 
 Durante aquellos primeros años en Madrid, Josemaría trabajó en una
iglesia llamada el Patronato de Santa Isabel, donde unas monjas daban
catequesis y atendían a muchos pobres.
Todos los días, don Josemaría se sentaba en el confesonario para
escuchar la confesión de la gente que venía a pedir perdón a Dios por
sus pecados. Cuando estaba allí sentado, a primera hora de la mañana,
escuchaba unos ruidos metálicos en la iglesia, pero no sabía de qué se
trataba, porque desde el confesonario no veía la puerta de la calle. Un
día, al escuchar de nuevo los ruidos, salió rápidamente del
confesonario y vio a un lechero que entraba con sus cántaros.
— Oye, ¿qué haces?, le preguntó don Josemaría.
— Yo, Padre, vengo cada mañana, abro y saludo al Señor. Le digo: Jesús, aquí está Juan el lechero.
Admirado de la confianza que ese hombre tenía con Dios, don Josemaría se pasó el día diciendo a Jesús:
— Señor, aquí está este desgraciado, que no te sabe amar como Juan el lechero.
En cuanto pudo, puso en marcha un piso en la que pudieran vivir jóvenes
universitarios. Así, él les podría hablar del Señor y ayudarles a ser
mejores cristianos. En aquella casa vivía también una de las primeras
personas del Opus Dei, que se llamaba Ricardo. Al principio, además de
estudiar y sacar muy buenas notas, tenían que ocuparse de muchos
trabajos de la casa: hacían las camas, barrían los cuartos, fregaban
platos y preparaban la mesa. Procuraban hacerlo muy bien y así se lo
ofrecían al Señor.
Pocos meses más tarde, Josemaría tuvo que irse de Madrid, porque había
estallado una guerra en España y su vida corría peligro. Cuando
terminaron las batallas, regresó a la capital y contempló que las
bombas habían destruído la vivienda, que estaba prácticamente en
ruinas: había que comenzar de nuevo.
Don Josemaría y los primeros que le ayudaron a dar a conocer el Opus
Dei a muchas personas, trabajaban duro entre semana —eran arquitectos,
ingenieros, y de otras muchas profesiones— y el sábado viajaban en tren
a otras ciudades para ir a conocer a más gente para explicarles que
podían ser santos haciendo muy bien su trabajo ofreciéndolo a Dios y
tratando bien a sus parientes y amigos.
El obispo de Madrid, que se llamaba don Leopoldo, quiso dar la primera
aprobación a la Obra, para que todo el mundo supiera que era un
institución muy querida por la Iglesia. Veinte años más tarde, todos
los obispos del mundo se reunieron en Roma, junto al Papa. Querían
recordar a todos los cristianos que estamos llamados a ser santos.
Josemaría se alegró mucho, porque es lo que llevaba predicando años y
años.
Pronto comprendió don Josemaría que era necesario que algunos del Opus
Dei se hiciesen sacerdotes para servir a la Iglesia y atender
espiritualmente a las personas de la Obra y a sus amigos. Uno de ellos,
don Álvaro, trabajó muchos años junto al Fundador y —cuando años más
tarde Josemaría murió y se fue al Cielo— fue su sucesor al frente del
Opus Dei.
Como Dios quería que el Opus Dei se extendiese por todo el mundo, en
1946 Josemaría viajó a Roma, donde vivía y vive el Papa. Viajó en barco
desde Barcelona y en el mar se desató una tormenta tan grande que poco
faltó para que se hundieran.
Nada más llegar a Roma se alojó con algunas personas del Opus Dei que
ya vivían allí, en un piso cerca de la Plaza de San Pedro. Desde el
balcón se veían las ventanas de las habitaciones del Papa, y el
Fundador pasó su primera noche en Roma rezando por el sucesor de San
Pedro, muy emocionado. El Papa representa a Jesús en la tierra, por eso
Josemaría le quería tanto.
Pronto llegaron a Roma estudiantes venidos de todo el mundo para estar
cerca del fundador y aprender de él. Compraron una casa más grande y
tuvieron que arreglarla mucho, por lo que siempre les faltaba el
dinero; pero no perdían la alegría ni se quejaban. Un día de verano,
mientras estaban hablando tras la comida, don Josemaría preguntó:
—¿Cuánto dinero tenemos en la caja?
— Unas pocas monedas, le contestaron.
— Pues bajad a comprar unos helados, que ya nos apañaremos, dijo. Todos
se rieron y se alegraron mucho, pues tenían poco dinero y casi nunca
podían comer helados.
Poco a poco se hicieron realidad muchos sueños, y comenzó a haber
personas del Opus Dei en todos los continentes del mundo. Para ayudar a
todos y poder hablarles de Jesús, pusieron en marcha escuelas para
agricultores, universidades, colegios, hospitales y muchas otras
iniciativas.
Pero, sobre todo, cada vez había más gente que aprendía de don
Josemaría a hacer muy bien su trabajo y así poder regalárselo a Dios.
Porque a ninguno nos gusta regalar algo feo y chapucero. Muchos se
hicieron del Opus Dei, la mayoría son personas casadas, para las que el
matrimonio es su camino para llegar al Cielo.
Y llegó el 26 de junio de 1975. Al entrar en su despacho a mediodía,
Josemaría sufrió una parada del corazón. Poco después, se murió. Lo
hizo al lado de una imagen de la Virgen de Guadalupe a la que siempre
miraba con cariño, por ser la Madre de Dios y también nuestra Madre.
Desde entonces, muchas personas comenzaron a rezar a don Josemaría
porque estaban convencidos de que ya estaba en el Cielo y a pedirle
favores grandes y pequeños. El 6 de octubre de 2002 se celebró en Roma
su canonización. Cientos de miles de personas siguieron en directo, y
muchas más por radio y televisión, la ceremonia en la que el Papa Juan
Pablo II proclamó que Josemaría Escrivá era santo. ¡Así nos mostró que
no es tan difícil llegar al Cielo! |