
y con la fraternidad y el ejemplo de las personas con las que trabajamos, con
las que convivimos. Por eso, con la certeza de que todos necesitamos la ayuda de
los demás, acudiré a la intercesión de san Josemaría para pedir que todos
experimentemos la alegría de seguir a Jesucristo en nuestro trabajo diario. Y
rezaré para que los cristianos sepamos llevar la luz de Cristo a esta tierra
nuestra tan necesitada de esperanza."
La labor del Opus Dei en el continente africano
ROMA, 4 octubre 2002 (ZENIT.org).- Presente en África desde hace cuarenta y cinco años, el Opus Dei promueve en el continente numerosas iniciativas, principalmente en los ámbitos educativo y sanitario. En la canonización de su fundador, el beato Josemaría Escrivá, «será numerosa y significativa la presencia del sur del mundo», subraya monseñor Javier Echevarría.
El prelado del Opus Dei explica a través de la agencia misionera Misna cómo se lleva a cabo esta labor: «Los fieles africanos del Opus Dei --son ya varios miles--, se esfuerzan en primer lugar --como los asiáticos, los americanos, los europeos o los de Oceanía-- por vivir su fe con coherencia. Y ese empeño personal les empuja a promover, codo con codo con sus colegas y amigos, proyectos encaminados a resolver las necesidades materiales y espirituales de sus pueblos».
«Sufren ante los problemas del SIDA --continúa monseñor Echevarría--, de la pobreza, de las rivalidades tribales, y procuran hacer todo lo posible por erradicarlos. Como cristianos, se sienten llamados precisamente a santificarse en medio del mundo, de ese mundo concreto de África, con sus luces y sus sombras».
Además de este compromiso personal, de las iniciativas que los fieles de la prelatura han puesto en marcha --junto a otras muchas personas, también no cristianas-- cabe destacar «el Centro Médico Monkole, en Kinshasa, un hospital que lleva a cabo una gran labor sanitaria entre personas que carecen hasta de lo más elemental y que tiene ya varias extensiones en el Congo», recuerda monseñor Echevarría.
Por su parte, Lagos Business School, en Nigeria, se dedica «a la formación de empresarios africanos, a los que procura dar buena preparación en gestión empresarial, a la vez que fomenta su preocupación por las necesidades de la comunidad. Porque para impulsar el desarrollo y para combatir la pobreza y la corrupción se necesita una buena formación moral, también en la doctrina social de la Iglesia, y una sólida formación empresarial», constata el prelado del Opus Dei.
El proyecto Harambee 2002, un fondo destinado a apoyar programas educativos en África, se ha creado con donativos de los fieles que asistirán a la canonización de Josemaría Escrivá y de todas las personas y entidades que quieran colaborar (Cf. Zenit, 26 de septiembre de 2002 ).
Los fondos recogidos serán asignados a través de un concurso público abierto a todas las entidades que promueven actividades educativas en África subshariana. Se privilegiarán los proyectos que se dirijan a mujeres y niños residentes en zonas rurales o suburbanas y pertenecientes a los estratos más vulnerables de la sociedad.
Harambee 2002 es un recordatorio de que «lo importante son las personas; y en este caso los africanos, que han de ser los artífices del progreso en África --recalca monseñor Echevarría--. Por ese motivo, la educación se convierte en un elemento imprescindible del desarrollo, pues abre las puertas al trabajo y al progreso, tanto material como espiritual. La educación es un modo (...) de sembrar esperanza. El proyecto Harambee 2002 quiere aportar un grano de arena en ese empeño colectivo».
«África puede aportar mucho a Europa con su apertura a la trascendencia, con la alegría que los africanos demuestran en la vida cotidiana, también en las dificultades --reconoce el prelado del Opus Dei--, con su capacidad de comunicación y su estima hacia los buenos valores de la familia y de la amistad, con el señorío que saben mostrar como reflejo de la dignidad humana, con su modo de vivir el tiempo».
Un santo que amaba al mundo
La Vanguardia, Barcelona, 5.X.02
Gentes de todas las procedencias han querido acudir a Roma, junto a Juan Pablo II, para asistir a la canonización de Josemaría Escrivá de Balaguer. Confieso que estoy conmovido. He oído estas semanas muchas historias de generosidad, de servicio, de ayuda en la enfermedad y en la pobreza: de indios de Cañete (Perú), campesinos venidos de Nigeria y Camerún, familias no cristianas de Hong Kong; personas de todo tipo y de todas partes, que se han sentido personalmente convocadas en Roma. Su número y su variedad -como la de quienes no han podido venir- muestran que este modelo de santidad, que el Papa ha decidido ahora proclamar solemnemente, es hoy algo vivo, actuante; es uno de los dones que el Espíritu ha concedido a la Iglesia en nuestro tiempo.
Conocí a san Josemaría Escrivá el 2 de noviembre de 1948, en Madrid. Tenía yo dieciséis años. Estábamos en una tertulia familiar y nos ofreció la posibilidad, a mí y a otros dos, de acompañarle en automóvil a ver una casa de convivencias y de retiros en fase de acondicionamiento, cerca de Segovia. Durante el trayecto, con una conversación muy amena y alegre, nos hizo ver la necesidad de afrontar la vida con gozo sincero, porque somos hijos de Dios. Quedé sorprendido por su naturalidad, alegría y entusiasmo. En cierto momento me mareé, y me ayudó como si me conociera desde hacía mucho tiempo, como un padre que no siente repugnancia por lo que sucede a sus hijos. Luego Dios quiso que viviera y trabajara a su lado durante veinticinco años, desde 1950 hasta su fallecimiento en 1975. Agradezco al Cielo este gran regalo. He contemplado en su vida diaria que el encuentro con Dios llena el alma de gozo. Desde el primer momento noté que amaba a Dios de veras, en cada instante, sin esperar ocasiones especiales. Me sorprendía el enamoramiento creciente con que encaraba cada jornada. Veía en sus reacciones -no faltó en su vida abundancia de dolor, enfermedad, incomprensión- cómo descubría en todos los instantes la misericordia de Dios. Pienso que el Señor ha querido valerse de san Josemaría para recordar con nuevo énfasis al mundo esta verdad tan consoladora de la fe cristiana: que Dios es nuestro Padre. Esa convicción, que esponja el alma y la lleva por caminos de paz y de libertad interior, constituía el fundamento de su jornada, minuto a minuto. Buscaba, por eso, a veces con esfuerzo, un trato lleno de ternura con el Señor, directo, sencillo. Este concepto tan claro y reconfortante está en las antípodas de la falsa idea -hoy, como ayer, frecuente- de un Dios abstracto y distante. Alimentaba unas ansias constantes de que todas las personas pudieran experimentar libremente la alegría del abrazo paterno de Dios, en la fe cristiana y muy particularmente en el sacramento del perdón. Semanalmente le veía ir a arrodillarse ante su confesor, don Álvaro del Portillo, lleno de compunción.
Me pidieron, para el inicio de este año, una ponencia para el congreso internacional sobre "La grandeza de la vida corriente", que se celebró en Roma el pasado mes de enero, con ocasión del centenario del nacimiento del entonces beato Josemaría. Decidí centrarla en "su perfil humano y sobrenatural". Su fuerte personalidad caracterizaba notablemente la convivencia a su lado. Sobre su temperamento despierto, sin duda sus padres habían cultivado una mentalidad abierta y realista. Como curiosidad, recuerdo que alguna vez nos había contado a don Álvaro y a mí como, siendo muy niño, se entretenía en su casa de Barbastro mirando "La Vanguardia" y el "ABC", diarios a los que su padre, don José Escrivá, antes de su descalabro económico, estaba suscrito. Desde el 2 de octubre de 1928, con la fundación del Opus Dei, el Señor le hizo ver lo que ya fue el sentido completo de su existencia, difundir por todo el mundo la llamada a la santidad en la vida ordinaria; y ese mensaje pasó a ser una luz importante de Dios para él y para su apostolado. Santa Teresa escribió que Dios se halla también entre los pucheros. San Josemaría, que quería mucho a esta santa, llegó a hablar de un "materialismo cristiano": Dios no está lejos, no se encuentra sólo allá "donde brillan la estrellas", lo encontramos también en nuestra vida ordinaria, familiar, profesional, ciudadana, diaria, si lo buscamos. Para este santo sacerdote, el cristianismo no es un cúmulo de obligaciones que se añaden a la común condición humana y que la oprimen. No. La gracia de Dios sana, restaura y eleva la naturaleza.
Cuando en estos días romanos de su canonización contemplo una variedad tan grande de hombres y mujeres, comprendo la extraordinaria eficacia de su confianza en la libertad de las personas. Su mayor ambición era iluminar con la luz de Dios, del Evangelio, de su gracia salvadora, a cada persona humana. Ahí centraba su misión. Amaba la capacidad de cada conciencia para comprometerse, para realizar de esta forma la propia libertad, y tenía un gran respeto por la espontaneidad de todos, que veía siempre como una fuente de bienes.
He pasado muchas horas de mi vida a su lado y puedo asegurar que no sólo respetaba sino que amaba el pluralismo en tantas manifestaciones -la mayoría- en las que las discrepancias son perfectamente legítimas entre los cristianos. Y deseaba para todos ese mismo sentimiento, porque esa comprensión acerca a los hombres entre sí.
Su respeto a la legítima autonomía de las realidades temporales hundía sus raíces en la entrega que había hecho de toda su existencia a la misión de ser un sacerdote y sólo un sacerdote, de ponerse siempre al servicio permanente de todas las personas. A partir de su ordenación sacerdotal, fue consciente de su obligación de hacer presente a Cristo entre los hombres. Particularmente cuando celebraba la Eucaristía se sabía Cristo. Resultaba imposible acostumbrarse a acompañarle junto al altar. Se tocaba con las manos que cada día la Misa era algo distinto para su alma: un momento de trato inmediato, intenso, amorosísimo con la Trinidad. Entregaba a diario, libremente, toda su personalidad para ser sólo Cristo en la Cruz, con los brazos abiertos a todos los hombres, enteramente disponible. No hablaba de política y respetaba cuidadosamente todas las sensibilidades. Con frecuencia repetía que él era un sacerdote "anticlerical", precisamente por su amor al sacerdocio, porque rechazaba toda injerencia indebida -subrayo lo de "indebida"- del sacerdote en las cuestiones políticas. Defendía así la legítima autonomía de los asuntos temporales, pero también la excelsa misión del sacerdote: dispensador de la extraordinaria cercanía de Dios a cada hombre y a cada mujer.
En estos días, ante el panorama de tantas personas de las más diversas procedencias, no puedo menos que dar gracias a Dios por la fecundidad espiritual de este sacerdote santo. Es un don que nos interpela, que nos recuerda una vez más que la santidad no es cosa para privilegiados, sino que Jesús de todos espera amor: "De todos -son palabras de san Josemaría-, cualesquiera que sean sus condiciones personales, su posición social, su profesión u oficio. La vida corriente y ordinaria no es cosa de poco valor: todos los caminos de la tierra pueden ser ocasión de un encuentro con Cristo, que nos llama a identificarnos con Él, para realizar -en el lugar donde estamos- su misión divina" (Es Cristo que pasa, 110).
Una siembra de santidad
La Razón, 9.X.02
Conocí a Josemaría Escrivá el 2 de noviembre de 1948, en Madrid. Estaba rodeado de universitarios, en una tertulia familiar. Yo era un joven estudiante y me sorprendió su alegría, su entusiasmo y buen humor. Habló de varios temas de la vida corriente, y también de la necesidad para un cristiano de la oración y de la fidelidad a su condición de hijo de Dios; y nos animó a convertir nuestra jornada en una siembra de santidad y apostolado.
Al final, nos preguntó a tres de los que allí nos encontrábamos si queríamos acompañarle en coche hasta Molinoviejo. En un determinado momento, durante el trayecto, después de haber hablado de varias cuestiones, comenzó a cantar, con la naturalidad con que se hace en familia. Debo reconocer que me sorprendió vivamente. Eran canciones populares de amor, de las que todos habíamos escuchado por la radio. Una -no la olvidaré nunca- decía: Tengo un amor que me llena de alegría... Entre esos cantos intercalaba preguntas, comentarios, haciéndonos notar que debíamos esforzarnos por estar siempre contentos, muy contentos -comentó- porque somos hijos de Dios. Y nos animó a llevar al diálogo con Dios esas tonadas de amor humano, refiriéndolas al Señor, a la Virgen María.
Dos años después, en Roma, en un normal encuentro por la casa, me hizo una petición que me llamó la atención. Yo veía su esfuerzo constante por moverse en la presencia de Dios, su afán por vivir unido al Corazón de Cristo mientras trabajaba, mientras descansaba o charlaba con nosotros. Sin embargo, para un alma enamorada como la suya -como ocurre con todo amor humano limpio-, eso le resultaba insuficiente. Quería querer a Dios -y no es una redundancia- con todas las fuerzas de su alma. «Hoy me duele mi falta de piedad -me confió, con sencillez: ¡yo no había cumplido aún los veinte años!-: ¡ayúdame a reparar!».
Nuestra oración, nuestra alabanza a Dios -enseñaba-, tenía que alzarse al Cielo constantemente, «como el latir del corazón». Nos sugería que tratáramos al Señor como tantos compañeros nuestros -lo veíamos en nuestra relación con los amigos- que piensan sin cesar en la persona amada y se desviven por ella. Por eso, afirmaba, «no nos debe importar, siempre que sea necesario, hacer de hijo pródigo: empezar, pedir perdón con dolor sincero, y volver; esto agrada a Nuestro Padre Dios, porque conoce la pasta de que estamos hechos: por tanto, volved siempre, y volved con amor, que Dios nos espera».
A veces me preguntan cómo pudo llevar a cabo este sacerdote santo la ingente tarea que Dios le pidió; y cómo pudo difundir por los cuatro puntos cardinales el mensaje de la llamada universal a la santidad. Porque es patente que Dios bendijo su fidelidad con frutos abundantes. Miles de almas de los cinco continentes, de los ámbitos sociales y de las profesiones más variadas, sanos y enfermos, jóvenes y ancianos, han emprendido con nuevo vigor la vida cristiana y han recomenzado a participar más asiduamente en los sacramentos gracias a su predicación. Su mensaje sobre la santificación del trabajo ha abierto horizontes interesantísimos a tanta gente. Su celo sacerdotal ha impulsado a incontables sacerdotes, religiosos y seglares a responder más generosamente al Señor: a colaborar activamente en las necesidades parroquiales, a secundar las enseñanzas del Papa y de los obispos, a defender la cultura de la vida y a promover, en la medida de sus fuerzas, la justicia y la caridad con las personas más necesitadas. Ha enseñado a trabajar bien, con responsabilidad, con la idea clara de que ese trabajo puede y debe ser oración, conversación con la Trinidad y servicio a los hombres.
¿Cómo pudo? Por su abandono en Dios Padre; por su confianza en la gracia y su recurso continuo al diálogo con el Señor y a la intercesión de la Madre de Dios, omnipotencia suplicante; por su unión a la Cruz; y por medio también de una lucha constante en lo pequeño que le llevaba a comenzar y recomenzar, día a tras día: una sonrisa, un acto de amor, un detalle de servicio, una puerta cerrada con delicadeza, un pasar por alto, una vez y otra, las incomodidades del trasiego cotidiano. Y junto con eso, la aceptación gozosa de la enfermedad -padeció durante años una gravísima diabetes-, de los sufrimientos y las incomprensiones. No idealizo su vida, porque le he visto luchar, cansarse, tener penas, reaccionar con un primer movimiento de enfado..., pero se esforzaba precisamente entonces por convertir esas incidencias, las de la convivencia ordinaria, en poema heroico, en endecasílabos que dirigía a Dios.
Unas palabras suyas, al releerlas ahora bajo una nueva luz, me consuelan especialmente: «Pediré siempre por vosotros». Y continuaba: «Vamos a servir al Señor, que tiene pocos servidores. Vamos a servirle en medio de la calle, cada uno en lo suyo, queriendo a toda la gente, dando doctrina clara y sabiendo perdonar, porque Dios nos perdona continuamente a cada uno de nosotros. Para aprender a perdonar, acudid a la Confesión, con cariño, con devoción, y allí encontraréis la paz, la fuerza para vencer y amar».
Sí; ése es el milagro que le pido: el milagro de la paz: paz en las naciones, en las relaciones sociales, en las familias, en cada alma; paz con Dios, porque, si no, no se implanta ese bien en la convivencia humana.
Y ruego también al que llamaremos a partir de ahora san Josemaría que nos ayude a seguir haciendo, codo con codo con tantas personas de buena voluntad, una siembra alegre de santidad y apostolado, como nos sugirió, sonriéndonos y alentándonos, aquel lejano día de 1948 -tan cercano en mi mente- en que le conocí.
«El supuesto secreto del Opus Dei es un tópico trasnochado»
FERNANDO OCARIZ, Vicario General del Opus Dei
Fernando Ocariz es el Vicario General de la Prelatura del Opus Dei desde
1994. Este peso pesado de la Obra, a la que pertenece desde 1971, nació en París
(Francia) en 1944. Hijo de un veterinario militar, es un sacerdote con un amplísimo
currículum. Licenciado en Física y doctor en Teología, ha desempeñado
labores como la de profesor de Teología Dogmática en la Universidad de Navarra
o en Roma, donde también ha ejercido labores docentes en Cristología . Es además
consultor de la Congregación para la Doctrina de la Fe y vice gran canciller de
la Universidad Pontificia de la Santa Cruz (Roma).
-¿Qué aporta el carisma del beato Josemaría Escrivá a la
Iglesia?
-El carisma del nuevo santo y, en definitiva, el Opus Dei nace
en la Iglesia y de la Iglesia: es, por tanto, uno de los modos, plurales, a través
de los que el Espíritu Santo interviene en la vida de la Iglesia. Si tuviera
que subrayar algún rasgo, mencionaría el énfasis en la función eclesial de
los laicos.
- ¿Que destacaría del beato Josemaría como modelo de
santidad?
-La vida de los santos es armónica; las virtudes humanas se
entrelazan entre sí y con las virtudes sobrenaturales. El resultado es una
personalidad siempre atractiva, profundamente coherente. En Josemaría Escrivá
se manifiesta claramente este carácter orgánico de la santidad: por esto, lo
que destacaría es el empeño por poner como objetivo de cada actividad la búsqueda
del amor a Dios y del servicio a los demás.
- ¿Que defecto destacaría de la personalidad humana del
beato Escrivá?
- Josemaría Escrivá era muy consciente de su pequeñez ante
Dios, se definía a sí mismo como «un pecador que ama a Jesucristo» y
aseguraba tener muchos defectos. Personalmente, pienso que logró transformar en
virtudes lo que podrían ser defectos: por ejemplo, lo que llamaba su tozudez lo
convirtió en perseverancia y fortaleza ante la adversidad.
-¿Qué compromisos adquiere el cristiano corriente que se
hace miembro del Opus Dei?
-Al incorporarse a la Prelatura del Opus Dei, los fieles
cristianos se colocan bajo la jurisdicción del Prelado y sus vicarios en lo que
se refiere a la misión de la Prelatura. Esto, en concreto, comporta el
compromiso de acudir a algunos medios de formación cristiana (retiros
espirituales, clases de teología, etc.) y de colaborar en actividades apostólicas
promovidas por la Obra, en la medida de las posibilidades de cada uno. Hay que
tener en cuenta que todo eso se dirige esencialmente a que cada uno se esfuerce
por vivir en plenitud el compromiso bautismal de todo cristiano, llamado a
santificarse en las circunstancias ordinarias y a ayudar cristianamente a los
demás.
- ¿Qué actividades de promoción humana realiza la Obra en
el mundo?
- La actividad de la Prelatura en cuanto tal se reduce a
proporcionar formación cristiana y asistencia pastoral a los miembros de la
Obra y a otras personas que lo desean. Ésta conduce a la promoción de variadas
actividades educativas y asistenciales dirigidas por fieles de la Obra junto a
otras personas; en ellas, la Prelatura se encarga sólo de la formación
doctrinal y de la atención sacerdotal.
-A los miembros del Opus Dei ¿sólo les interesan las
finanzas, la política o las cátedras universitarias?
- Las finanzas, la política o las cátedras interesan mucho,
como es lógico, a los fieles de la Prelatura que desarrollan su actividad
profesional en medios financieros, políticos o universitarios, pues es ahí
justamente donde intentan llevar a la práctica su empeño por vivir seriamente
el cristianismo. Pero la mayoría de las personas del Opus Dei no pertenecen a
esos ambientes, y sus intereses se centran en otros campos: la agricultura o la
ganadería, las fábricas en las que trabajan, su comercio, las tareas domésticas,
o tantas actividades del trabajo humano.
-¿El Opus Dei es una organización conservadora en la
Iglesia?
-El beato Josemaría insistía frecuentemente en la necesidad
de hacer rendir los propios talentos. Esto supone riesgo e imaginación. Las
enseñanzas de Jesucristo marcan la pauta de lo que significa «conservar» en
la Iglesia. Si ser conservador es enterrar los propios talentos, no cabe que un
discípulo de Cristo sea conservador. La Iglesia en general -y el Opus Dei en
particular- es conservadora en otro sentido, en cuanto que es consciente de que
toda su riqueza procede de Cristo, y no puede falsificar el tesoro recibido.
Pero es profundamente innovadora al difundir esa riqueza en todas las culturas,
al confrontarla con todas las situaciones que los hombres han propiciado a lo
largo de la historia; al procurar, desde esta perspectiva, dar respuesta a los
problemas con los que se enfrenta la humanidad.
-¿Por qué despierta tanta polémica en la Iglesia, una
organización que la misma Iglesia reconoce como suya?
-No comparto -también porque lo veo- que haya esa polémica;
si acaso opiniones diferentes, siempre respetuosas. Por otro lado, es
comprensible que el Opus Dei haya sido objeto de comentarios y análisis
diversos, por la novedad que ha supuesto en la vida de la Iglesia. Cuando la
Obra dio sus primeros pasos en Roma, en la Curia se comentó que había llegado
con un siglo de anticipación. A medida que, con los cauces abiertos por el
Concilio, su naturaleza teológica ha quedado encuadrada en una forma jurídica
adecuada -la Prelatura personal-, y que su actividad se ha extendido más aún
por los cinco continentes, las opiniones son más serenas y, casi siempre,
positivas: no de admiración a las personas de la Obra -que no somos mejores
que los demás-, sino de aprecio por la riqueza espiritual de la Iglesia. Me
parece que la imagen de institución polémica es un asunto del pasado que ha
existido en la mente de pocos, como el tópico trasnochado del supuesto secreto:
me es difícil pensar en una institución de la que quien lo desee pueda saber más
que de la Obra.
-¿Qué lugar ocupan los pobres en una organización católica
como el Opus Dei?
-Los pobres significan en la Obra lo que han significado
siempre para los cristianos: cada uno, como cualquier otra persona, vale toda la
sangre de Cristo. Numéricamente son muchos más que los ricos, como pasa en la
sociedad civil y en la Iglesia. Fue precisamente entre los pobres y enfermos más
abandonados de Madrid donde nació la Obra. Hay muchas iniciativas de promoción
social puestas en marcha por fieles del Opus Dei, desde dispensarios y
hospitales (como Monkole, en Kinshasa) hasta escuelas de formación profesional.
Entrevista de Manuel ROBLES, La Razón, 5.X.02
La canonización es el acto mediante el cual el Papa incluye el nombre de un Siervo de Dios en el catálogo de los Santos y establece que en toda la Iglesia sea devotamente honrado.
En honor de la Santísima Trinidad, para exaltación de la fe católica y crecimiento de la vida cristiana, con la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo y la Nuestra, después de haber reflexionado largamente, invocado muchas veces la ayuda divina y oído el parecer de numerosos hermanos en el episcopado, declaramos y definimos Santo al Beato N., y lo inscribimos en el Catálogo de los Santos, y establecemos que en toda la Iglesia sea devotamente honrado entre los Santos. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén (Fórmula de canonización por la que el Romano Pontífice proclama un nuevo Santo).
El 6 de octubre estará en la Plaza de san Pedro un sacerdote de Filipinas de 99 años. En la ceremonia participarán 37 coros. Los grupos de peregrinos provienen de 84 países. La canonización será retransmitida en directo por 29 emisoras televisivas de los 5 continentes. Presentamos algunos datos y cifras de la canonización.
Canonizaciones de Juan Pablo II
La canonización de Josemaría Escrivá será la número 468 proclamada por Juan
Pablo II. Las últimas han sido las de los santos Juan Diego Cuauhtlatoatzin
(Ciudad del México, 31 de julio de 2002), Pedro de San José de Betancur
(Ciudad de Guatemala, 30 de julio de 2002) y Padre Pío de Pietrelcina (Roma, 16
de junio de 2002). Desde la institución de la Congregación para las Causas de
los Santos (inicialmente conocida como "Ritos"), en 1588, hasta el
inicio del pontificado de Juan Pablo II, los santos eran 296. Durante su
pontificado, Juan Pablo II ha canonizado 467 santos, de los que 400 son
mártires.
Participantes
A fecha de hoy, el Comité Organizador estima una participación de entre
230.000 y 250.000 personas. Los asistentes a la canonización de Josemaría
Escrivá vienen individualmente o con grupos organizados por parroquias, centros
de enseñanza y otros grupos.
Países
Según datos del Comité, los grupos de peregrinos provienen de 84 países. Un
tercio son italianos, un tercio del resto de Europa y otro tercio de los otros
continentes. Los grupos más numerosos proceden, además de Italia, de los
siguientes países: España, Francia, Estados Unidos, México, Alemania, Brasil,
Polonia y Filipinas.
Jóvenes y voluntarios
El 40% de los participantes son jóvenes que se alojarán en campings,
polideportivos, parroquias y otros locales de Roma y periferia. Además, 1.850
voluntarios (500 romanos) están colaborando con la Protección Civil, el
Ayuntamiento de Roma y las fuerzas del orden público. Los voluntarios
contribuirán a acoger a los peregrinos en los puntos de mayor afluencia:
aeropuertos de Fiumicino y Ciampino, estación ferroviaria de Termini, puerto de
Civitavecchia, plaza de San Pedro, basílica de San Eugenio, etc. Entre sus
tareas principales se incluyen la atención de las personas enfermas, la
colaboración con el servicio médico, el control del flujo de personas, la
colaboración en la limpieza y la recolocación de las sillas en la plaza de San
Pedro, la presencia en los puntos informativos y la atención del teléfono de
asistencia (06.6816.4477).
Ancianos
Uno de los peregrinos más ancianos es el Padre Quirino Glorioso, de 99 años,
sacerdote de la diócesis de Laguna (Filipinas). Don Quirino explica que sus
antiguos parroquianos, conscientes de su devoción al nuevo santo, han hecho una
colecta para sufragar su viaje: "No había venido nunca Roma y estoy muy
contento de ver cumplido mi deseo de ver al Papa y de asistir a la canonización
de Josemaría Escrivá". Y añade: "Josemaría tiene 100 años y ya es
santo; yo tengo noventa y nueve años y todavía así…". En el
presbiterio también estará presente el cardenal de mayor edad, el jesuita Adam
Kozlowiecki, nacido en Polonia en 1911 y que reside actualmente en Zambia.
Teresa Funes, de 82 años, recorrerà 1.800 kilómetros en furgoneta para llegar
a Roma desde la población rural de Baza (España). "Yo tenía muchísimas
ganas de estar en la canonización, pero no decía nada", señala. Sus
hijos le dieron la sorpresa y organizaron una ruta en furgoneta, por etapas.
"En la furgoneta puedo seguir el consejo que me han dado los médicos para
este viaje: mover los dedos de los pies, parar cada hora y media o dos, para dar
un paseico, para que el corazón y las piernas me respondan bien...".
Participantes de otras religiones
En 1950, a petición de Josemaría Escrivá, la Santa Sede aprobó que también
los no católicos pudieran ser admitidos como cooperadores del Opus Dei. Desde
aquel momento han colaborado en las actividades de la Prelatura numerosos
cristianos de otras confesiones, así como personas pertenecientes a otras
religiones. En la plaza habrá una signifivativa representación. En la
canonización participarán, entre otros: Hinrich Bues, pastor protestante de
Hamburgo (Alemania); el poeta ruso Alik Zorin junto con un grupo de ortodoxos
provenientes de Rusia; el señor Tapio Aho-Kallio, profesor de religión
luterana en una escuela de Helsinki (Finlandia) y otros luteranos venidos en un
viaje organizado desde Suecia y Noruega; el pintor chino Gary Chu; un matrimonio
anglicano de Nigeria (el señor Gbenro Adegbola y la señora Funso Adegbola),
etc.
Bienvenidos a casa
Es el programa de acogida a quienes no pueden hacer frente con los gastos de
alojamiento. Unas 950 familias romanas ofrecerán sus casas a esos peregrinos.
Además, más de 12.000 participantes serán acogidos en parroquias y escuelas
de Roma y la región del Lazio.
Coros
1.200 voces pertenecientes a 37 coros cantarán durante las ceremonias
litúrgicas del 6 y 7 de octubre. Junto al coro de la Capilla Sixtina, vienen
otros procedentes de parroquias, asociaciones y centros educativos de los
siguientes países: Suecia, Guatemala, Canadá, China, España, Filipinas, Costa
de Marfil, México, Polonia, Japón, Kenia, Líbano, Perú, Irlanda y Portugal.
Entre los coros italianos participan el coro ‘Virgo Fidelis’ del cuerpo de
Carabinieri, el coro romano ‘Cantores in Laetitia’, la coral de la Libera
Università Campus Biomedico, las corales ‘Canticorum Jubilo’ y ‘Concentus
Larii’ (Como). Algunos de los solistas participantes son la soprano mexicana
María Eugenia Mendoza, la soprano portuguesa Conceiçao Galante, y los tenores
Daniel Madigan (Australia), Ignacio Esteban (España) e Igor Glushkov (Kazakistan).
Enfermos
En las primeras filas de la plaza se han reservado 450 puestos para enfermos con
silla de ruedas. Por otra parte, por consejo de la organización, muchas de las
personas ancianas traerán una pequeña silla plegable para las ceremonias.
Traducciones
La canonización y la misa de acción de gracias del día 7 serán traducidas
simultáneamente en lenguaje de signos para los peregrinos sordos que estarán
en la plaza. Además, las ceremonias también serán traducidas simultáneamente
al francés, inglés, polaco, portugués, español y alemán en diversas
frecuencias de FM de la Radio Vaticana. Se ha aconsejado a los participantes
traer consigo un transistor.
Retransmisiones
Gracias a la coproducción del Centro Televisivo Vaticano y la RAI, la ceremonia
será transmitida en directo por 29 emisoras televisivas de los cinco
continentes.
Los peregrinos podrán seguir mejor la ceremonia gracias a 9 pantallas gigantes
distribuidas en la Plaza de Pío XII y en la Via della Conciliazione.
Como es usual en este tipo de eventos, la ceremonia de canonización se trasmitió
en directo vía internet, en el website www.vatican.va.
Concelebrantes, autoridades e invitados
Junto al Papa han concelebrado otras 42 personas entre cardenales,
arzobispos, obispos y sacerdotes. Entre ellos, el card. José Saraiva Martins
(prefecto de la Congregación para la Causa de los Santos), así como los
cardenales Antonio María Rouco Varela, arzobispo de Madrid (diócesis donde
vivió el nuevo santo hasta su traslado a Roma y donde tuvo lugar la fundación
del Opus Dei en 1928), Sodano, Ruini, Meissner, Etchegaray. Además, estaban
también presentes mons. Omella (obispo de Barbastro, ciudad de nacimiento de
san Josemaría), y mons. Javier Echevarría (prelado del Opus Dei).
A la izquierda del altar papal se encontraban las autoridades eclesiásticas,
más de 400 entre cardenales, arzobispos y obispos. Muchos de ellos han venido a
Roma acompañando peregrinajes de sus propios países. Cabe destacar la
presencia de 50 obispos africanos, 53 españoles y 55 italianos. Entre los otros
obispos se encontraban mons. Kondrusievic, de Moscú, arzobispos maronitas y un
obispo caldeo del Líbano y dos obispos de Cuba. También había representantes
de diversas realidades eclesiales como mons. Camisasca, Kiko Argüello, Carmen
Hernández y Andrea Riccardi. Entre los superiores de órdenes religiosas
estuvieron presentes, entre otros, representantes de los Frailes Menores
Conventuales, de los Mercedarios, de las Siervas de Jesús de la Caridad, de las
Brigidinas, de la Institución Teresiana, etc.
La delegación italiana, presidida por el vice presidente del Consejo de
Ministros, Gianfranco Fini, estaba formada, entre otros, por Pierferdinando
Casini (presidente del Congreso) y el ministro del Interior, Giuseppe Pisanu.
También se encontraban el presidente de la región del Lazio (Francesco Storace),
el presidente de la provincia de Roma (Silvano Moffa) y el alcalde de Roma
(Walter Veltroni). Otras personalides italianas eran Francesco Rutelli, Massimo
D’Alema, Cesare Salvi, Domenico Volpini, Luigi Angeletti (UIL) y Albino Gorini
(FISBA-CISL).
La delegación oficial de España, presidida por Ana de Palacio (ministra de
Asuntos Exteriores), contaba también con la presencia del ministro de Justicia,
el presidente de Navarra y el alcalde de Barbastro. Otras personalidades
presentes eran Mama Ngina Kenyatta y Lech Walesa. Finalmente, cabe destacar la
asistencia de diversas personalides del mundo del deporte y de la cultura como
Angela Palermo de Lazzari (presidente internacional de la Liga de amas de casa),
o Rosalina Tuyuc (activista de los derechos humanos de Guatemala), entre otros.
El doctor Nevado
En primera fila se encontraba el doctor Manuel Nevado Rey, médico cirujano,
curado milagrosamente en 1992 de una radiodermitis crónica, gracias a la
intercesión de Josemaría Escrivá. El suyo ha sido el milagro estudiado para
la canonización. Nevado Rey ha acudido a Roma junto con un grupo de familiares
y amigos de Almendralejo (Badajoz, España).
El doctor Nevado ha dicho esta mañana que "aunque ya le había agradecido
mi curación en numerosas ocasiones a san Josemaría, hoy he renovado ese
agradecimiento. Y le he hecho dos peticiones más: que me ayude a ser cada día
más bueno, y que ayude a la gente del Opus Dei a seguir estando entregados. Que
cada vez sean más buenos y más numerosos, y que lleven el mensaje de Jesús a
los últimos confines de la tierra.
"Hoy, en la Plaza de san Pedro, me he preguntado: ¿Por qué a mí? Yo soy
un hombre desconocido, un privilegiado de san Josemaría, ese hombre universal,
que ha hecho una obra inmensa. ¿Por qué, entonces, a mí? Yo soy un entusiasta
del trabajo, que había adquirido una enfermedad por causa de su oficio. Y como
la Obra pretende la santificación del hombre a través del trabajo diario,
quizá con mi curación haya querido insistir en que ése es el camino que
agrada a Dios".
Comunión
1.040 sacerdotes han distribuido la Comunión en la plaza de San Pedro, plaza
Pío XII y Via della Conciliazione.
Flores
La escalinata de San Pedro ha sido adornada con una alfombra de flores llegadas
desde Ecuador y donadas por un devoto del nuevo santo, José Ricardo Dávalos,
floricultor de profesión. El Ecuador es uno de los mayores países exportadores
de flores en el mundo. De este país han llegado un total de 45.000 flores. La
decoración lateral del altar y del ambón es un donativo de la cooperativa
"Il Camino" de San Remo. La cooperativa italiana ha colaborado con
7.000 rosas, claveles y anturios. Junto a otras 25 personas, el empresario
alemán Jürgen Kluempen se ha unido a esta iniciativa y, además de participar
en la oferta, se ha responsabilizado del traslado de las flores desde Amsterdam
a Roma. Por otra parte, de Australia se han traído 200 waratahs-flores
autóctonas de color rojo-para acompañar las reliquias de Josemaría Escrivá
durante los días en los que éstas estarán expuestas para la veneración de
los fieles en la basílica de San Eugenio.
La casulla del Papa
Los ornamentos y vasos sagrados utilizados por el Papa se han realizado en los
Talleres de Arte Granda, en España. La casulla del Papa ha sido confeccionada a
mano para la ocasión, con tela procedente de Nueva Delhi (India).
Comidas
Según el Comité organizador, 55.000 peregrinos han encargado bolsas de comida
para consumir en las inmediaciones de la plaza de San Pedro. Cada bolsa contiene
dos bocadillos, una bebida, una fruta y un dulce para celebrar. Para reducir los
costes de las bolsas de comida, la empresa "Fiorucci" ha regalado
30.000 lonjas de jamón; la "Interpan" de Terni, 35.000 bocadillos; la
"Ferrero", 15.000 dulces "Snack and drink", y la "Peroni",
40.000 cervezas en lata.
Muelle san Josemaría en Civitavecchia
Hoy, a las 18.00, se dedicará un muelle a San Josemaría Escrivá en el puerto
de Civitavecchia, donde han llegado más de 10.000 participantes a la
canonización desde diversas ciudades del Mediterráneo. Primero, tendra lugar
una ceremonia oficial y después un festival internacional con la participación
de los pasajeros de las naves venidas a la canonización.
Proyecto Harambee 2002
"Toda canonización es un don, un motivo de alegría, un regalo que
invita a la gratitud. Como expresión tangible de estos sentimientos ha nacido
el Proyecto Harambee 2002: un fondo de pequeños donativos de los participantes
en la canonización para financiar proyectos educativos en África". Umberto
Farri, presidente del Comité Organizador de la Canonización, ha descrito
con estas palabras el motivo que ha reunido a 2000 personas en el Auditorio de
Santa Cecilia, en Roma, la noche del 4 de octubre de 2002. Entre otras
autoridades estaban presentes el alcalde de Roma, Walter Veltroni, y la
presidenta honoraria del Proyecto Harambee 2002, Mama Ngina Kenyatta,
viuda de Jomo Kenyatta, primer Presidente de Kenia tras la independencia del
país.
El acto ha consistido en una velada musical con intervenciones de coros
procedentes de varios países. Además, intercalados entre las actuaciones
musicales, se han sucedido diversos testimonios personales y algunas
proyecciones de imágenes filmadas con palabras del nuevo santo. Una de las
actuaciones más aplaudidas ha sido la de un coro de Abidjan (Costa de Marfil).
También ha recibido una calurosa ovación "Lailatal Milad", una
canción tradicional de paz que describe los gestos cotidianos en que se vive el
mensaje de la Encarnación del Hijo de Dios y que ha sido interpretada, por
sorpresa y fuera de programa, por dos chicas árabes: Rose Barghouht, de
Nazaret, y Ayline Kidess, de Tel Aviv-Haifa.
Margaret Ogola, médico y escritora de Nairobi (Kenia), ha explicado qué
significa en Kenia la palabra harambee: "todos a una", ya sea para
afrontar un problema, para construir una casa o para ayudar a quien se encuentra
en necesidad. Cada uno ofrece su aportación, pero en realidad todos dan y todos
reciben. "Los africanos estamos llamados a ser los protagonistas de nuestro
desarrollo. África saldrá adelante con la ayuda, en primer lugar, de los
propios africanos, y luego de tantas otras personas de todo el mundo. Por eso
hemos pensado en poner en marcha el Proyecto Harambee 2002 con ocasión de la
fiesta de Josemaría Escrivá, que se hizo africano con los africanos y fue
maestro y educador de mujeres y hombres de todas las razas y colores".
"La educación es la clave del desarrollo", ha declarado Léon
Tshilolo, médico, director sanitario de un hospital en Kinshasa (República
Democrática del Congo). "Hemos decidido destinar los fondos recogidos con
Harambee 2002 a la financiación de proyectos educativos en toda África. Los
distribuiremos por medio de un concurso cuyas bases están al alcance del
público en internet y que va a estar abierto a todas las organizaciones
africanas que trabajan en el campo de la educación, con especial atención a la
promoción de la mujer".
"Soy abogado y me dedico especialmente a la promoción de los derechos de
la mujer en mi país, Nigeria", ha dicho Anayo Offiah. "Muchas
veces la mujer no tiene las mismas oportunidades que el hombre, y sin embargo
sobre ella recaen las mayores responsabilidades".
Frankie Gikandi y Peris Wanjiku Kamau trabajan en el Outreach Programme de la
escuela Kimlea (Kenia), el proyecto piloto de Harambee 2002, y han hablado de la
vida de las mujeres que recogen té y café en las plantaciones de la zona en
que la escuela está situada. Han testimoniado cómo el encuentro con los
escritos de Josemaría Escrivá de Balaguer les ha dado una visión positiva de
la vida y ha hecho nacer en ellas el deseo de contribuir a mejorar las
condiciones de las familias que viven alrededor de las plantaciones.
"Todos somos responsables de nuestro futuro", ha afirmado Léon
Tshilolo. "Pero quisiera dar las gracias especialmente a una persona que
tantas veces nos ha exhortado, con palabras y sobre todo con hechos, a dar
gratis lo que gratis hemos recibido. Me refiero a Juan Pablo II, a
quien todos en África sentimos muy cercano a nuestros problemas y a nuestro
trabajo".
Al término de la velada, Mama Ngina Kenyatta ha dirigido a todos en
swahili -con traducción simultánea de su hija- unas emocionadas palabras de
gratitud. A continuación, todos los cantantes que habían intervenido en el
acto han vuelto a subir al escenario para cantar juntos Harambee: de
nuevo todos a una, desde Japón hasta México, desde Gran Bretaña hasta
Indonesia, al ritmo irrefrenable de los coros y los bailes africanos.
Sebastiano Rendina y Teresa Pascarelli, director y presentadora de la velada, no
han ocultado la emoción que han experimentado en las fases de preparación,
acogida y ensayos, entre las notas y los colores de los protagonistas.
El Proyecto Harambee 2002 ha obtenido la entusiasta adhesión de muchas personas
de distintas partes del mundo. En apoyo del fondo de solidaridad para la
educación en África ha acudido en primer lugar Intesa BCI, líder entre las
muchas empresas que han intervenido ya con generosas aportaciones.
Dejar obrar a Dios
Por JOSEPH CARD. RATZINGER
Siempre me ha llamado la atención el sentido que Josemaría Escrivá daba al nombre Opus Dei; una interpretación que podríamos llamar biográfica y que permite entender al fundador en su fisonomía espiritual. Escrivá sabía que debía fundar algo, y a la vez estaba convencido de que ese algo no era obra suya: él no había inventado nada: sencillamente el Señor se había servido de él y, en consecuencia, aquello no era su obra, sino la Obra de Dios. Él era solamente un instrumento a través del cual Dios había actuado.
Al considerar esta actitud me vienen a la mente las palabras del Señor recogidas en el evangelio de San Juan 5,17: «Mi Padre obra siempre». Son palabras expresadas por Jesús en el curso de una discusión con algunos especialistas de la religión que no querían reconocer que Dios puede trabajar en el día del sábado. Un debate todavía abierto y actual, en cierto modo, entre los hombres -también cristianos- de nuestro tiempo. Algunos piensan que Dios, después de la creación, se ha «retirado» y ya no muestra interés alguno por nuestros asuntos de cada día. Según este modo de pensar, Dios no podría intervenir en el tejido de nuestra vida cotidiana; sin embargo, en las palabras de Jesucristo encontramos la respuesta contraria. Un hombre abierto a la presencia de Dios se da cuenta de que Dios obra siempre y de que también actúa hoy; por eso debemos dejarle entrar y facilitarle que obre en nosotros. Es así como nacen las cosas que abren el futuro y renuevan la humanidad.
Todo esto nos ayuda a comprender por qué Josemaría Escrivá no se consideraba «fundador» de nada, y por qué se veía solamente como un hombre que quiere cumplir una voluntad de Dios, secundar esa acción, la obra -en efecto- de Dios. En este sentido, constituye para mí un mensaje de gran importancia el teocentrismo de Escrivá de Balaguer: está en coherencia con las palabras de Jesús esa confianza en que Dios no se ha retirado del mundo, porque está actuando constantemente, y en que a nosotros nos corresponde solamente ponernos a su disposición, estar disponibles, siendo capaces de responder a su llamada. Es un mensaje que ayuda también a superar lo que puede considerarse como la gran tentación de nuestro tiempo: la pretensión de pensar que después del big bang, Dios se ha retirado de la historia. La acción de Dios no «se ha parado» en el momento del big bang, sino que continúa en el curso del tiempo, tanto en el mundo de la naturaleza como en el de los hombres.
El fundador de la Obra decía: «Yo no he inventado nada, es Otro quien lo ha hecho todo. Yo he procurado estar disponible y servirle como instrumento». Esta palabra, y toda la realidad que llamamos Opus Dei, está profundamente ensamblada con la vida interior del Fundador, que aún procurando ser muy discreto en este punto, da a entender que permanecía en diálogo constante, en contacto real con Aquel que nos ha creado y obra por nosotros y con nosotros. De Moisés se dice en el libro del Éxodo (33,11) que Dios hablaba con él «cara a cara, como un amigo habla con un amigo». Me parece que, si bien el velo de la discreción esconde algunas pequeñas señales, hay fundamento suficiente para poder aplicar muy bien a Josemaría Escrivá eso de «hablar como un amigo habla con un amigo», que abre las puertas del mundo para que Dios pueda hacerse presente, obrar y transformar todo.
En esta perspectiva se comprende mejor qué significa santidad y vocación universal a la santidad. Conociendo un poco la historia de los santos, sabiendo que en los procesos de canonización se busca la virtud «heroica» podemos tener, casi inevitablemente, un concepto equivocado de la santidad porque tendemos a pensar: «Esto no es para mí». «Yo no me siento capaz de realizar virtudes heroicas». «Es un ideal demasiado alto para mí». En ese caso la santidad estaría reservada para algunos «grandes» de quienes vemos sus imágenes en los altares y que son muy diferentes a nosotros, pecadores normales. Tendríamos una idea totalmente equivocada de la santidad, una concepción errónea que ya fue corregida -y esto me parece un punto central- por el propio Josemaría Escrivá.
Virtud heroica no quiere decir que el santo sea una especie de «gimnasta» de la santidad, que realiza unos ejercicios inasequibles para llevarlos a cabo las personas normales. Quiere decir, por el contrario, que en la vida de un hombre se revela la presencia de Dios, y queda más patente todo lo que el hombre no es capaz de hacer por sí mismo. Quizá, en el fondo, se trate de una cuestión terminológica, porque el adjetivo «heroico» ha sido con frecuencia mal interpretado. Virtud heroica no significa exactamente que uno hace cosas grandes por sí mismo, sino que en su vida aparecen realidades que no ha hecho él, porque él sólo ha estado disponible para dejar que Dios actuara. Con otras palabras, ser santo no es otra cosa que hablar con Dios como un amigo habla con el amigo. Esto es la santidad.
Ser santo no comporta ser superior a los demás; por el contrario, el santo puede ser muy débil, y contar con numerosos errores en su vida. La santidad es el contacto profundo con Dios: es hacerse amigo de Dios, dejar obrar al Otro, el Único que puede hacer realmente que este mundo sea bueno y feliz. Cuando Josemaría Escrivá habla de que todos los hombres estamos llamados a ser santos, me parece que en el fondo está refiriéndose a su personal experiencia, porque nunca hizo por sí mismo cosas increíbles, sino que se limitó a dejar obrar a Dios. Y por eso ha nacido una gran renovación, una fuerza de bien en el mundo, aunque permanezcan presentes todas las debilidades humanas. Verdaderamente todos somos capaces, todos estamos llamados a abrirnos a esa amistad con Dios, a no soltarnos de sus manos, a no cansarnos de volver y retornar al Señor hablando con Él como se habla con un amigo sabiendo, con certeza, que el Señor es el verdadero amigo de todos, también de todos los que no son capaces de hacer por sí mismos cosas grandes.
Por todo esto he comprendido mejor la fisonomía del Opus Dei: la fuerte trabazón que existe entre una absoluta fidelidad a la gran tradición de la Iglesia, a su fe, con desarmante simplicidad, y la apertura incondicionada a todos los desafíos de este mundo, sea en el ámbito académico, en el del trabajo ordinario, en la economía, etc. Quien tiene esta vinculación con Dios, quien mantiene un coloquio ininterrumpido con Él, puede atreverse a responder a nuevos desafíos, y no tiene miedo; porque quien está en las manos de Dios, cae siempre en las manos de Dios. Es así como desaparece el miedo y nace el coraje de responder a los retos del mundo de hoy.
L'Osservatore Romano, 6.X.02
Ser «obra de Dios», secreto de la santidad de
Escrivá
Cardenal Joseph Ratzinger, prefecto de la Doctrina de la Fe,
en la presentación de un libro sobre el futuro santo.
CIUDAD DEL VATICANO, 15 marzo 2002 (ZENIT.org).- El secreto de la santidad de
Josemaría Escrivá de Balaguer, según el cardenal Joseph Ratzinger, está en
su convicción de que no era más que un instrumento de Dios.
El prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe presentó en la tarde
de este jueves, en Roma, el libro en italiano «Opus Dei - El mensaje, las
obras, las personas» («Opus Dei- il messaggio, le opere, le persone», San
Paolo, 2002) de Giuseppe Romano.
Según Ratzinger, el beato Escrivá «tenía la intención de fundar algo, pero
siempre era consciente de que no era obra suya, de que no había inventado nada,
simplemente el Señor Dios se sirvió de él. No era por tanto su obra, sino
"Opus Dei". Él era sólo instrumento para que pudiera obrar Dios».
El cardenal alemán, que pronto cumplirá los 75 años, confesó que al leer el
nuevo libro le impresionó la interpretación del nombre Opus Dei: «Una
interpretación biográfica que permite comprender la fisonomía espiritual del
beato Josemaría».
«Me vino a la mente --siguió confesando Ratzinger-- la misma palabra del Señor
en la que dice "mi Padre actúa siempre". Lo dijo en una discusión
con ciertos especialistas de la religión que no querían reconocer que Dios
podría actuar en sábado».
«Un debate presente todavía entre los cristianos de nuestro tiempo --añadió--,
según el cual, tras la creación, Dios se retiró. Según este modelo de
pensamiento, Dios ya no podría entrar en el tejido de nuestra vida cotidiana».
Y sin embargo, reconoció el purpurado, «aquí tenemos la respuesta: el hombre
que se abre a la presencia de Dios se da cuenta de que Dios actúa siempre. Es más,
tenemos que dejarle entrar, dejarle actuar, así nacen las cosas que renuevan a
la humanidad».
«Desde este punto de vista se entiende lo que quiere decir santidad y vocación
común a la santidad --dijo el cardenal--. Virtud heroica quiere decir que en la
vida del hombre se revela la presencia de Dios, es decir, se revela el hecho de
que el hombre por sí solo no puede hacer nada».
«La santidad es ese contacto con Dios, hacerse amigo de Dios, para dejarlo
actuar, el único que puede hacer realmente bueno al mundo y llenarlo de luz»,
afirmó.
Esta constatación, concluyó Ratzinger, lleva al cristiano a no tener miedo, «pues
quien está en las manos de Dios cae siempre en sus brazo y de este modo nace la
valentía para responder al mundo de hoy».
El encuentro concluyó con una intervención del autor, Giuseppe Romano, sobre
el argumento, recordando que cuando alguien elogiaba en vida a Escrivá, éste
respondía comparándose a un sobre de cartas.
En este sobre se puede ver el remitente, Dios, y el destinatario, los hombres.
El mensaje del Opus Dei puede entenderse desde la perspectiva del sobre: «Cada
uno de nosotros lleva algo dentro de sí y en el fondo no ha sido él quien ha
escrito la dirección, ni quien ha pegado el sello, ni quien ha enviado la carta».
«La carta ha llegado a su destino, y la canonización del primer sobre podrá
alentar a los demás, usuarios normales, a convertirse también en sobres santos»,
concluyó Romano.
CRÓNICA DE LA CANONIZACIÓN DEL FUNDADOR DEL OPUS DEI
Por Juan Vicente Boo, ABC, 6.X.2002
La urna con los restos mortales del beato Josemaría Escrivá de Balaguer fue trasladada ayer desde la iglesia prelaticia del Opus Dei a la basílica romana de San Eugenio, donde se formaron inmediatamente colas para rezar ante las reliquias. Mientras millares de peregrinos se arrodillaban silenciosamente en el templo, el órgano interpretaba como ligerísima música de fondo villancicos aragoneses, canciones de amor italianas y otras melodías que gustaban al nuevo santo. Por las calles de Roma se ven ya numerosos grupos de personas, sobre todo de Asia y de los países más lejanos, que han llegado para la ceremonia de canonización del domingo en la plaza de San Pedro.
Por Juan Vicente Boo, ABC, 6.X.2002
Más de un cuarto de millón de peregrinos procedentes de 84 países se encuentran en Roma. De ellos destaca la representación española, con 85.000 inscritos
Hoy tiene lugar en Roma la canonización más multitudinaria y más internacional de la historia. Aunque una tercera parte de más del cuarto de millón de peregrinos vienen de España, la asistencia masiva de fieles de 84 países a una canonización no tiene precedentes. Ayer, junto con el aire de fiesta, lo que más llamaba la atención era la internacionalidad de los «amigos de San Josemaría».
Juan Pablo II sorprendió ayer a sus colaboradores prolongando durante más de veinte minutos la audiencia privada a la ministra de Asuntos Exteriores, Ana Palacio, que preside la